viernes, 30 de agosto de 2013

MIGAS DE PAN EN LAS BARBAS


Si es que realmente existió alguna vez, ya se perdió en las tinieblas del recuerdo aquella aparentemente todopoderosa España llena de hidalgos “nini” que ni trabajaban ni tenían donde caerse muerto.

Como a aquellos hidalgos a los que les importaba más ocultar que no tenían un mendrugo que llevarse a la boca que morirse de hambre, ahora se afea más  la conducta del que denuncie un delito que al delincuente.

La madre que descubre que su hija es “colaboradora eventual retribuida para actividades íntimas recreativas”  no le da la perentoria orden de que deje esa ancestral profesión, sino la de “que nadie se entere”.

¿Y a qué viene hablar de hipocresías que encubran la pobreza del burgués o la putez de la niña?

  Viene a propósito de las reprimendas que le hace algún comentarista a los técnicos de hacienda que han denunciado que, no sé si el gobierno de España o los gobiernos de España, permiten la venta a menor precio a Gibraltar de productos que después vende Gibraltar de contrabando a los españoles.

La culpa de la demostrada ineficacia española para defender sin ayuda de otros sus intereses en Gibraltar no es, por lo que parece, la resistencia a asumir los sacrificios necesarios para recuperar el Peñón.

Gibraltar es lo que sigue siendo y no lo que a los españoles les gustaría que fuera porque Inglaterra no lo devuelve, porque los gibraltareños le venden a España lo que los españoles les compran de contrabando y, sobre todo, porque algunos funcionarios españoles denuncian irregularidades que las autoridades españolas permiten.

Técnica tan eficaz para evitar el peligro es negarse a reconocerlo, como la del avestruz que mete su cabeza debajo del ala.

   

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