Acabar con la fragmentación de España, de la que culpaba a la República, fue la excusa de Franco para alzarse en armas y desencadenar la guerra civil.
Para Franco, como para sus colegas totalitarios de la época, lo que su mano no controlaba suponía para la Patria un peligro suicida de desintegración.
La diversidad era, para Stalin, Mussolini, Hitler o Franco, una amenaza para la unidad, por lo que impusieron a las sociedades de sus países el partido único, un sindicato único, una raza única y combatieron las creencias religiosas o favorecieron un culto único.
En 1939, recién derrotada la República y en congruencia con ese intento totalitario de unidad, Franco impulsó la fusión de las agencias de noticias FARO, FABRA Y FEBUS, que en la zona republicana habían representado la diversidad ahora proscrita, para fundar EFE.
La nueva Agencia de Prensa, además, tenía como misión patriótica cohesionar la España fragmentada en dos mitades beligerantes, para impulsar la Imperial España Una, Grande y Libre que resurgiera de las ruinas de la guerra.
Los responsables que se sucedieron al frente de la Agencia pusieron su mejor voluntad, con resultados dispares, en dignificar el trabajo de EFE, y siempre intentaron que la asepsia que se exige de una agencia de prensa fuera la vacuna profesional contra su manipulación política.
Carlos Mendo Baos, como Director General, sacó a EFE de las fronteras nacionales en 1965 y, gracias a su expansión por Hispanoamérica, obligó a la Agencia española a profesionalizar los servicios informativos que ofrecía a sus clientes para que fueran aceptados por periódicos latinoamericanos de todas las ideologías.
Desde el castrista Bohemia, el izquierdista mexicano Excelsior, el también mexicano El Heraldo, activamente conservador o el anticastrista “El Diario de las Américas”, de Miami, recibían y publicaban los mismos textos de EFE, asépticamente desprovistos de opiniones ideológicas para que la pureza de la información la aceptaran todos.
Ha sufrido la Agencia, a lo largo de su historia, errores de sus responsables que amenazaron su existencia: la administración que se hizo cargo de EFE y de sus 647 trabajadores en 1986, decidió comprometer la empresa en el lanzamiento de Telemadrid y, cuando fue cesada en 1996, la plantilla ascendía a 1.300 empleados.
El inevitable Expediente de Regulación de Empleo privó a la Agencia de sus más experimentados profesionales que, equivocadamente, la Dirección nombrada por el Partido Popular creía afines al Partido Socialista.
Es facultad de los gobiernos nombrar a los máximos responsables de la Agencia y algunos adoptaron medidas que amenazaron su supervivencia aunque la que sucedió a la del ERE, socialista ahora, puede que lo consiga.
Aduciendo la necesidad de adecuarse a la Ley de Autónomos, se ha quedado sin los corresponsales locales que, como colaboradores, surtían de noticias desde más de 4.000 pueblos de España al servicio informativo de EFE.
Sin información local, y con la nacional e internacional al alcance de todos gracias al desarrollo tecnológico, EFE deja de ser lo que, hasta ahora, le permitió sobrevivir.
lunes, 27 de abril de 2009
domingo, 26 de abril de 2009
PSOE: ALMUNIA POR ZAPATERO
Son tantas las ocasiones en las que su actuación posterior desmintió sus afirmaciones previas, que hay que ser muy cándido para no sospechar que, cuando dice que algo es verdad, está mintiendo.
Pero, por una vez al menos, estoy dispuesto a creer que es cierto, como lo oí decir el otro día en televisión, que “le resbalan” los consejos de que cambie el enfoque de su lucha suicida para sacar a España de la crisis económica.
Ojalá se equivoquen quienes creen que sus medidas, más que resolver el problema, lo agravan.
Si José Luis Rodríguez Zapatero acierta y sus críticos se equivocan, todos ganaremos y no solamente el Presidente del Gobierno.
De las predicciones de sus críticos, nadie se acordará pasado mañana, en éste país de amnésicos.
Pero, ¿y si son sus críticos los que aciertan y el Presidente se equivoca? Dios no lo quiera porque perderemos todos y, cuando llegue el momento de buscar responsables del fracaso, el dedo acusador apuntará a Zapatero y a los dirigentes de su Partido que compartieron la ceguera de su tozudez.
Zapatero pagará su error al perder su cargo pero, para que algún socialista vuelva a La Moncloa en un futuro previsible, muy escandalosamente mala tendrá que ser la gestión de los adversarios políticos que sucedan a los socialistas.
