miércoles, 21 de septiembre de 2016

ESCLAVITUD

En los añorados tiempos de la esclavitud, ese sistema de relaciones laborales mucho más beneficioso para los condenados a obedecer que el actual, a los amos les convenía cuidar a su mano de obra, mientras que a los empresarios de ahora les tienen sin  cuidado sus trabajadores.
Si un esclavo no rendía lo que su amo esperaba que rindiera, el patrón tenía dos posibilidades para revertir la relación a lo que de ella esperaba: mimarlo o azotarlo.
¿Y ahora?
Solo tienen que despedirlo y contratar a otro para que lo reemplace.
¿Podía, o le convenía al dueño blanco de una explotación algodonera de Georgia despedir al esclavo negro que le era menos rentable de lo que había esperado?
Podía, pero se arruinaría porque el esclavo negro al que tendría que contratar para que reemplazara al despedido le costaría el dineral que no tenía.
Un esclavo negro, varón y en condiciones físicas y sanitarias para que pudiera reemplazar al que no sirviera, le costarìa al plantador lo mismo que 400 acres de tierra adicional de cultivo sin desmontar, unos 1.400 dólares.
El acre, como la fanega, eran medidas  de superficie equivalentes a unos cuatro o cinco mil metros cuadrados, espacio que podría cultivar un hombre sin ayuda externa.
Al empresario español de ahora, echar a uno o a todos sus trabajadores le saldría regalado y, si fuera amigo de Griñan o de Chaves, hasta le ganaría dinero.
Para eso están las interminables listas de espera de solicitantes de empleo y, sobre todo, los fondos ERE que son como el hilo gris, que lo mismo sirve para un roto que para un descosido y no desentona con la tela a la que haya que echar el remiendo.

Y todo, gracias al imparable progreso social al que los sindicatos sirven de motor.

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