A LA CARMELA DEL ROMANCE
La ropa con que te cubres
te ciñe tanto, Carmela,
que al ir a pelar la pava
tengo que llevar tijeras
para cortar los tirantes
con que el sostén te sujetas.
O vistes prendas mas sueltas,
cagüen tus muertos, Carmela,
o te va a pelar la pava
el que pelártela quiera.
La mía me la pelo solo,
cagüen tus muertos, Carmela.
(Tomado de “Sentencias Salomónicas para Doce Problemas Humanos y para Uno Divino”, de Miguel Higueras Cleries, editorial Visión Net.)
domingo, 9 de noviembre de 2008
sábado, 8 de noviembre de 2008
ROCIO, AURORA ROSADA
Rocío nació en Lisboa y fué bautizada en la capilla del Palacio de Palhavá, residencia del embajador de España en Portugal, con agua del Río Guadalquivir.
Eran vísperas del 28 de Octubre, día de la marea roja electoral que llevó al poder en España a los rojos del PSOE.
Por eso, estuvo en un tris de llamarse Aurora.
ROCIO
Aurora de escarlata engalanada
y preludio radiante de una España
hasta entonces frailuna, triste, huraña,
que nimbaste al nacer en luz dorada.
Heraldos anunciaron la alborada
de una era de paz, por siempre extraña
a esta tierra de bandidos y alimañas
fatigada de odiar y ser odiada.
Como lágrimas felices de un lucero
rocío de cristal, suspiro mañanero,
enjoyaste de luz un mundo oscuro.
En el ocaso anunciado de mis sueños,
más que en sazón mi corazón maduro,
fuiste al llegar un céfiro sureño.
Eran vísperas del 28 de Octubre, día de la marea roja electoral que llevó al poder en España a los rojos del PSOE.
Por eso, estuvo en un tris de llamarse Aurora.
ROCIO
Aurora de escarlata engalanada
y preludio radiante de una España
hasta entonces frailuna, triste, huraña,
que nimbaste al nacer en luz dorada.
Heraldos anunciaron la alborada
de una era de paz, por siempre extraña
a esta tierra de bandidos y alimañas
fatigada de odiar y ser odiada.
Como lágrimas felices de un lucero
rocío de cristal, suspiro mañanero,
enjoyaste de luz un mundo oscuro.
En el ocaso anunciado de mis sueños,
más que en sazón mi corazón maduro,
fuiste al llegar un céfiro sureño.
viernes, 7 de noviembre de 2008
LO QUE EL TIEMPO SE HA LLEVADO
La solución de los problemas aparentemente más intrincados suele ser tan obvia que la enrevesada mente humana es incapaz de percibirla.
No siempre ha sido así porque, antiguamente, cuando el hombre disponía de sonidos inarticulados y gruñidos como medio de expresión, no había equívocos.
Pero cayó en la tentación de iniciar lo que después se llamó civilización y lo primero que hizo fué inventar la palabra para camuflar con ella lo que de verdad pensaba y quería.
Cuando uno de aquellos antepasados con pinta de Arnold Schwarzenegger velludo oía algún alboroto fuera de su cueva, le decía con gruñidos a su mujer: voy a ver qué pasa.
Ahora, si no sabe cómo conseguirt que su mujer le permita ir al bar de la esquina a ver un partido de fútbol que solo televisan en pago por visión, le dice que tiene que salir a renovar el tiquet de aparcamiento para que no le pongan una multa. La engaña para satisfacer un deseo instintivo.
En los añorados tiempos del gruñido, si un individuo tenía hambre, comía lo que encontraba, eructaba y se echaba una siesta tan tranquilo.
Ahora, no. Ahora, para comer como las normas han impuesto, hay que seguir un curso de nutrición y dietética, aunque sea por correspondencia.
Después, que nadie vaya a pretender comer nada sin comprobar que lo permiten la fecha de caducidad, los componentes grasos, proteínicos, energéticos, su proporción de fibras y de hidratos de carbono.
Si lo que pretendemos comer supera todos esos requisitos, hay que asegurarse de que sea dietéticamente compatible con cualquier otra cosa que comamos antes o después.