Si no le resbalaran las advertencias de los que le avisan que va por mal camino y admitiera que podría estar equivocado, no sería el primer caso en el que un político deja paso a otro dispuesto a seguir los consejos de quienes aconsejan un camino diferente.
Winston Churchill, como primer lord del Almirantazgo, formaba parte del gabinete de Neville Chamberlain y lo sucedió cuando la tragedia de la guerra convenció al Primer Ministro inglés del fracaso de su política de apaciguamiento con Adolf Hitler.
En el partido de Zapatero, un prestigioso economista que lo antecedió en la secretaría general del partido y es ahora comisario de Economía de la Comisión Europea, ha aconsejado medidas diferentes de las que José Luis Rodríguez Zapatero se niega a poner en vigor porque, en un gesto de soberbia barriobajera, dice que “le resbalan”.
No todos servimos para todo, nadie es infalible y la persistencia en el error, aunque moralmente justificado por la mejor de las intenciones, está causando mucho daño a muchas personas.
Por la confianza que sus electores depositaron al elegirlo, no se merecen que se niegue a escuchar los consejos que le dan. Si no se fía de sus adversarios políticos, que confíe en sus camaradas y, si sus escrúpulos ideológicos le impiden cambiar su política, que llame a Joaquín Almunia.
Pero, por una vez al menos, estoy dispuesto a creer que es cierto, como lo oí decir el otro día en televisión, que “le resbalan” los consejos de que cambie el enfoque de su lucha suicida para sacar a España de la crisis económica.
Ojalá se equivoquen quienes creen que sus medidas, más que resolver el problema, lo agravan.
Si José Luis Rodríguez Zapatero acierta y sus críticos se equivocan, todos ganaremos y no solamente el Presidente del Gobierno.
De las predicciones de sus críticos, nadie se acordará pasado mañana, en éste país de amnésicos.
Pero, ¿y si son sus críticos los que aciertan y el Presidente se equivoca? Dios no lo quiera porque perderemos todos y, cuando llegue el momento de buscar responsables del fracaso, el dedo acusador apuntará a Zapatero y a los dirigentes de su Partido que compartieron la ceguera de su tozudez.
Zapatero pagará su error al perder su cargo pero, para que algún socialista vuelva a La Moncloa en un futuro previsible, muy escandalosamente mala tendrá que ser la gestión de los adversarios políticos que sucedan a los socialistas.
Si no le resbalaran las advertencias de los que le avisan que va por mal camino y admitiera que podría estar equivocado, no sería el primer caso en el que un político deja paso a otro dispuesto a seguir los consejos de quienes aconsejan un camino diferente.
Winston Churchill, como primer lord del Almirantazgo, formaba parte del gabinete de Neville Chamberlain y lo sucedió cuando la tragedia de la guerra convenció al Primer Ministro inglés del fracaso de su política de apaciguamiento con Adolf Hitler.
En el partido de Zapatero, un prestigioso economista que lo antecedió en la secretaría general del partido y es ahora comisario de Economía de la Comisión Europea, ha aconsejado medidas diferentes de las que José Luis Rodríguez Zapatero se niega a poner en vigor porque, en un gesto de soberbia barriobajera, dice que “le resbalan”.
No todos servimos para todo, nadie es infalible y la persistencia en el error, aunque moralmente justificado por la mejor de las intenciones, está causando mucho daño a muchas personas.
Por la confianza que sus electores depositaron al elegirlo, no se merecen que se niegue a escuchar los consejos que le dan. Si no se fía de sus adversarios políticos, que confíe en sus camaradas y, si sus escrúpulos ideológicos le impiden cambiar su política, que llame a Joaquín Almunia.
viernes, 24 de abril de 2009
ZAPATERO, INADECUADO EN MOMENTO INOPORTUNO
Sería una vileza suponer falta de patriotismo a José Luis Rodríguez Zapatero porque hay que dar por descontada la honestidad del Presidente del Gobierno de España, elegido por los españoles.
Tanto como la nobleza de sus intenciones hay que admitir la sinceridad de sus tribulaciones cada vez que un nuevo dato contradice las previsiones alentadoras sobre el final de la crisis económica que previamente había adelantado.
Como la buena voluntad de José Luis Rodríguez Zapatero y su patriotismo no ofrecen dudas, hay que compadecerlo por la amarga angustia que debió acongojarlo al saber que el número de parados ya ha rebasado los cuatro millones y que, en lugar de disminuir, parece que va a aumentar.
