viernes, 21 de junio de 2013

EL WESTERN



Entre los sinónimos de felicidad que busca el hombre (ser rico, ser guapo o bailar el boogie-boogie) destaca por encima de todos el de ser americano.
¿Y por qué? Porque el hombre, por naturaleza ignorante y por inclinación propenso a creer todo lo remoto, ha creído dos falacias que ha propalado el cine americano: que los animales no son bichos repugnantes sino amables criaturas parlanchinas y que en el Oeste norteamericano había siempre rebajas en el precio de las balas.
Así, nos han engañado haciéndonos creer que todo el mundo tenía tantos remiendos en la ropa como caballos (que realmente eran bastante escasos), nos han mentido al reseñar como ocupación favorita de los vaqueros matarse a tiros y que todos andaban permanentemente acarreando vacas desde sus lejanos pastos al lejanísimo embarcadero ferroviario.
La historia reseña solo un tiroteo con cuatro o cinco muertos y contados acarreos vacunos porque el capitalismo estimó más rentable acercar los puntos de embarque del ferrocarril a las zonas de cría.
Hablando de cuentos, no crean que el personaje al que representara  Issur Danilovitch (Kirk Douglas) acodado en la barra de un salón bebía whisky, sino seguramente ron procedente del Caribe, mucho más al alcance del bolsillo que el escaso scotch whisky, cuyo precio, además, encarecía el largo viaje desde Escocia.
Todo ello debería servir para recordar que el cine es un negocio para ganar dinero acercando la fantasía del que paga a la que espera alcanzar si se evade de una realidad tediosa.
Dicen que hacen decir las tonterías de los humanos a los animalitos de las películas para, al humanizarlos, fomentar que sean mejor tratados.
No es menos cierto que exaltan al animal a la dignidad humana tanto como rebajan la dignidad del hombre a la condición ded bestia. Sin mencionar la cada vez más lucrativa industria de vestir, alimentar, distraer, embellecer y relacionar animales como si se tratara de humanos.
Pero lo que no es fantasía es que ratones y ratas propagan enfermedades y que los cerditos no hablan, sino que más bien hieden y, una vez sacrificados, sirven de suculenta comida. Los bichos son bichos al servicio de hombre y no es el hombre el que deben servir al bicho.
Por eso, los simpáticos bichos que hablan como personas y esos pistoleros de película a los que les dan las balas de balde son fantasía, distorsión malevola de la realidad.
Los bichos que hablan y los pistoleros que gastan balas como si costaran un parpadeo y pesaran como la mala conciencia son una fantasía tan absurda como pensar que todos somos iguales.
Pero, aun siendo consciente de que se le tiende una trampa,  el hombre cree con más convicción y fuerza todo lo que se aleje de la realidad y se acerque a la fantasía.
Y, siendo tal el poder de persuasión del cine, que permite al espectador gozar en la pantalla la vida que aspira a vivir en realidad, ¿por qué no utilizan los partidos de derechas españoles (si es que hay alguno) las  películas del Oeste como propaganda ideológica?
En todas ellas se exalta al individuo solitario que triunfa sobre un estado de corrupción generalizada y con un sheriff venal. El individuo vale más que el grupo, el hombre es más que el Estado. Eso, en todo el mundo menos en España, es un programa de derechas.,

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