lunes, 16 de febrero de 2009

EMIGRAR Y MORIR

El número de víctimas no hace más amarga la tragedia ni su reiteración evita el estremecimiento ante la muerte de quienes pierden la vida por buscar una vida mejor.
Los marroquíes ahogados en Lanzarote,cerca de Teguise, han reactivado los sentimientos de piedad y compasión de quienes intentaron y no pudieron salvarlos.
Los que no dudaron en exponer sus vidas para rescatar a los que buscaban trabajo, y solo pudieron recuperar sus cadáveres, tardarán en reponerse del desconcierto al ver morir a los que tan cerca estuvieron de la salvación, sin poder evitar sus muertes.
Piedad, compasión, desconcierto y un atisbo de culpabilidad por no haber detectado la embarcación con tiempo de evitar que zozobrara.
Son todos sentimientos tan nobles como ineficaces para impedir que la tragedia se repita.
Como en desgracias similares anteriores, puede que también en ésta aflore un larvado complejo de culpa por el bienestar relativo de la sociedad cuyas sobras ansiaban los inmigrantes.
Hay culpables de la tragedia y de las que, parecidas a la de hoy, han causado la muerte de más de diez mil ahogados que, en los últimos años, buscaban las costas españolas a las que solamente llegaron sus cadáveres.
También la tragedia de un indeterminado número de ahogados cuyos cadáveres quedaron hundidos en el mar.
Si hay culpables de esas muertes y no son los habitantes de la tierra a la que querían llegar, habrá que buscarlos en los países de los que tan desesperadamente intentaron huir.
¿Por qué la piedad, la compasión, el desconcierto y la culpabilidad por esas muertes, que sacuden a los españoles, no conmocionan a las sociedades de las que huían?
Puede que en ellas se difundan menos profusamente las noticias de esas tragedias, o que la vida de los desheredados que la sufren valga menos allí que lo que aquí estamos dispuestos a pagar por conservarla.
Pero no todos los habitantes de los países de los que mueren en su intento de llegar a España tienen que emigrar para lograr una vida mejor.
Los tiranos que los gobiernan y los secuaces que los ayudan a conservar el poder viven en la opulencia más escandalosa, gracias a la indigencia de los que prefieren enfrentarse a la muerte casi cierta de la emigración, antes que malvivir en la tierra en la que tuvieron la desgracia de nacer.
El bienestar de pocos a costa de la explotación de muchos no es una teoría social original: el tartesso rey Habidis la formuló y aplicó dos mil años antes de Cristo.
Para que perdure en Marruecos y en los demás países de los que proceden los inmigrantes muertos en su intento de llegar a España, los tiranos que los gobiernan saben bien lo que tienen que hacer:
Silenciar las noticias de esas tragedias y reprimir los sentimientos de piedad, compasión, desconcierto y culpabilidad para que no se transformen en exigencia de que la opulencia de unos pocos sea menos evidente, y la miseria de los demás, más soportable.
Esos son los principales culpables de la muerte de los ahogados en su intento de llegar a las costas españolas, pero no los únicos.
¿No son culpables los gobernantes de los países desarrollados de que se perpetúen los tiranos del sur, al encauzar a través de ellos, y para su exclusivo beneficio, la ayuda al desarrollo de sus poblaciones, que se queda en las arcas de los gobernantes como pago a su docilidad?

domingo, 15 de febrero de 2009

GARZON Y LA EPICA DE LA CAZA

Nací, crecí y nunca me desvinculé de la tierra de las monterías, el nombre con que se conoce a las partidas organizadas de caza mayor en Hornachuelos, La Puebla de los Infantes, Las Navas de la Concepción, Constantina, Alanís, Malcocinado y otros pueblos de Sierra Morena.
Tengo muchos amigos de infancia que hibernan todo el año aguardando la reviviscencia del breve período de monterías y, como el único placer mayor que el de practicar su pasión es relatar los aciertos y desventuras de la caza, a fuerza de escucharlos tengo la sensación de ser también protagonista.
De todas las modalidades de la caza, solo hay otra de fanáticos más obsesivos que los monteros: la de los que “cuelgan el pájaro”, los que crían, miman y sacan en la jaula su reclamo para atraer y cobrar perdices silvestres en la época de celo.
Los cazadores más diestros, en cualquiera de las especialidades cinegéticas son, sin duda, los furtivos. Me honro con la amistad de Juan Carlos Molina Román, de La Puebla de los Infantes, uno de los más ingeniosos y capaces, y al que menciono en mi novela “El Viejo Río Grande”.
He ido a un par de monterías, solo como espectador, pero he escuchado a tantos monteros alardear de sus aventuras durante tantos años que creo que puedo escribir sobre caza y monterías con suficiente conocimiento de causa.


