martes, 27 de enero de 2009

INMIGRACION Y CRISIS

Estaban convencidos los viejos hortelanos de mi tierra de que, gracias a los limos del Genil, sus naranjas tenían el singular dulzor al que aludía George Burrow en su libro “La Biblia en España”.
Como las de la mia, todas las tierras labrantías revitalizan su fertilidad por los aluviones que renuevan periódicamente la fecundidad de sus capas superiores, empobrecida por la sobreexplotación.
Como la feracidad de la tierra, el vigor de sus habitantes también se beneficia de los aluviones migratorios, pacíficos o violentos, de los pueblos que por ella han ido pasando y en la que se funden como sedimentos.
Fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, rifeños, almohades, almorávides y benimerines, en sucesivas riadas a lo largo de 30 siglos de historia, renovaron la vitalidad de los españoles.
Desde que en el siglo XVIII una somera riada controlada repobló parte de Andalucía con colonos centroeuropeos, la población de España no se había beneficiado de nuevos limos que vivificaran la exuberancia perdida.
Sobreexplotada, exhausta y envejecida, la población española estaba amenazada de esterilidad.
En 1996, el índice de natalidad era alarmante: solamente 1,16 nacimientos por mujer, dramáticamente insuficiente para mantener la población, abocada a extinguirse si la tendencia hubiera continuado.
Afortunadamente, se aliaron dos circunstancias opuestas entre sí, pero coincidentes en sus efectos: el auge económico de España y la penuria en muchos países del resto del mundo.
Gracias a ello, y en poco menos de diez años, España se benefició de la invasión extranjera más generosa y de mayor calidad de su larga historia de tierra invadida.
Porque, al contrario que en las riadas poblacionales anteriores, en las que llegaron casi exclusivamente varones, desde 1996 invadieron España tantas mujeres como hombres y, además, de países y razas diferentes.
La población española aumentó en diez años el diez por ciento y, de ese aumento, el 92 por ciento gracias a la emigración. La tasa de natalidad saltó a 1,5 nacimientos por mujer y, para dentro de diez años, habrá 50 millones de españoles, todavía lejos de la densidad de población de nuestros vecinos más prósperos.
Gracias a la bonanza española de aquellos años pasados y a la depresión en los países de los que procedían, llegaron a España inmigrantes de calidad depurada por un proceso natural de selección, porque solamente se atreven a buscar mejores horizontes los más sanos y los más audaces de los países de los que huyen.
Por si fuera poco, la diversidad racial y cultural de los nuevos españoles enriqueció a la sociedad excesivamente endogámica que los acogió y auguró un nuevo impulso de la España cuyo futuro colaborarán a diseñar.
Los más brillantes momentos de esplendor de la Historia de España llegaron cuando, una vez integrados en la población a la que habían invadido sus padres, los españoles resultantes de la fusión se sintieron plenamente españoles.
La mayor catástrofe de la crisis económica que nos afecta no sería el empobrecimiento económico, sino que frustrara la incipiente renovación que, gracias a los emigrantes atraídos por nuestra prosperidad pasada, nos garantiza el futuro.

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