jueves, 22 de mayo de 2014

LA RENTABILIDAD POLITICA DEL ENGAÑO

Ësta que terminará con la votación del 25 de Mayo será la campaña electoral que se recuerde tanto por sus resultados como por la anécdota que pudo decidirla: la acusación de machismo de la candidata de uno de los dos principales partidos al candidato del partido contrario.
Si sólo es esa la enseñanza, los votantes habrán perdido la oportunidad de descubrir que el actual sistema de elegir gobernantes se basa en la eficacia de engañar a los gobernados.
El ruinoso costo en tiempo y dinero de las campañas electorales lo justificaron sus promotores como el método más eficaz para conocer al aspirante a gobernar.
La experiencia demuestra lo contrario: el candidato que mejor esconde cómo es e interprete con más acierto cómo les gustaría a los electores que fuera será el que gane.
Así será también el 25 de Mayo y, si el Partido  Popular no consigue los resultados que esperaba, será en parte por la indiscreción de su candidato (objetivamente, no cabe duda de la superior preparación académica de Arias sobre Valenciano) después del debate entre ambos.
La disputa Valenciano-Arias no ha sido la primera ni será la última que pruebe que el éxito favorece  al candidato que mejor esconde cómo es e interpreta con más acierto cómo los votantes quisieran que fuera.
Personalmente, lo descubrí en las primarias norteamericanas de 1972 para seleccionar al candidato demócrata que se enfrentaría en Noviembre al presidente en ejercicio, el republicano Richard Nixon.
En Febrero de 1972, Edmund Muskie parecía imparable para conseguir la designación. A su principal rival, Eugene McGovern, se le daba prácticamente por desahuciado tras su segura derrota en las primarias de New Hampshire.
Pero el “Manchester Union-Leader”, periódico de clara inclinación republicana en un estado mayoritariamente republicano, publicó informaciones en las que afirmaba que la esposa de Muskie abusaba del alcohol.
Los que presenciamos a un Muskie desmelenado, lloroso y atolondrado intentando rechazar las acusaciones del periódico supimos que la carrera política de Muskie había acabado (después fue secretario de Estado con Carter), por no haber sabido disimular sus emociones ni ocultar sus sentimientos.

Por no haber engañado, en definitiva, a los que quería que lo hubieran elegido.

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