CAZADORES URBANOS

Al salir del tibio bienestar del auto, lo despertó sin despabilarlo el cortante frío de la noche, precursor del intenso relente.
Todavía amodorrado por la digestión de la cena en el restaurante en que había parado 400 kilómetros después de salir de Madrid, se apresuró a salvar los 25 metros de gravilla del sendero que, desde el estacionamiento, lo condujo al zaguán del caserío.
Los invitados que lo habían precedido conversaban en torno al tronco crepitante de encina que esparcía la caricia de su calor desde la cavernosa chimenea del fondo del salón.
El cansancio acumulado por sus obligaciones profesionales durante la semana pasada, la relativa incomodidad del viaje y la programada necesidad de madrugar lo aconsejaron despedirse pronto y retirarse al descanso del dormitorio que, como al más ilustre de los monteros, le habían reservado los dueños de la finca.
A las ocho de la mañana, después de sus parsimoniosas abluciones matutinas, fresco y descansado por el profundo sueño al que lo indujo el silencio sin los ruidos del tráfico, se unió a los monteros más madrugadores en el salón del caserío.
Degustó las migas con huevos fritos, los crujientes torreznos, el viscoso chocolate y las tostadas con manteca colorada del desayuno, antes de paladear la copa de aguardiente de guindas.
Cuando la noche anterior subió a su dormitorio vestía el atuendo formal de brillante personaje de Madrid.
Cuando bajó había transmutado su apariencia en la imitación de un rústico: recias botas de suelas gruesas que mantenían sus pies tan cómodos como sumergidos en el agua tibia de una jofaina, amplios pantalones enguatados, zamarra con muchos bolsillos y grueso jersey de suave lana y cuello alto.
La ropa parecía primorosamente desgastada, como si la hubiera estado usando desde que su madre lo gestaba, porque nada le preocupa más a un montero social que estrenar atuendo y parecer primerizo.
A media mañana subió al todo terreno y el postor lo depositó, con el secretario que le había sido asignado, en el puesto que le habían destinado, en teoría el mejor de la batida.
El secretario distribuyó en el puesto la “Expres” de doble cañón y seis mil euros de precio, la canana con las balas de 7 milímetros Magnum, la cantimplora con agua, el termo con café, el táper con los sándwiches y la petaca de Glenfiddich.
A mediodía empezaron a oírse en la distancia los ladridos de las rehalas y el secretario aguzó su atención.
Era el secretario un mozo oscuro y taciturno, franco y servicial que compartía con el señorito el gusto por la caza. Pero tardaba medio año en ganar como gañán los seis mil euros que había pagado el de Madrid por el puesto.
El secretario, con la connivencia del guarda de la finca unas veces, con la benevolencia del dueño otras y, las más arriesgando multas y cárcel, recurría al furtiveo para satisfacer su pasión cinegética.
Lo hacía solo. Tenía que rastrear el monte hasta descubrir la pieza, aproximarse a ella confundiéndose con el entorno para que no lo descubriera, administrar su rumbo para que el aire no llevara su husmo al bicho, abatirlo con un único disparo en un punto de fácil huida de los guardas, desollar la pieza, guardar en el zurrón lomos y jamones y limpiar el entorno de pistas que lo pudieran delatar.
Como secretario del cazador urbano, su cometido era alertarlo de la presencia de las piezas, aconsejarlo sobre el mejor momento del tiro, hacerle cómodo el aguardo y tomar nota para encontrar con facilidad una vez finalizada la montería, el lugar donde habían caído las piezas abatidas.
Hay tiradores expertos y tiros de fortuna que logran abatir una pieza a 400 metros de distacia.
Sobre las tres de la tarde cesan los ladridos de las rehalas y poco después, cuando llega el postor y se le da cuenta de las piezas abatidas y de su probable situación, el señorito sube al todo terreno y es devuelto al caserío para que reponga fuerzas con un almuerzo reparador, comente con los demás las aventuras vividas y se fotografé con las piezas cobradas.
Esa, más o menos parecida, fue la fascinante aventura cinegética de Garzón, Bermejo y los otros cazadores urbanos de sus séquitos.
Un cazador urbano se parece tanto al rural como el soldado de un pelotón de ejecución y el de un pelotón de asalto: ambos se dicen soldados pero mientras los segundos conceden al oponente la oportunidad de defenderse, el único riesgo que afronta el del pelotón de ejecución es el de levantarse al amanecer.

