jueves, 9 de abril de 2015

EL FUGITIVO ÁPODO (2DA Y ULTIMA PARTE)



2 y final- EL FUGITIVO ÁPODO

Al rato me devolvió la llamada. Había hablado (creo que con Ballesteros, director del mando único para la lucha antiterrorista (MULA), que le dijo que el sin piernas era habitual de las Herriko Tabernas etarras y que podría poseer alguna información de utilidad.
A la mañana siguiente, puntual como la muerte, volvió el fugitivo. Encargué a la secretaria (a la que previamente había dado instrucciones para que el precio del pasaje no pudiera reintegrarse a su titular si no usaba el billete) y, en su presencia, llamó a la compañía aérea.
De la nueva sesión de revelaciones de sus supuestos secretos no saqué nada por lo que, convencido de que no me pagaban para una tarea por la que cobraban otros profesionales, llamé al Embajador.
A Fernando Rodríguez Porreiro, que era embajador de España, le conté el episodio y le propuse, y aceptó, que le pasara el muerto a Antonio Martínez Teixidó, coronel y posteriormente teniente general, consejero de Estado Mayor en la embajada que, junto a los de marina, aviación y ejército de tierra, completaba el equipo de consejeros militares.
Antonio era gente decente y militar ejemplar al que, si llegabas a conocer, descartabas todos los prejuicios con que se ha pretendido manchar a las fuerzas armadas.
---Pero yo no puedo hacer eso, me replicó en cuanto le conté lo del ápodo y lo que había acordado con el embajador.
--¿Qué no puedes?—me extrañé--¿Por qué?
--Porque se caería mi cobertura.
Su respuesta marcó el momento cumbre de mis fantasías. Ya pertenecía a ese mundo tenebroso y excitante de los espías, esos privilegiados de vida trepidante que la pierden si los adversarios descubren que no es lo que parecen , sino alguien con la misión de eliminarlos.
En definitiva, que propuso y consiguió que Alonso, canciller del consulado, fuera el que tratara con el espía fugitivo.
Así se hizo. Yo tenía entonces un Volkswagen Dasher, de solo dos puertas. Alonso se sentó en el asiento trasero, yo en el  del conductor y el fugitivo en el del acompañante.
Mientras ellos negociaban, dábamos vueltas por Lisboa. En un momento determinado, cuando rodábamos por los alrededores del palacio presidencial de Belem, el espía me pidió que me acercara a la acera y parara un momento. Necesitaba mear y lo hizo desde el asiento.
Pactaron lo que tuvieran que pactar y acordaron lo que tuvieran que acordar. Mi intervención en el asunto del fugitivo ápodo terminó con la micción del sin piernas desde el asiento de mi coche.
Me dijeron posteriormente los que remataron la aventura que les había dado información que complementaba y confirmaba algunos datos que desconocían de episodios pasados.
Volví a verlo un par de veces más, siempre en algún punto de la bulliciosa Plaza del Rossio, encaramado en su silla de ruedas. El pasaje a Madeira no fue utilizado.
Esa fue, seguramente, la más excitante parte de mi vida, en la que me sentí un Santiago Lazo (James Bond) español.

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