Ninguna de esas imprescindibles cautelas garantiza una buena digestión y una asimilación idónea de lo ingerido porque, si la modorra nos tienta y echamos una siesta sin el preceptivo paseo previo de veinte minutos de duración, nuestra frágil salud corre peligro.
Todo eso no es así porque sí, sino porque así los hemos hecho.
A la evolución del ser humano debemos el milagro—no se sabe si bueno o malo, si obra de Miguel o de Ázael—que ha transformado la herramienta a su servicio que era el cerebro en el tiránico ordenador que nos obliga a servirlo.
Aquel tosco utensilio que era el cerebro, y que dictaba al hombre los reflejos naturales para satisfacer lo que su instinto le pedía, lo hemos transformado en un complejo ordenador para que domestique nuestro instinto.
De aquellos ignorantes primitivos descendemos y mérito de ellos es que la humanidad haya sobrevivido 50.000 años.
Si los antiguos hubieran sabido tanto como los que de ellos descendemos sabemos, ¿habría sobrevivido tantos años la raza humana?
No siempre ha sido así porque, antiguamente, cuando el hombre disponía de sonidos inarticulados y gruñidos como medio de expresión, no había equívocos.
Pero cayó en la tentación de iniciar lo que después se llamó civilización y lo primero que hizo fué inventar la palabra para camuflar con ella lo que de verdad pensaba y quería.
Cuando uno de aquellos antepasados con pinta de Arnold Schwarzenegger velludo oía algún alboroto fuera de su cueva, le decía con gruñidos a su mujer: voy a ver qué pasa.
Ahora, si no sabe cómo conseguirt que su mujer le permita ir al bar de la esquina a ver un partido de fútbol que solo televisan en pago por visión, le dice que tiene que salir a renovar el tiquet de aparcamiento para que no le pongan una multa. La engaña para satisfacer un deseo instintivo.
En los añorados tiempos del gruñido, si un individuo tenía hambre, comía lo que encontraba, eructaba y se echaba una siesta tan tranquilo.
Ahora, no. Ahora, para comer como las normas han impuesto, hay que seguir un curso de nutrición y dietética, aunque sea por correspondencia.
Después, que nadie vaya a pretender comer nada sin comprobar que lo permiten la fecha de caducidad, los componentes grasos, proteínicos, energéticos, su proporción de fibras y de hidratos de carbono.
Si lo que pretendemos comer supera todos esos requisitos, hay que asegurarse de que sea dietéticamente compatible con cualquier otra cosa que comamos antes o después.
Ninguna de esas imprescindibles cautelas garantiza una buena digestión y una asimilación idónea de lo ingerido porque, si la modorra nos tienta y echamos una siesta sin el preceptivo paseo previo de veinte minutos de duración, nuestra frágil salud corre peligro.
Todo eso no es así porque sí, sino porque así los hemos hecho.
A la evolución del ser humano debemos el milagro—no se sabe si bueno o malo, si obra de Miguel o de Ázael—que ha transformado la herramienta a su servicio que era el cerebro en el tiránico ordenador que nos obliga a servirlo.
Aquel tosco utensilio que era el cerebro, y que dictaba al hombre los reflejos naturales para satisfacer lo que su instinto le pedía, lo hemos transformado en un complejo ordenador para que domestique nuestro instinto.
De aquellos ignorantes primitivos descendemos y mérito de ellos es que la humanidad haya sobrevivido 50.000 años.
Si los antiguos hubieran sabido tanto como los que de ellos descendemos sabemos, ¿habría sobrevivido tantos años la raza humana?
jueves, 6 de noviembre de 2008
DE PARTE DE MORATINOS
Si Susan Elizabeth Rice hubiera tenido interés en hablar con Miguel Angel Moratinos, el ministro español de asuntos exteriores no habría tenido que dejarle tantos recados sin que la asesora en política exterior de Barak Obama le devolviera la llamada.
La apretada biografía de esa brillante joya de la élite intelectual y política negra del Distrito de Columbia sugiere que, en sus 44 años de edad, en pocas ocasiones habrá dejado para mañana lo que creyera que debería haber hecho hoy.