viernes, 13 de febrero de 2009

ANSIAS DE REDENCION

Algunas actitudes del comportamiento humano nos parecen tan irracionales que nos intrigan y, si no son esporádicas sino habituales, nos desconciertan.
Intentar encontrar explicación a lo que, a la luz de nuestra razón, nos parece incomprensible puede provocarnos una desazón tan grande que hasta nos haga temer que sea el raciocinio propio, y no el ajeno, el que esté viciado.
¿Qué de qué hablo? De la contumacia con que el pueblo español acepta y perdona las mentiras reiteradas de José Luis Rodriguez Zapatero.
Mientras más le miente, más lo quiere.
He encontrado, por fin, una relación parecida entre individuos a la que encadena a los españoles con su gobernante y, aunque lo he descubierto en la ficción de una novela, me ha ayudado a explicarme lo que tanto me intrigaba.
En “El curandero de su honra”, Ramón Pérez de Ayala retrata a Tigre Juan, un próspero chamarilero de carácter hosco y turbio pasado, benefactor de un mocito que se enamora de Herminia, una huérfana desamparada.
Tigre Juan, que estorba el casamiento de los dos jóvenes, acaba enamorado y marido de Herminia que, embarazada, huye con Vespasiano, un tenorio seductor junto al que espera encontrar la excitación y la aventura que no encuentra junto a su marido.
Arrepentida y desengañada, abandona al seductor y, tras regresar al hogar, escoge a las criadas más agraciadas del pueblo, con la secreta esperanza de que seduzcan a su irreductiblemente fiel y enamorado marido.
Pretende así poder perdonarle una infidelidad igual a la que a ella la atormenta y de la que no deja de sentirse culpable y, al absolverlo, demostrarle a Tigre Juan que su amor es equiparable al que él le evidenció al perdonarla.
¿De qué sumisión carnal a gobernantes pretéritos se culpa el pueblo español que lo inducen a perdonar las infidelidades del que ahora los gobierna?
¿Es equiparable la lógica de la mente colectiva de un pueblo a la de los individuos que lo integran?
¿Necesitan expiación tan perentoria arrebatos pasionales espúreos en los que los españoles se engolfaron en el pasado?
¿Entregaron el candor de su pureza a amantes indeseables, y esperan su redención perdonando infidelidades del amante con el que ahora comparten lecho?
Se necesitaría la imaginación de un recreador de ficciones como el autor de Tigre Juan o la sabiduría de un experto argentino en psicología de las masas para atinar en la respuesta.
Como insignificante semianalfabeto jubilado y, por andaluz, privado de la sabiduría de razas superiores, que son todas las demás, solo se me ocurre esto:
Los españoles se sienten absueltos del pecado de haberse dejado seducir por los truhanes Franco y Aznar cada vez que los engaña el seráfico Zapatero.