Como patriota honesto, el Presidente del Gobierno se habrá preguntado más de una vez si está capacitado para pilotar a España y salvarla del naufragio, cada vez más amenazante, de su economía.
Es posible que José Luis Rodríguez Zapatero tuviera la mala suerte de que lo reeligieran, cuando España requería un gobernante que gestionara la penuria que se empecinó en no ver, mientras administraba todavía la prosperidad.
La labor de Zapatero en su primer mandato fue, por lo menos, discutible. En su segundo está claro que es el presidente menos adecuado en el momento más inoportuno.
Salvando las distancias, el de Zapatero es un caso parecido al de Neville Chamberlain, el primer ministro británico que, a pesar de todas las advertencias, persistió en su candidez de que sería capaz de apaciguar a Hitler, hasta que se convenció de su error y tuvo el buen juicio de dimitir.
La Historia demostró que Winston Churchill, su sucesor, era el hombre que Inglaterra necesitaba.
Es posible que José Luis Rodríguez Zapatero tenga virtudes excepcionales para dirigir el gobierno de España en momentos menos turbulentos, pero está claro que no es el Presidente adecuado para los actuales.
Por la ineficacia de sus esfuerzos y su contumacia en rechazar el cambio de rumbo que le aconsejan, está perdiendo el respeto de los españoles.
Si, en un gesto de grandeza, admitiera sus escrúpulos para adoptar las medidas que los expertos recomiendan, dimitiera y facilitara que lo suceda quien esté dispuesto a ponerlas en vigor, demostraría su patriotismo y su talla de estadista.
Y recuperaría el respeto de los españoles.
Tanto como la nobleza de sus intenciones hay que admitir la sinceridad de sus tribulaciones cada vez que un nuevo dato contradice las previsiones alentadoras sobre el final de la crisis económica que previamente había adelantado.
Como la buena voluntad de José Luis Rodríguez Zapatero y su patriotismo no ofrecen dudas, hay que compadecerlo por la amarga angustia que debió acongojarlo al saber que el número de parados ya ha rebasado los cuatro millones y que, en lugar de disminuir, parece que va a aumentar.
Como patriota honesto, el Presidente del Gobierno se habrá preguntado más de una vez si está capacitado para pilotar a España y salvarla del naufragio, cada vez más amenazante, de su economía.
Es posible que José Luis Rodríguez Zapatero tuviera la mala suerte de que lo reeligieran, cuando España requería un gobernante que gestionara la penuria que se empecinó en no ver, mientras administraba todavía la prosperidad.
La labor de Zapatero en su primer mandato fue, por lo menos, discutible. En su segundo está claro que es el presidente menos adecuado en el momento más inoportuno.
Salvando las distancias, el de Zapatero es un caso parecido al de Neville Chamberlain, el primer ministro británico que, a pesar de todas las advertencias, persistió en su candidez de que sería capaz de apaciguar a Hitler, hasta que se convenció de su error y tuvo el buen juicio de dimitir.
La Historia demostró que Winston Churchill, su sucesor, era el hombre que Inglaterra necesitaba.
Es posible que José Luis Rodríguez Zapatero tenga virtudes excepcionales para dirigir el gobierno de España en momentos menos turbulentos, pero está claro que no es el Presidente adecuado para los actuales.
Por la ineficacia de sus esfuerzos y su contumacia en rechazar el cambio de rumbo que le aconsejan, está perdiendo el respeto de los españoles.
Si, en un gesto de grandeza, admitiera sus escrúpulos para adoptar las medidas que los expertos recomiendan, dimitiera y facilitara que lo suceda quien esté dispuesto a ponerlas en vigor, demostraría su patriotismo y su talla de estadista.
Y recuperaría el respeto de los españoles.
miércoles, 22 de abril de 2009
POR QUE REMENDO ZAPATERO SU GOBIERNO
Aunque en estos tiempos de crisis debería evitarse el despilfarro, parece que el responsable de conducirnos de vuelta a la prosperidad perdida no se ha enterado.
Barak Obama, el amigo del gobernante español con apellido de artesano de la lezna y la chaveta, debería haberle avisado de que “time is money” y de que, como el tiempo es oro, no debería desperdiciarlo.
Si hubiera tenido el instinto frugal que los tiempos exigen, Zapatero se habría ahorrado el 99 por ciento del tiempo y las palabras que ayer gastó en el Congreso de los Diputados, porque solamente el uno por de lo que dijo y del tiempo que empleó en decirlo merecían, si acaso, la pena.