Por muy inteligente que Elizabeth sea, que lo es, entre sus virtudes tiene necesariamente que destacar la diligencia porque, si la indolencia le impidiera contestar llamadas que le interesaran, no habría conseguido a su edad todo lo que ya ha logrado.
La atractiva Elizabeth, sin parentesco con la secretaria de estado de George Bush Condoleeza Rice, está casada con el productor de los servicios informativos de la cadena ABC Ian O. Cameron, con el que tiene dos hijos.
Además de esposa y madre de familia, Elizabeth Rice era desde 2002 directora del programa de Economía Global y Política Exterior de Instituto Brookings, uno de los punteros de Estados Unidos en investigación y estudio de un amplio abanico de innovaciones políticas, económicas y sociales.
En la Universidad de Stanford, donde obtuvo una beca Truman, se licenció en historia, en la de Oxford estudió con una beca Rhodes, y su tesis sobre relaciones internacionales la consideró la Asociacion Británica para Estudios Internacionales “la más destacada”.
Entre las responsabilidades políticas que ha desempeñado destacan la de directora de Organizaciones Internacionales y de Mantenimiento de la Paz del Consejo de Seguridad Nacional con la Administración Clinton, Asesora Especial Presidencial para asuntos africanos y Secretaria de Estados Adjunta para Asuntos Africanos.
Los burócratas del Departamento de Estado a los que tuvo que meter en cintura para que despertaran de su letargo rutinario se quejaban de su arrogancia juvenil, de ignorar todo lo que no le interesaba y de no permitir discrepancias.
“Tendrán que tratar conmigo estrictamente como profesionales y no como amigos”—replicó en una entrevista cuando la periodista le expuso esas quejas—“Represento al gobierno de los Estados Unidos de América”.
Dicen que la firmeza de su carácter la ha heredado de su padre, catedrático de economía de la Universidad Cornell y ex gobernador del Sistema Federal de la Reserva.
La asesora de Obama, a la que el día del triunfo electoral del senador negro intentó contactar sin éxito el Ministro de Asuntos Exteriores de España, ha revelado que su padre le advirtió cuando era niña: “Nunca te quejes ni te aproveches de tu condición racial”.
Los de su raza la acusan de “excesivamente complaciente” hacia los blancos, por su afinidad con la élite política y económica dominante.
Si, como se mostró esperanzado Moratinos en el programa 59 segundos, consigue finalmente que lo escuche, es para envidiar su suerte.
La apretada biografía de esa brillante joya de la élite intelectual y política negra del Distrito de Columbia sugiere que, en sus 44 años de edad, en pocas ocasiones habrá dejado para mañana lo que creyera que debería haber hecho hoy.
Por muy inteligente que Elizabeth sea, que lo es, entre sus virtudes tiene necesariamente que destacar la diligencia porque, si la indolencia le impidiera contestar llamadas que le interesaran, no habría conseguido a su edad todo lo que ya ha logrado.
La atractiva Elizabeth, sin parentesco con la secretaria de estado de George Bush Condoleeza Rice, está casada con el productor de los servicios informativos de la cadena ABC Ian O. Cameron, con el que tiene dos hijos.
Además de esposa y madre de familia, Elizabeth Rice era desde 2002 directora del programa de Economía Global y Política Exterior de Instituto Brookings, uno de los punteros de Estados Unidos en investigación y estudio de un amplio abanico de innovaciones políticas, económicas y sociales.
En la Universidad de Stanford, donde obtuvo una beca Truman, se licenció en historia, en la de Oxford estudió con una beca Rhodes, y su tesis sobre relaciones internacionales la consideró la Asociacion Británica para Estudios Internacionales “la más destacada”.
Entre las responsabilidades políticas que ha desempeñado destacan la de directora de Organizaciones Internacionales y de Mantenimiento de la Paz del Consejo de Seguridad Nacional con la Administración Clinton, Asesora Especial Presidencial para asuntos africanos y Secretaria de Estados Adjunta para Asuntos Africanos.
Los burócratas del Departamento de Estado a los que tuvo que meter en cintura para que despertaran de su letargo rutinario se quejaban de su arrogancia juvenil, de ignorar todo lo que no le interesaba y de no permitir discrepancias.