jueves, 12 de febrero de 2009

GARZON Y SU DESTINO

Cuando los recuerdos se rescatan de las brumas del pasado, los perfiles de la imagen pierden nitidez y, en la evocación, solo la sensación experimentada en el lejano pretérito sobrevive hasta el presente.
Mi impresión de la primera vez que vi a Baltasar Garzón hace ahora 22 años fue la de un iluminado capaz de desafiar a las fuerzas del cielo y del infierno, si se coaligaran para impedirle realizar su destino.
El Garzón que conocí en Lisboa la mañana de un día ventoso de invierno era un hombre joven de mirada fija, melena agitada y gabardina abierta cuyos vuelos hacía ondear su caminar implacable.
Quizá fuera lo desapacible de la mañana y el viento racheado que descendía desde el Atlántico por la Avenida Columbano Bordalo Pinheiro lo que me hizo pensar, al ver al joven juez Garzón, en el mensajero de castigos implacables de un dios airado.
Baltasar Garzón había ido a Lisboa en comisión rogatoria, para investigar la contratación en la capital portuguesa de sicarios locales para la trama de los GAL por parte de los policías Amedo y Dominguez, dos de los cabezas de turco de aquella turbia componenda inspirada por el gobierno.
Ya rebasa Garzón el medio siglo y de su progresivo envejecimiento he sido testigo obligado como espectador de televisión, de la que el juez nunca ha dejado de ser rutilante estrella.
Sigue pareciéndome, como aquella lejana mañana de Lisboa, que lo tensa la desazón del que descubre decepcionado que, por mucho que se apresure, no logra reducir la distancia que lo separa del horizonte que se empeña en rebasar.
Puede que ese horizonte sea la Justicia que, con mayúsculas, no está en las manos de ningún ser humano administrar y Garzón, aunque se empecine en no admitirlo, es tan mortal y tan imperfecto como los malandrines humanos a los que tan implacablemente persigue.
Ni siquiera como Dios parece buen justiciero, porque carece de los rasgos de piedad que hasta al airado Dios del antiguo testamento lo acercaban al ser humano.
El ímpetu justiciero de Garzón no tiene límites: persigue por igual a posibles infractores sobre los que tiene la jurisdicción territorial del sistema judicial del que es miembro y a los que cree que han delinquido en tierras lejanas.
Tampoco el tiempo lo detiene. En su afán justiciero, el odiado delito no prescribe. Ni siquiera hace distingos sociales: tan reo de justicia puede ser el desheredado como el todopoderoso.
Hasta con el intocable, sanguinario y feroz dictador de España, Francisco Franco, se ha atrevido aunque, cuando pretendió encausarlo, llevara ya muerto 33 años.
Prisa debería darse Garzón en alcanzar el objetivo cuya persecución lo desazona, y en cumplir el destino al que parece destinado porque, pasados los 50 años, en éste mundo en el que los jóvenes jubilan cada vez más prematuramente a sus mayores, ya ha llegado a la edad de que vaya pensando en su epitafio.
Como el de Gregorio VII en 1085, el de Garzón, cuando Dios lo llame y que no se dé prisa en hacerlo, podría decir: “Amé la justicia y aborrecí la iniquidad. Por eso muero en el destierro”.
Que no sea el destierro del expatriado, sino el del olvido y el perdón.

miércoles, 11 de febrero de 2009

EL PARO, HERRAMIENTA DE PODER

Lo intuía pero no lo comprendía; lo sospechaba pero no quería creerlo.
Se me ha encendido por fin la luz del entendimiento y ahora ya lo creo y lo comprendo.
He descubierto, y me siento aliviado, lo que antes me intrigaba sin saber por qué.
La desazón que me desconcertaba venía de lejos:
1.- El regalo de 400 euros anuales, implícitamente supeditado a ganar las elecciones (pago indirecto de votos).
2.-El pago de 2.500 euros por nacimiento.
3.-El compromiso de mantener el subsidio de desempleo, a pesar de que se sabía que el paro crecería de manera insoportable para las posibilidades del Estado.
4.-La cara publicidad para que los votantes supieran que las chapuzas municipales las pagaba el gobierno.
5.-El pertinaz rechazo a abaratar las contrataciones y a dedicar los fondos del estado a inversiones creadoras de empleo en lugar de a subsidios al desempleo.
6.-El empecinamiento en rechazar los cambios en política económica que todos los partidos solicitaron en el debate que hoy terminó.
7.- La promesa reiterada del Presidente de que su gobierno mantendrá los gastos del paro por mucho que aumenten.
--“Oiga, oiga”—se levanta un clamor tumultuario—“¿no estará usted sugiriendo que hay paro porque el gobierno quiere?
--No señor, lo que digo es que, a éste gobierno, el paro no le molesta ni cree que le haga daño.
--Venga ya, si el propio Presidente está harto de decir que lo que más le preocupa es el paro…
Lleva razón el interpelante, pero no toda, porque es verdad que el paro es lo que más preocupa al presidente. Pero no el que ya ha dejado sin empleo a casi tres millones y medio de empleados, sino el que pudiera afectarle personalmente a él.
Los ingenuos argüirían que, por eso, el presidente tiene más interés que nadie en acabar con el paro y, así, ganar las elecciones.
--“¿Y no es más fácil?”---preguntaría el cínico sabio—“¿impedir que las elecciones las gane la oposición?”
La tarea más apremiante de un político en el Poder es perpetuarse en él. Y si todos sus electores trabajaran, creerían que su bienestar se debe a su trabajo y no tendrían que agradecerle con su voto la dicha de su supervivencia.
Pero si siguen vivos, aunque sin trabajo, es al que subvenciona su paro, en contra de lo que la oposición le aconseja, al que deberán agradecer con su voto su relativo bienestar.
El presidente con apellido de artesano remendón lo ha visto claro: acusa a la oposición de querer acabar con la subvención al paro y, en una maniobra de apoyo, culpa a quienes aspiran a su cargo hasta de lo breve que es el placer del orgasmo.
--¿Y si está tan claro, ¿por qué los de la oposición no lo desenmascaran?
--Porque son unos inútiles.
No acaba de convencerse el tozudo discrepante.
--Usted es un fascista que no ve en el sistema democrático más que pillos o lelos.
--Hay también personas capaces y honestas, pero el olmo español no está como para pedirle peras.