“…la competencia de proponer al rey cambios en las personas de los ministros, así como la de configurar la estructura del gobierno, se la otorgan en exclusiva a su presidente la constitución y las leyes”, advirtió Zapatero en el segundo párrafo de su discurso, con lo que le dijo a la Cámara que los cambios en su gabinete los había hecho porque le había dado la gana.
No hubiera necesitado la conceptuosa verborrea justificativa subsiguiente, achacando a un mejor cumplimiento de lo acordado en la reunión que los países miembros del G-20 celebraron en Londres el 2 de Abril el remiendo que le hizo a su gobierno.
Por si acaso se me hubiera escapado algún matiz que justificara la justificación para el cambio aducida por Zapatero, repasé minuciosamente el texto de los 29 puntos de la declaración londinense.
O he perdido la pericia de los tiempos en que informaba sobre las Asambleas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, cuando me ganaba la vida en esos menesteres en Washington, o Zapatero no se enteró de lo que acordó con sus colegas del g20 en Londres.
Porque Zapatero y sus compañeros de reunión en la capital inglesa, por lo que dicen en su declaración final, no apuntan nada que pueda hacer recomendable una reestructuración del Gabinete español.
Si la ha hecho Zapatero ha sido porque ha querido y porque tenía derecho a hacerla. Seguramente confía en que los nuevos ministros cumplan mejor que los sustituidos lo que de ellos espera.
Nadie le discute su derecho, pero que no haga perder el tiempo con explicaciones peregrinas a los que, en vez de ganarse las cigalas en sus ocupaciones diarias, desperdiciaron oyéndolo decir banalidades una mañana tan placentera como la del 22 de Abril, que hubieran aprovechado mejor paseando por el Retiro.
Barak Obama, el amigo del gobernante español con apellido de artesano de la lezna y la chaveta, debería haberle avisado de que “time is money” y de que, como el tiempo es oro, no debería desperdiciarlo.
Si hubiera tenido el instinto frugal que los tiempos exigen, Zapatero se habría ahorrado el 99 por ciento del tiempo y las palabras que ayer gastó en el Congreso de los Diputados, porque solamente el uno por de lo que dijo y del tiempo que empleó en decirlo merecían, si acaso, la pena.
“…la competencia de proponer al rey cambios en las personas de los ministros, así como la de configurar la estructura del gobierno, se la otorgan en exclusiva a su presidente la constitución y las leyes”, advirtió Zapatero en el segundo párrafo de su discurso, con lo que le dijo a la Cámara que los cambios en su gabinete los había hecho porque le había dado la gana.
No hubiera necesitado la conceptuosa verborrea justificativa subsiguiente, achacando a un mejor cumplimiento de lo acordado en la reunión que los países miembros del G-20 celebraron en Londres el 2 de Abril el remiendo que le hizo a su gobierno.
Por si acaso se me hubiera escapado algún matiz que justificara la justificación para el cambio aducida por Zapatero, repasé minuciosamente el texto de los 29 puntos de la declaración londinense.
O he perdido la pericia de los tiempos en que informaba sobre las Asambleas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, cuando me ganaba la vida en esos menesteres en Washington, o Zapatero no se enteró de lo que acordó con sus colegas del g20 en Londres.
Porque Zapatero y sus compañeros de reunión en la capital inglesa, por lo que dicen en su declaración final, no apuntan nada que pueda hacer recomendable una reestructuración del Gabinete español.
Si la ha hecho Zapatero ha sido porque ha querido y porque tenía derecho a hacerla. Seguramente confía en que los nuevos ministros cumplan mejor que los sustituidos lo que de ellos espera.
Nadie le discute su derecho, pero que no haga perder el tiempo con explicaciones peregrinas a los que, en vez de ganarse las cigalas en sus ocupaciones diarias, desperdiciaron oyéndolo decir banalidades una mañana tan placentera como la del 22 de Abril, que hubieran aprovechado mejor paseando por el Retiro.
martes, 21 de abril de 2009
COSLADA: EL OESTE AL ESTE DE MADRID
Esta es la historia de dos ciudades,aunque no la relatada por Charles Dickens.
Los vecinos de la primera son imaginados. Los de la segunda, de carne y hueso.
La primera es un polvoriento lugar de casas de madera alrededor de un saloon donde malencarados vaqueros beben whisky mientras petrimetres tramposos desvalijan a los incautos, jugando al poker.
