martes, 3 de noviembre de 2009

Y LA AGUIRRE NO ACUDIO

Aterrados acataron sumisamente la convocatoria a la reunión del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Popular en la que les iba a leer la cartilla, y con golpes de pecho acudieron todos reconociendo de antemano sus culpas.
Todos menos Esperanza Aguirre.
El jefe, Mariano Rajoy, había perdido la paciencia y anunciado que el sanedrín del tres de noviembre sería la última oportunidad de que sus díscolos subordinados escucharan sus amonestaciones para que fueran dóciles y renunciaran a sus travesuras.
Todos temían lo que sabían que se merecían oír, y todos acudieron obedientes a oirlo.
Todos menos Esperanza Aguirre.
Todos los que acudieron reconocieron sus culpas, prometieron que serían buenos y salieron todos tan contentos.
Todos menos Esperanza Aguirre que, porque no se sentía culpable, porque no quería oir lo que sabía que Rajoy iba a decir o porque su ausencia le evitaría adelantar un enfrentamiento inevitable a la ocasión que ella considere idónea, no acudió a la cita.
O a lo mejor se quedó inaugurando obras de su gobierno para no soltar la carcajada ante las bravatas de Rajoy.
Puede que Esperanza Aguirre conociera la historia de Pedro Barrantes, el bohemio autor de Delirium Tremens, y los versos de su oda a Muñoz, el tenebroso malhechor encarcelado en Sevilla.
Ponía Barrantes en boca del sevillano:
Soy el terrible Muñoz
el asesino feroz
que nunca se encuentra inerme
y soy capaz de comerme
cadáveres con arroz.
La díscola Aguirre, que posiblemente intuyera que la filípica anunciada por el Presidente de su Partido iba a provocar su carcajada y no su miedo, se excusó para que los demás se acobardaran a gusto.

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