martes, 10 de febrero de 2009

AL ANDALUS

Cada vez que alguno de sus cabecillas sucumbe a la tentación del irredentismo musulmán, reclama la recuperación de Al Andalus.
Es el deseo obsesivo de que la historia retroceda desde la postración de su presente al esplendor de su pasado.
Porque, como la idílica Shangri La de “Horizontes Perdidos”, Al Andalus carece de fronteras definidas. La nostalgia no tiene límites geográficos.
Al Andalus es el nombre que los musulmanes dieron a las tierras que conquistaron al norte del Estrecho de Gibraltar y que se extendieron hasta Poitiers, donde Carlos Martel los detuvo el año 730.
La Comunidad Autónoma y sus ocho provincias del Sur de España formaron parte de Al Andalus, pero la actual Andalucía no representa ni el 15 por ciento del territorio de la Península Ibérica que estuvo bajo dominio musulmán.
Si Andalucía fue solo parte del espacio de Al Andalus, su tiempo sojuzgada al islamismo en relación con la totalidad de su historia fue también, afortunadamente, limitado:
Se toma como primera referencia histórica de Andalucía la de Estesícoro en su “Gerioneida” el año 600 antes de Cristo. La hizo en griego, lengua vehicular de la cultura que, mestizada con la civilización romana posterior, todavía nuclea Andalucía.
Solamente del año 711 a los inmediatamente posteriores a 1212, estuvo desterrada de Andalucía la cultura grecorromana, suplantada por la islámica. En el reino de Granada perduró hasta 1492.
La Andalucía preislámica dio a Roma dos emperadores y luminarias de la cultura como los Séneca, Lucano o Isidoro de Sevilla.
Abderramán III , Averroes, Maimónides y posiblemente Almanzor, fueron algunos de los notables nacidos en Andalucía durante su época musulmana.
Musulmana y no árabe porque, salvo algunos oriundos de Siria o Arabia, los que en sucesivas oleadas invadieron Al Andalus, eran bereberes del Valle del Nilo al Atlántico, y del Mediterráneo al Rio Níger, todavía con el fanatismo de recién conversos al Islam.
Andalucía es, pues, síntesis proporcional de la influencia que, en tiempo y espacio, sedimentaron las culturas grecorromana e islámica que la forjaron.
Desde que culminó en 1492 la reconquista y se restableció la cultura grecorromana, para los musulmanes fue Al Andalus la nostalgia del esplendor perdido y de la tolerancia añorada.
Se justifica la añoranza porque el Islam solo fue tolerante y liberal durante algunos períodos, generalmente coincidentes con los de relajación del fanatismo en la práctica de su doctrina, en el Califato cordobés o en algunas de las taifas en que se disgregó.
Desde su forzado abandono de Al Andalus, el islamismo se hizo paulatina y crecientemente integrista. En ninguno de los países en que actualmente es hegemónico como creencia se admite la división de poderes, la igualdad de derechos ni la libertad de culto.
La huelga como herramienta de presión para conseguir mejoras sociales solo es permisible en los países musulmanes si el empresario, o el gobernante contra el que se declara, es considerado previamente infiel.
El bienestar de los que nada tienen depende de la buena voluntad de quienes tienen todo el poder (religioso, político, económico y militar), concentrado en Dios, titular único del Poder.
Esa concentración monolítica del Poder ha impedido el progreso de los gobernados. En contraste, en la parte de la Humanidad que evolucionó desde la cultura grecorromana hacia la fragmentación del poder político y religioso y su posterior división en ejecutivo, legislativo y judicial, el bienestar de sus habitantes se ha generalizado.
Los gerifaltes musulmanes que reivindican periódicamente Al Andalus quieren recuperar el tolerante pasado glorioso de su cultura, pero encuadrándolo en el integrismo intransigente del islamismo actual.
Integrismo religioso y progreso social son aspiraciones incompatibles, salvo para la quimera alimentada en la nostalgia, que suele enmascarar la realidad.
Porque, ¿fue tolerante el islamismo en Andalucía o fue la tolerancia innata del andaluz la que limó la intransigencia del islamismo?.

