sábado, 17 de junio de 2017

DAR Y RECIBIR



Como las enfermedades del cuerpo que parecían curadas y sin embargo recidivan, también las del pensamiento retoñan después de aparente y definitivamente mustias.
Un ejemplo: el trabajo corporal que algunas órdenes mendicantes condenaban  hace diez siglos por contravenir el mandato evangélico de pobreza.
Solo era para ellos evangélicamente pobre el que subsistía de las limosnas que recibiera. Hasta el cultivo de los alimentos que consumían los frailes en los huertos de sus conventos les parecía pecaminoso.
Nueve siglos, que en comparación con la edad del mundo son un suspiro, la mendicidad disfrazada ahora de justicia social se ha impuesto.
Todo aquel que busque y encuentre su manutención al margen de la limosna del Estado es un hereje digno de ser quemado por la repulsa social, para que su ejemplo no contamine.
Fuera de la antigua fe no había salvación. Cualquier actividad al margen de la tutela estatal es ahora herética.
Si alguien quiere compartir lo que le sobra de lo que tiene con los que carecen de lo que necesitan, ¿para qué hacerlo llegar directamente al necesitado, con el peligro de que el donante le dé lo superfluo al necesitado, cuyas necesidades solo conoce el Estado?
¿Hay más cumplida filantropía que la de huir de agradecimientos personales a cambio de una donación?
El Estado, que es neutro, sabe lo que le sobra a cada uno de los ciudadanos y lo que les falta a otros.
Que sea, pues, el Estado el que fije lo que a cada uno le sobra y lo que a cada uno de los ciudadanos les falta.
Y, así, el donante sabrá que su dinero se emplea en lo más necesario y el que reciba no se sentirá humillado por recibir,  sino confortado porque ha conseguido lo que se merecía.

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