“Tendrán que tratar conmigo estrictamente como profesionales y no como amigos”—replicó en una entrevista cuando la periodista le expuso esas quejas—“Represento al gobierno de los Estados Unidos de América”.
Dicen que la firmeza de su carácter la ha heredado de su padre, catedrático de economía de la Universidad Cornell y ex gobernador del Sistema Federal de la Reserva.
La asesora de Obama, a la que el día del triunfo electoral del senador negro intentó contactar sin éxito el Ministro de Asuntos Exteriores de España, ha revelado que su padre le advirtió cuando era niña: “Nunca te quejes ni te aproveches de tu condición racial”.
Los de su raza la acusan de “excesivamente complaciente” hacia los blancos, por su afinidad con la élite política y económica dominante.
Si, como se mostró esperanzado Moratinos en el programa 59 segundos, consigue finalmente que lo escuche, es para envidiar su suerte.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
SALVADOS POR OBAMA
Quien iba a decirle a Salomón que, tantos años después, iba a pasarse en blanco otra noche electoral norteamericana.
En las elecciones de 1968 y 1972 Salomón Cabeza Sagaz se ganaba la vida como corresponsal en los Estados Unidos y las exigencias del oficio lo obligaron a permanecer despierto.
Su testimonio de las victorias de Richard Nixon en ambos procesos electorales carecian de la precisión estilística, de la hondura analítica y de la amplitud panorámica de Theodore White en sus “The making of the President”correspondientes a esos años.
Pero las noticias, reportajes y crónicas de Salomón lo sacaron airosamente del paso y le permitieron comer el plan blanco y beber la cerveza amarga del exilio unos años más.
Pero el 4 de Noviembre de 2008, jubilado y sin más compromiso que el de aguantar hasta donde resista, tampoco pudo dormir.
No le quitó el sueño su interés, ni siquiera su curiosidad, por saber si Obama o McCain serían el próximo presidente de los Estados Unidos, sino una frivolidad todavía más intranscendente: un partido de fútbol.
Una especie de desazón interior, de desconcierto inexplicable, lo inquietó desde que, esperando que el partido empezara, la televisión anunció la alineación de los dos equipos.
En el inglés , el entrenador y cuatro de sus futbolistas eran españoles mientras que, en el español, el entrenador y nueve de los jugadores eran extranjeros.
Era inevitable el dilema que acabó en insomnio: su patriotismo español, ¿por cuál de los dos debería inclinarse?
En el duermevela de esos momentos ambiguos, fronterizos entre la noche y el alba, una pertinaz pesadilla se mezcló con su desconcierto futbolero como el aceite y el vinagre de una ensalada.
Soñó que el pueblo español clamaba y el gobierno accedía a que se declarara la guerra a los Estados Unidos por el triunfo electoral de Obama.
Cuando el automático del reloj despertador saltó a las diez de la mañana y se enteró de que se había hecho justicia y de que McCain había perdido, suspiró aliviado: los Estados Unidos no tendrían oportunidad de hundir escuadras españolas en Cavite y Santiago de Cuba.
Salomón ha renunciado al imposible de decidir si debería haber simpatizado con el club ingles o con el español, que terminó empatado a un gol.
¿Y Obama?
--Ese es otro cantar porque, su victoria le plantea el mismo problema al que tuvo que enfrentarse el senador Douglas Dillman.
El senador Dillman, presidente pro tempore del senado, de raza negra y protagonista de la novela de Irving Wallace “The Man”, llegó a la presidencia de Estados Unidos cuando el presidente y los tres que lo precedían para la sucesión, murieron en un accidente en Alemania.
El principal problema de Dillman, como puede que lo sea de Obama, es que sus decisiones se interpreten como determinadas por su raza.
En las elecciones de 1968 y 1972 Salomón Cabeza Sagaz se ganaba la vida como corresponsal en los Estados Unidos y las exigencias del oficio lo obligaron a permanecer despierto.
Su testimonio de las victorias de Richard Nixon en ambos procesos electorales carecian de la precisión estilística, de la hondura analítica y de la amplitud panorámica de Theodore White en sus “The making of the President”correspondientes a esos años.
Pero las noticias, reportajes y crónicas de Salomón lo sacaron airosamente del paso y le permitieron comer el plan blanco y beber la cerveza amarga del exilio unos años más.