La segunda, situada cerca del aeropuerto de Barajas donde muchos de sus 90.000 habitantes trabajan, esperaba hace un año haberse librado para siempre de la tiranía de un déspota fullero .
El perdido lugar sin nombre de las películas del oeste y la bulliciosa ciudad de Coslada,al este de Madrid, en casi nada se asemejan, pero tienen un mismo problema: ha regresado el sheriff al que nadie quiere.
En la primera, ya lo sabemos porque muchas veces lo hemos presenciado, el bonachón aparentemente indefenso que parecía incapaz de romper un plato se ve empujado a enfrentarse al matón, es inesperadamente más rápido y más certero con el colt, se carga al indeseable, el poblado recupera la paz y el justiciero se casa con la chica de alterne regenerada.
Lo de Coslada parece que va a ser más difícil porque, dicen, las leyes permiten que el sheriff recupere su estrella y, a su amparo, siga jodiendo al personal.
Las Escrituras sentencian que no se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre lo que, traducido a nuestros días, quiere decir que las leyes se aprueban para servir a los ciudadanos y no son los ciudadanos los que tienen que someterse a leyes injustas e ineficaces.
¿Qué ley es esa ley que impide a la justicia evitar lo que todos creen que es injusto?
Muy fino tienen que hilar para justificarse quienes permiten que, en un sistema en el que gobierna el pueblo, las leyes que se elaboran para servir a los ciudadanos se vuelvan en su contra.
Sobre todo porque no es el de Coslada el primer caso en el que, en España, las leyes benefician al delincuente y penalizan a su víctima.
Tiempo sobrado han tenido los responsables para adecuar las leyes a lo que los ciudadanos exigen. Demorar su enmienda para hacerlas garantistas de los derechos del que sufre las agresiones y no del que las comete es una torpeza inexplicable.
Si siguen beneficiando al transgresor, el caso de Coslada, el de los terroristas libres, el de los atracadores reincidentes o el de los violadores pertinaces puede acabar como el del pueblo sin nombre del polvoriento oeste.
Y eso no solamente sería malo, sino evitable.
Los vecinos de la primera son imaginados. Los de la segunda, de carne y hueso.
La primera es un polvoriento lugar de casas de madera alrededor de un saloon donde malencarados vaqueros beben whisky mientras petrimetres tramposos desvalijan a los incautos, jugando al poker.
La segunda, situada cerca del aeropuerto de Barajas donde muchos de sus 90.000 habitantes trabajan, esperaba hace un año haberse librado para siempre de la tiranía de un déspota fullero .
El perdido lugar sin nombre de las películas del oeste y la bulliciosa ciudad de Coslada,al este de Madrid, en casi nada se asemejan, pero tienen un mismo problema: ha regresado el sheriff al que nadie quiere.
En la primera, ya lo sabemos porque muchas veces lo hemos presenciado, el bonachón aparentemente indefenso que parecía incapaz de romper un plato se ve empujado a enfrentarse al matón, es inesperadamente más rápido y más certero con el colt, se carga al indeseable, el poblado recupera la paz y el justiciero se casa con la chica de alterne regenerada.
Lo de Coslada parece que va a ser más difícil porque, dicen, las leyes permiten que el sheriff recupere su estrella y, a su amparo, siga jodiendo al personal.
Las Escrituras sentencian que no se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre lo que, traducido a nuestros días, quiere decir que las leyes se aprueban para servir a los ciudadanos y no son los ciudadanos los que tienen que someterse a leyes injustas e ineficaces.
¿Qué ley es esa ley que impide a la justicia evitar lo que todos creen que es injusto?
Muy fino tienen que hilar para justificarse quienes permiten que, en un sistema en el que gobierna el pueblo, las leyes que se elaboran para servir a los ciudadanos se vuelvan en su contra.
Sobre todo porque no es el de Coslada el primer caso en el que, en España, las leyes benefician al delincuente y penalizan a su víctima.
Tiempo sobrado han tenido los responsables para adecuar las leyes a lo que los ciudadanos exigen. Demorar su enmienda para hacerlas garantistas de los derechos del que sufre las agresiones y no del que las comete es una torpeza inexplicable.
Si siguen beneficiando al transgresor, el caso de Coslada, el de los terroristas libres, el de los atracadores reincidentes o el de los violadores pertinaces puede acabar como el del pueblo sin nombre del polvoriento oeste.
