jueves, 24 de septiembre de 2009

MEJOR LA ESTETICA QUE LA ETICA

La publicación de una fotografía en la que aparecen junto a Barak Obama y su esposa José Luis Rodríguez Zapatero con su mujer y sus dos hijas está levantando una polémica que, por el cargo de los dos varones fotografiados, trasciende el interés social para encuadrarse en la discusión política.
Como en casos precedentes, tampoco en éste será fácil determinar si, en la decisión de difundir la fotografía, debe prevalecer el derecho de información sobre el de salvaguarda de la privacidad.
Si las hijas del matrimonio Zapatero no aparecieran en la foto no habría discusión, ya que los cuatro personajes restantes aparecen reunidos exclusivamente por la importancia pública de los dos presidentes.
Si la fotografía no la hubiera difundido un medio oficial del gobierno norteamericano y no hubiera tenido como escenario la recepción oficial que el Presidente de los Estados Unidos ofrecía a las personalidades políticas reunidas en Nueva York, podría argumentarse contra el derecho a publicarla.
Pero no es el caso. Los seis personajes que en ella aparecen—incluyendo a las hijas de Zapatero—tienen cabida en el documento por su significación pública y no por su identidad privada.
El riesgo de los padres al hacerse acompañar por sus hijas en la recepción oficial del Metropolitan Museum de Nueva York fue que las privaba de la discreción que les hubiera garantizado la privacidad.
Ha ocurrido muchas veces y ocurrirá muchas más. Es arduo conciliar dos derechos opuestos con argumentos éticos porque la ética es la ciencia que estudia la conducta humana, a la luz de las costumbres en cada época o región.
Como consejo a los responsables de la difusión de fotografías en medios de comunicación, les sugiero que descarten los ambiguos conceptos éticos y, para tomar una decisión, recurran a la estética.
Evidentemente, la valoración estética es todavía más sujetiva que la ética. Ni los santos, que todo lo saben, se ponen de acuerdo porque, si para Santo Tomás de Aquino “pulchra sunt quae visa placent” (es bello lo que agrada al contemplarlo), su colega San Agustín hace dudar: no se sabe si es bello lo que agrada o algo nos agrada porque es bello.
Sin embargo, pocos encontrarán bella o estética la fotografía de una anciana aristócrata en bikini ni la de una política a la que estamos acostumbrados a ver elegantemente vestida, sorprendida en exiguo traje de baño en una playa.
Como mal menor, que sea la estética, y no la ética, la vara de medir fotografías conflictivas.

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