Pero el 4 de Noviembre de 2008, jubilado y sin más compromiso que el de aguantar hasta donde resista, tampoco pudo dormir.
No le quitó el sueño su interés, ni siquiera su curiosidad, por saber si Obama o McCain serían el próximo presidente de los Estados Unidos, sino una frivolidad todavía más intranscendente: un partido de fútbol.
Una especie de desazón interior, de desconcierto inexplicable, lo inquietó desde que, esperando que el partido empezara, la televisión anunció la alineación de los dos equipos.
En el inglés , el entrenador y cuatro de sus futbolistas eran españoles mientras que, en el español, el entrenador y nueve de los jugadores eran extranjeros.
Era inevitable el dilema que acabó en insomnio: su patriotismo español, ¿por cuál de los dos debería inclinarse?
En el duermevela de esos momentos ambiguos, fronterizos entre la noche y el alba, una pertinaz pesadilla se mezcló con su desconcierto futbolero como el aceite y el vinagre de una ensalada.
Soñó que el pueblo español clamaba y el gobierno accedía a que se declarara la guerra a los Estados Unidos por el triunfo electoral de Obama.
Cuando el automático del reloj despertador saltó a las diez de la mañana y se enteró de que se había hecho justicia y de que McCain había perdido, suspiró aliviado: los Estados Unidos no tendrían oportunidad de hundir escuadras españolas en Cavite y Santiago de Cuba.
Salomón ha renunciado al imposible de decidir si debería haber simpatizado con el club ingles o con el español, que terminó empatado a un gol.
¿Y Obama?
--Ese es otro cantar porque, su victoria le plantea el mismo problema al que tuvo que enfrentarse el senador Douglas Dillman.
El senador Dillman, presidente pro tempore del senado, de raza negra y protagonista de la novela de Irving Wallace “The Man”, llegó a la presidencia de Estados Unidos cuando el presidente y los tres que lo precedían para la sucesión, murieron en un accidente en Alemania.
El principal problema de Dillman, como puede que lo sea de Obama, es que sus decisiones se interpreten como determinadas por su raza.
martes, 4 de noviembre de 2008
NEGRO Y RIZADO
Que me crezca rizado el que he ido perdiendo hasta llegar a la calvicie que hoy luzco, si acuso a la propaganda publicitaria de basarse habitualmente en la mentira.
Pero que me quede sin el poco pelo que conservo si me rebate alguien que la publicidad se sirve con frecuencia de la exageración.
Baso mi teoría en un anuncio del salón Minneapolis de la calle 42 este de esa ciudad de Minnesota, que afirma que el 99 por ciento de la población de los Estados Unidos tiene el pelo rizado.
El anuncio, por lo menos, contradice las teorías de Jablonski e Iyengar sobre la evolución del cabello desde el crespo general de los primeros humanos, que debían protegerse de la violencia de los rayos ultravioleta de la Africa de la que procedían.
Según esa teoría, el cabello afro se fue haciendo lacio para facilitar que los rayos ultravioletas de las regiones septentrionales, menos intensos, llegaran fácilmente a la piel, para contribuir a la elaboración de la vitamina D, imprescindible para el desarrollo óseo.
Admitamos que la proporción de norteamericanos de pelo rizado la exagera deliberadamente el anuncio del salón de Minneapolis por interés comercial, pero cuando el río suena no cabe duda de que lleva agua.
Seamos severos y reduzcamos a la cuarta parte el número de norteamericanos de pelo rizado y dejémoslos en el 22 por ciento de la los 305 millones de habitantes de los Estados Unidos.
Aunque generosos en la rebaja, el resultado es igualmente preocupante porque, según los estudios que el abogado Peter Browne ha realizado en sus ratos libres, todavía no han elegido los norteamericanos presidente del país a ningún compatriota de pelo rizado.
El retrato de Zachary Taylor pintado por William Garl Brown sugiere, pero no confirma, rizos en las patillas del duodécimo presidente de los Estados Unidos, que gobernó de 1849 a 1850.
Por lo que pronostican los sondeos, cuyos resultados solo se equivocan cuando no aciertan, esa injusta discriminación contra los norteamericanos de cabello encrespado tiene sus horas contadas.