Y eso no solamente sería malo, sino evitable.
lunes, 20 de abril de 2009
MEJOR SONRISAS QUE LAGRIMAS
En estos días primaverales de tiempo tan voluble como una mocita enamoradiza, obsesionarse con los nubarrones que los profetas vaticinan para el futuro previsible es, además de una perturbación anímica, una ordinariez.
Porque, aunque no lo pareciera en los sombríos días del ya pasado invierno,aparte de crisis económicas, gobiernos incompetentes y políticos corruptos, hay razones suficientes como para agradecer cada día la dicha de vivir.
Solamente los que no conocieron tiempos peores podrían lamentar el presente y temer al futuro y, si fueran perspicaces, se alegrarían de la suerte que tuvieron en lugar de amedrentarse por el futuro que temen.
No tiene destreza el hombre para modificar acontecimientos pretéritos ni fijar los venideros. Solamente para los dioses es eternamente presente.
¿Para qué llorar, además, si no tenemos quien nos oiga?
A los que hasta bastante después de tenernos que afeitar no supimos lo que eran las vacaciones, las estadísticas que lamentan la reducción del número de pernoctaciones en hoteles, como medida de la gravedad de la crisis económica, nos suena a sarcasmo.
Bendito Dios que, gracias a que trabajamos durante muchos años como inmigrantes en nuestra propia tierra, los españoles vivimos ahora peor que hace dos años, pero mucho mejor que hace cuarenta. ¿Para qué echar la memoria atrás solo 24 meses en lugar de hacerla retroceder cuatro décadas?
¿Y por qué nos engañamos culpando a otros de nuestras actuales dificultades, si son consecuencia de nuestro capricho?
Con dos millones de españoles en paro atábamos los perros con longanizas hasta hace poco, y el trabajo que no nos gustaba vinieron millones de extranjeros suspirando por hacerlo.
¿Qué el gobierno es ineficaz? Todo lo ineficaz que se quiera, pero fueron los españoles que ahora se quejan de su inepcia los que lo encumbraron.
Será consuelo de tontos, pero los españoles todavía no tenemos que abandonar nuestra tierra para encontrar en una extraña lo que donde nacimos no teníamos, como nos pasó no hace tanto y, aunque insuficiente, el amparo al desamparado no está sujeto a la caridad, sino al derecho.
Tenemos razonablemente garantizada la atención a nuestra salud, por debajo de los 25 años todo el que quiera instruirse tiene plazas en escuelas y centros de instrucción, tenemos vivienda aunque hipotecada y el pan, por lo general, no nos falta.
Si eso es conformarse con poco, con menos nos teníamos que aguantar hasta hace poco y, si el gobierno no nos gusta, con cambiarlo dentro de tres años está resuelto el problema.
Si, a pesar de todas estas recomendaciones para el optimismo seguimos obsesionados por las penurias que nos acongojan, miremos al cielo.
Después de los inesperados turbiones descargados por inoportunas nubes, en primavera suele salir el sol, las ramas desnudas de los árboles se abultan con los botones que romperán en flores y el sol, que en invierno nos parecía imposible que volviera a brillar, resplandecerá en el cielo y su calor vivificará la tierra.
La vida, aunque parezca ahora mentira, volverá a ser bella y merecerá la pena vivirla todavía más que ahora.
Porque, aunque no lo pareciera en los sombríos días del ya pasado invierno,aparte de crisis económicas, gobiernos incompetentes y políticos corruptos, hay razones suficientes como para agradecer cada día la dicha de vivir.
Solamente los que no conocieron tiempos peores podrían lamentar el presente y temer al futuro y, si fueran perspicaces, se alegrarían de la suerte que tuvieron en lugar de amedrentarse por el futuro que temen.
No tiene destreza el hombre para modificar acontecimientos pretéritos ni fijar los venideros. Solamente para los dioses es eternamente presente.
¿Para qué llorar, además, si no tenemos quien nos oiga?
A los que hasta bastante después de tenernos que afeitar no supimos lo que eran las vacaciones, las estadísticas que lamentan la reducción del número de pernoctaciones en hoteles, como medida de la gravedad de la crisis económica, nos suena a sarcasmo.
Bendito Dios que, gracias a que trabajamos durante muchos años como inmigrantes en nuestra propia tierra, los españoles vivimos ahora peor que hace dos años, pero mucho mejor que hace cuarenta. ¿Para qué echar la memoria atrás solo 24 meses en lugar de hacerla retroceder cuatro décadas?
