sábado, 2 de julio de 2016

LA LOTERIA



Hasta hace diez o doce días, servidor creía que era relativamente conocido en mi pueblo.
Pero desde hace algo más de una semana he comprobado que nadie me conoce en mi Palma del Río.
¿Y por qué ese cambio?
Pues porque, soterradamente al principio y después de forma abierta, se corrió la voz de que me había tocado alguna de las múltiples loterías con las que la ambición embauca a los incautos.
Hasta desde Cádiz y Sevilla llegaron las llamadas telefónicas sondeando veladamente la veracidad del rumor.
Las cantidades variaban entre 90.000 y 190 millones (ojalá) de euros.
No era posible que el rumor fuera cierto. Yo lo sabía  porque se trataba de algo que uno mismo conoce mejor que nadie y porque hace algo así como medio año que no fío a la suerte mi fortuna (de hecho desde la ritual lotería de Navidad).
Pero la anécdota me ha servido para convencerme de que es diferente ser conocido de que  te conozcan..
Si me conocieran por algo más que por mi oronda figura y por mi desaliño indumentario sabrian que habría sido imposible que me callara si me hubiera escogido precisamente a mí la fortuna que todos buscan y que a los demás rechaza.
Que me guardara para mí solo el secreto de que me hubiera tocado la lotería es tan imposible como que Don Juan Tenorio se diera el trabajo de seducir a una dama para después ocultarle su triunfo a los que competían en la conquista.
Yo, que en eso (solamente) soy bastante donjuanesco, habría tenido menos interes en que la dichosa lotería me tocara que en anunciar a la concurrencia, desde el balcón de la casa de  hermana, que tenía dinero para meter al gobierno en presidio.
“¿Para qué quiero llorar/ si no tengo quien me oiga”?, se pregunta el cantaor de sevillanas.
“¿Para que quiero que me toque la lotería, si nadie me van a envidiar porque me ha tocado?”, me pregunto yo.

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