lunes, 9 de febrero de 2009

INVITADOS DE HONOR

Entre Andorra y Gibraltar se viste hoy de tiros largos por un invitado de honor: mi maestro Don Antonio García Chaves. Ayer recibí un correo electrónico suyo que, sin su autorización, transcribo.Si por esa licencia se cabrea, una vez más le tocará perdonarme a su probada generosidad.


LAS VERDADES DEL BARQUERO


Siempre ha existido una ancestral curiosidad por conocer cuales son las tan cacareadas verdades del barquero. Los estudiosos analistas del tema, después de ímprobos esfuerzos han llegado a descubrir solamente el número de las mismas: concretamente tres y a veces este número de verdades lo esgrimen como sentencia matizada de amenaza.(Recreate en el juego fonético de las zetas).
Pero el contenido de las mismas ha permanecido oculto desde los orígenes del mundo. Me atrevería a precisar que desde la aparición del primer río sobre nuestro planeta.
Mi proverbial constancia en el campo filosófico, mi acrisolada tenacidad, una insaciable curiosidad por lo esotérico y ... por que no confesarlo una personalísima y descarada intuición que me adorna sin haber realizado ningún esfuerzo para merecerla han conseguido descifrar el misterio. Todo ello unido a mi probada modesta singularidad. De este hallazgo histórico-cultural te hago partícipe.
Considero gratificante y aleccionador que aún existan en este egoista mundo personas que desinteresadamente nos preocupamos por ofrecer manjares de cultura aderezados con nuestro profundo estudio para que nuestros semejantes unas veces los degusten y saboreen y otras, las más, los devoren con brusca y grosera voracidad. No te incluyas en la nómina de estos últimos y paladea lo que te envío:


Mecida entre los juncos de la orilla
oculta por las ramas de tarajes
añorando utópicos viajes
tranquila reposaba una barquilla.
Tan solo a unos pasos el barquero
-soñó con ser de mar- lobo de río
filósofo de adelfas y baldios;
de su humor y saber contaros quiero.

En una noche clara y luna llena
lo quise someter a dura prueba:
me contestó que "EL RÍO AGUA LLEVA
CUANDO en su gris silencio SUENA Y SUENA".

Una tarde de siesta, era verano,
tostado por el sol y por la sed
tomé la decisión de no beber
pues el caudal del río no era sano.
Me respondió solemne aquel barquero:
"NUNCA DIGAS DE AQUÍ NO BEBERÉ
QUE EN EL CAMINO PUEDE APRETAR LA SED
Y MÁS AÚN SI LARGO ES EL SENDERO".
"Si eres contumaz y tú no bebes
y te empeñas cerril en no beber
aprende bien lo que tienes que hacer
siguiendo mis consejos como debes:"
"QUE EL AGUA QUE TU NO HAS DE BEBER
para que otro en tu lugar la pruebe
DÉJALA QUE CORRA, DÉJALA CORRER".

Y firmo estos consejos tan certeros
que ante vosotros acabo de exponer;
podeis contarlos pues son tan solo tres
y éstas son las verdades del barquero.

Antonio García Chaves /febrero 2.009