¿Y por qué nos engañamos culpando a otros de nuestras actuales dificultades, si son consecuencia de nuestro capricho?
Con dos millones de españoles en paro atábamos los perros con longanizas hasta hace poco, y el trabajo que no nos gustaba vinieron millones de extranjeros suspirando por hacerlo.
¿Qué el gobierno es ineficaz? Todo lo ineficaz que se quiera, pero fueron los españoles que ahora se quejan de su inepcia los que lo encumbraron.
Será consuelo de tontos, pero los españoles todavía no tenemos que abandonar nuestra tierra para encontrar en una extraña lo que donde nacimos no teníamos, como nos pasó no hace tanto y, aunque insuficiente, el amparo al desamparado no está sujeto a la caridad, sino al derecho.
Tenemos razonablemente garantizada la atención a nuestra salud, por debajo de los 25 años todo el que quiera instruirse tiene plazas en escuelas y centros de instrucción, tenemos vivienda aunque hipotecada y el pan, por lo general, no nos falta.
Si eso es conformarse con poco, con menos nos teníamos que aguantar hasta hace poco y, si el gobierno no nos gusta, con cambiarlo dentro de tres años está resuelto el problema.
Si, a pesar de todas estas recomendaciones para el optimismo seguimos obsesionados por las penurias que nos acongojan, miremos al cielo.
Después de los inesperados turbiones descargados por inoportunas nubes, en primavera suele salir el sol, las ramas desnudas de los árboles se abultan con los botones que romperán en flores y el sol, que en invierno nos parecía imposible que volviera a brillar, resplandecerá en el cielo y su calor vivificará la tierra.
La vida, aunque parezca ahora mentira, volverá a ser bella y merecerá la pena vivirla todavía más que ahora.
domingo, 19 de abril de 2009
EL PRETENCIOSO CINE ESPAÑOL
Los que se dedican al cine en España, y viven más de las subvenciones que de las entradas que venden sus películas, buscan y no encuentran culpables de su fracaso.
Les bastaría, para descubrirlos, con mirarse al espejo.
Es verdad que las películas extranjeras, sobre todo las norteamericanas, tienen presupuestos más cuantiosos, las favorece una más amplia distribución y, en su promoción, gastan más que las nacionales.
Pero siendo verdad todo eso, no son esas las únicas razones por las que los españoles hacen colas para verlas y huyen de las salas que exhiben películas españolas.
Que los cineastas españoles busquen en la semántica el motivo de su penuria y el de la opulencia de sus colegas de Estados Unidos:
Los que se dedican al cine en Hollywood se consideran a sí mismos, simplemente, trabajadores del show business, gente del espectáculo, mientras que sus engreídos colegas españoles se proclaman impulsores de la cultura.
Hasta el más inexperto de los actores españoles, aunque solo preste el sonido de su voz a las palabras del argumentista y se limite a acomodar sus gestos a lo que el director le ordene, se considera protagonista cultural.
Ese engreimiento semántico, por el que pretenciosamente han pasado del oficio de cómicos al de creadores de cultura, puede que tenga que ver con el cambio de fortuna de los cineastas españoles y con el creciente distanciamiento de los espectadores de lo que les ofrecen.
Porque, como intelectuales y agentes culturales, los cineastas españoles derivaron hacia la tentación de modular y dirigir los gustos de los espectadores en vez de ofrecerles, simplemente, lo que los espectadores quieren y les gusta.
La misión que se han impuesto, sin que nadie se lo pida, es la de elevar el nivel intelectual de los españoles, sacándolos del error complaciente con el que la dictadura fascista los había embrutecido. Quieren que el cine adoctrine a los espectadores para que miren a la realidad como ellos quieren que sea.
Los cineastas españoles desmontan el mundo artificial y mojigato de las películas intrascendentes propiciadas por la Dictadura, para lo que convierten en victoria la derrota que sufrieron las ideas republicanas en la guerra civil.
Quieren hacer un cine diferente, que forme conciencias comprometidas , acepte su visión de la realidad social y abra brecha para que en la vida española irrumpa una sociedad nueva y progresista.
Se les contagió la pretensión de todos los déspotas—Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Mao, Fidel Castro o Pol Pot—de crear un “hombre nuevo” a su capricho, para reemplazar al hombre común que acudía a ver a Sara Montiel, Manolo Escobar, Alfredo Landa o Joselito.
