lunes, 9 de marzo de 2015

ESPECIALISTAS



Para desmontar la falacia de que todos somos iguales, en la que se  fundamenta la aberración conocida por democracia, basta argumentar el hecho de que sin especialización de funciones hubiera sido imposible el progreso humano.
Si en vez de uno a la agricultura y el otro a la ganadería,  Caín y Abel se hubieran dedicado a lo mismo, ¿cómo se habría inventado el cocido, que requiere legumbres y pringada?
Es la especialización el procedimiento idóneo para que el esfuerzo coordinado de distintos especialistas alcance un objetivo común superior a la suma de los resultados de los logros particulares de cada uno de ellos.
Es el actual el momento del especialista, el individuo que mediante la selección darwiniana del más fuerte y capacitado de entre los que se dedican a una misma tarea, alcanza la excelencia.
Se llega así, pongamos por caso, a esa anónima empleada  que aparentemente se afana en ordenar las muestras de zapatos en la estantería y que, cuando vas a salir de la tienda con tu compra en la mano, te abre gentilmente la puerta y te despide con un sonriente “muchas gracias”.
Su gentil saludo, con que acaba la engorrosa tarea de comprar una simple babucha, culmina una minuciosa operación comercial que deja en el comprador la necesidad de romper cuanto antes lo comprado para repetir la experiencia.
A ese sibaritismo ha llegado la industria del calzado, que nació cuando un transeúnte de hace un millón de años se lió los pies en los despojos rígidos del pellejo del venado que había matado un carroñero.
Y las delicias a que ha llegado el placer de vivir actual se deben a la especialización progresiva de las tareas elementales, que los antiguos acometían instintivamente cuando ni se había inventado el marketing.
Al contrario que ahora, se perdía poco tiempo en dimes y diretes. Si dos querían algo, un suponer: chupar los huesos de la carcasa abandonada por un depredador, el que matara o ahuyentara al otro se quedaba con la carcasa.
Gracias a la especialización evolutiva, eso ya no es así: imagínense que tres o cuatro muertos de hambre llegan al mismo tiempo a la carcasa abandonada de un animal llamado España y todos quieren apurar sus restos y privar de su disfrute a los otros.
¿Se pelean, se matan entre ellos y que el que quede vivo se come la carroña en disputa?
No señor, se echan unas elecciones.
Y, como para todo menester actual, son individuos especializados y concienzudamente entrenados para una parte específica del mecanismo electoral los que suman sus talentos para que mande el que estaba de antemano programado para mandar.
Encuestadores, aduladores, publicistas, modistos, public relations men, financiadores, mitineros, y deportistas, intelectuales y cómicos (conocidos por agentes culturales) cimentarán con su apoyo público el prestigio del candidato.
Encuestadores, críticos mordaces, publicistas, financiadores , revienta mitines, ex parejas maltratadas y víctimas infantiles de las maldades iniciales del adversario colaborarán al triunfo, desprestigiando a su oponente.
Por eso, el mundo actual no es el que era, cuando todos servían para todo y un cristiano lo mismo convertía a un infiel para encaminarlo al cielo que lo mandaba directamente al infierno de una certera cuchillada.
La especialización, que empezó con Caín sembrando lechugas y David descalabrando a Goliat, ya ha delegado en los encuestadores si abortar es bueno o malo.
¿De qué especialista dependerá, en el futuro, la licitud de liberar ventosidades que relajen la opresión intestinal?

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