martes, 30 de septiembre de 2014

COTORREAR



  Don Jacinto Benavente, segundo autor teatral español premiado con el Nóbel de Literatura, gozó de la popularidad que su fama le dio desde que estrenó “Los intereses creados”.
De inclinaciones sexuales ambiguas, causaba furor entre las esposas  de laboriosos menestrales que habían ascendido a ensombreradas señoras de industriales prósperos.
   Acosado en un salón por una bandada de esas admiradoras que le pedían que les dijera algo, Don Jacinto se excusó: “no me gusta”, dijo, “hablar a tontas y a locas”.
    Tiene más de un siglo, por lo tanto, esa autosuficiencia parlanchina para disfrazar la ignorancia, que consiste en hablar demasiado de lo que se entiende demasiado poco.
    Va ya para cuarenta años que los españoles saben más que nadie de lo que hasta entonces no les preocupaba ni sospechaban que existiera: democracia, derechos humanos, partidos políticos, ideologías progresistas o corrupción política.
    Hace ya cuarenta años que la España de toros, vino y bandoleros se ha hecho el país que de todo sabe, principalmente de lo que menos entienda.
   Aquí hay dos cuestiones que centran la preocupación nacional: la política y el fútbol, asuntos ambos de los que se puede hablar durante toda una vida sin entender ni pizca de ninguno de ellos.
    Esta es la España postfranquista, hasta entonces tierra de toros, flamenco, vino, mujeres y bandoleros y, desde qu Franco se fue tan en paz como en conflicto nos dejó, país de cotorras.
   Cotorrear es un útil verbo de extendido uso en Hispanoaméerica, donde se habla el más variado, preciso y rico español de hoy.
   Cotorrear es hablar incansablemente sin saber de qué  se habla  ni para qué, con el único propósito del placer de escuchar el sonido de la propia voz.

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