Los autonombrados agentes culturales quieren que los espectadores vayan a sus películas para sufrir la angustia del fracaso de sus ideales utópicos, pero los españoles se empecinan en acudir al cine como simple pasatiempo.
Por eso prefieren las películas que les sirve la gente del show business, el negocio del espectáculo, y los ahuyentan los sucedáneos de angustias progresistas que atormentan a los cultos actores, directores y guionistas de cine español.
Es un capricho que la cinematografía española puede permitirse, mientras lo pague el gobierno que los apadrina con el dinero que saca a los que prefieren un cine que entretenga.
Si quieren realmente que el público español vaya a ver sus películas, que recuerden que “Los otros”, “La gran aventura de Mortadelo y Filemón”, “Torrente, misión en Marbella” y “El Orfanato” han sido, hasta ahora, las que más dinero han recaudado.
Para que las salas se llenaran, ninguna tuvo que justificar la derrota republicana en la guerra civil ni promocionar un hombre nuevo, afín a la progresía que profesan los cultos cineastas españoles..
Les bastaría, para descubrirlos, con mirarse al espejo.
Es verdad que las películas extranjeras, sobre todo las norteamericanas, tienen presupuestos más cuantiosos, las favorece una más amplia distribución y, en su promoción, gastan más que las nacionales.
Pero siendo verdad todo eso, no son esas las únicas razones por las que los españoles hacen colas para verlas y huyen de las salas que exhiben películas españolas.
Que los cineastas españoles busquen en la semántica el motivo de su penuria y el de la opulencia de sus colegas de Estados Unidos:
Los que se dedican al cine en Hollywood se consideran a sí mismos, simplemente, trabajadores del show business, gente del espectáculo, mientras que sus engreídos colegas españoles se proclaman impulsores de la cultura.
Hasta el más inexperto de los actores españoles, aunque solo preste el sonido de su voz a las palabras del argumentista y se limite a acomodar sus gestos a lo que el director le ordene, se considera protagonista cultural.
Ese engreimiento semántico, por el que pretenciosamente han pasado del oficio de cómicos al de creadores de cultura, puede que tenga que ver con el cambio de fortuna de los cineastas españoles y con el creciente distanciamiento de los espectadores de lo que les ofrecen.
Porque, como intelectuales y agentes culturales, los cineastas españoles derivaron hacia la tentación de modular y dirigir los gustos de los espectadores en vez de ofrecerles, simplemente, lo que los espectadores quieren y les gusta.
La misión que se han impuesto, sin que nadie se lo pida, es la de elevar el nivel intelectual de los españoles, sacándolos del error complaciente con el que la dictadura fascista los había embrutecido. Quieren que el cine adoctrine a los espectadores para que miren a la realidad como ellos quieren que sea.
Los cineastas españoles desmontan el mundo artificial y mojigato de las películas intrascendentes propiciadas por la Dictadura, para lo que convierten en victoria la derrota que sufrieron las ideas republicanas en la guerra civil.
Quieren hacer un cine diferente, que forme conciencias comprometidas , acepte su visión de la realidad social y abra brecha para que en la vida española irrumpa una sociedad nueva y progresista.
Se les contagió la pretensión de todos los déspotas—Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Mao, Fidel Castro o Pol Pot—de crear un “hombre nuevo” a su capricho, para reemplazar al hombre común que acudía a ver a Sara Montiel, Manolo Escobar, Alfredo Landa o Joselito.
Los autonombrados agentes culturales quieren que los espectadores vayan a sus películas para sufrir la angustia del fracaso de sus ideales utópicos, pero los españoles se empecinan en acudir al cine como simple pasatiempo.
Por eso prefieren las películas que les sirve la gente del show business, el negocio del espectáculo, y los ahuyentan los sucedáneos de angustias progresistas que atormentan a los cultos actores, directores y guionistas de cine español.
Es un capricho que la cinematografía española puede permitirse, mientras lo pague el gobierno que los apadrina con el dinero que saca a los que prefieren un cine que entretenga.
Si quieren realmente que el público español vaya a ver sus películas, que recuerden que “Los otros”, “La gran aventura de Mortadelo y Filemón”, “Torrente, misión en Marbella” y “El Orfanato” han sido, hasta ahora, las que más dinero han recaudado.
Para que las salas se llenaran, ninguna tuvo que justificar la derrota republicana en la guerra civil ni promocionar un hombre nuevo, afín a la progresía que profesan los cultos cineastas españoles..
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