martes, 9 de febrero de 2016

ECOLOJETAS

Si hubieran abusado menos del automóvil y, para ir de la Ceca a La Medca hubieran caminado en lugar de trasladarse en avión o trenes de alta velocidad, lo que pasó en  Europa, Asia y parte de Africa no habría pasado.
¿Y qué pasó y pudo evitarse que pasara?
Pues que, entre los años 540 y 660 las temperaturas bajaron un promedio de cuatro grados centígrados en verano.
Si los ecolojetas de ahora  ya hubieran ejercido su oficio entonces, habrían excusado el fenómeno con el cuento de que un huevo no hace un cesto.
Se hubieran equivocado entonces como se equivocan los ecolojetas contemporáneos, los de ahora, que no nos dejan tirar al campo las bolsas de plástico hechas con materiales extraidos de la tierra a la que contaminan, dicen, en cuanto el hombre los ha manipulado.
Como es consustancial (qué bonito) al ecolojetismo equivocarse, se equivocan porque desde el siglo XV hasta mediados del XIX se repitió lo que se conoce como “pequeña edad de hielo” en la que las ininventadas bolsas de plástico, los ni soñados automóviles y los inimaginables trenes de alta velocidad generaron la conocida como “Pequeña edad del hielo”.
Hacía un frío que pelaba y, concretamente en 1709, se congelaron las desembocaduras del Tajo y del Ródano y, desde Manhattan, se podía trasladar la gente hasta Long Island patinando sobre hielo.
Podrían los ecolojetas ser como los niños que, en sus juegos, juegan inocentemente a asustarse disfrazándose de brujas, tíos del saco y dragones escupefuego.
Pero no, no es así, porque los ecolojetas, en su preocupación por el futuro de la humanidad, han encontrado el pretexto idóneo para vivir del cuento, vivir espléndidamente.

Hasta el más tonto hace relojes.

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