Si Barak Obama gana hoy las elecciones, los negros norteamericanos—el 12 por ciento de la población—tendrán el primer presidente de su raza, como acredita la piel del candidato.
El abogado Peter Browne también estará de enhorabuena porque los norteamericanos, por fin, elegirán su primer presidente de pelo rizado. Quien lo dude, que le pida y obtenga permiso para pasar su mano por la cubierta pilosa de su cabeza.
Con la elección de Obama, además de la mayoría de los españoles, el casi trece por ciento de sus compatriotas negros y el 22 por ciento de los de pelaje rizado estarán felices. Que de salud les sirva.
Pero que me quede sin el poco pelo que conservo si me rebate alguien que la publicidad se sirve con frecuencia de la exageración.
Baso mi teoría en un anuncio del salón Minneapolis de la calle 42 este de esa ciudad de Minnesota, que afirma que el 99 por ciento de la población de los Estados Unidos tiene el pelo rizado.
El anuncio, por lo menos, contradice las teorías de Jablonski e Iyengar sobre la evolución del cabello desde el crespo general de los primeros humanos, que debían protegerse de la violencia de los rayos ultravioleta de la Africa de la que procedían.
Según esa teoría, el cabello afro se fue haciendo lacio para facilitar que los rayos ultravioletas de las regiones septentrionales, menos intensos, llegaran fácilmente a la piel, para contribuir a la elaboración de la vitamina D, imprescindible para el desarrollo óseo.
Admitamos que la proporción de norteamericanos de pelo rizado la exagera deliberadamente el anuncio del salón de Minneapolis por interés comercial, pero cuando el río suena no cabe duda de que lleva agua.
Seamos severos y reduzcamos a la cuarta parte el número de norteamericanos de pelo rizado y dejémoslos en el 22 por ciento de la los 305 millones de habitantes de los Estados Unidos.
Aunque generosos en la rebaja, el resultado es igualmente preocupante porque, según los estudios que el abogado Peter Browne ha realizado en sus ratos libres, todavía no han elegido los norteamericanos presidente del país a ningún compatriota de pelo rizado.
El retrato de Zachary Taylor pintado por William Garl Brown sugiere, pero no confirma, rizos en las patillas del duodécimo presidente de los Estados Unidos, que gobernó de 1849 a 1850.
Por lo que pronostican los sondeos, cuyos resultados solo se equivocan cuando no aciertan, esa injusta discriminación contra los norteamericanos de cabello encrespado tiene sus horas contadas.
Si Barak Obama gana hoy las elecciones, los negros norteamericanos—el 12 por ciento de la población—tendrán el primer presidente de su raza, como acredita la piel del candidato.
El abogado Peter Browne también estará de enhorabuena porque los norteamericanos, por fin, elegirán su primer presidente de pelo rizado. Quien lo dude, que le pida y obtenga permiso para pasar su mano por la cubierta pilosa de su cabeza.
Con la elección de Obama, además de la mayoría de los españoles, el casi trece por ciento de sus compatriotas negros y el 22 por ciento de los de pelaje rizado estarán felices. Que de salud les sirva.
lunes, 3 de noviembre de 2008
USA: LA REVOLUCION PENDIENTE
Si el senador por Illinois Barak Obama consiguiera por lo menos 278 de los 538 votos de compromisarios en las elecciones del día 4 (primer martes después del primer lunes) de Noviembre, será el próximo presidente de los Estados Unidos.
Sería el primero de los 37.334.570 negros de los Estados Unidos, que representan el 12,38 por ciento de la población, que accede a la jefatura del estado.
Su posible elección la anhelan los progresistas ingenuos como una reparación debida a su minoría racial, y proclaman como revolucionaria su llegada a la presidencia.
Pero la verdadera revolución habría sido que Hillary Clinton, a la que Obama derrotó en la disputa por la candidatura del partido demócrata, volviera como inquilina titular a la Casa Blanca, que ya habitó como consorte.
Entre la Clinton y Obama, el principal logro del senador negro es que su revolucionaria elección como miembro de una minoría marginada se ha adelantado a la de Clinton, que forma parte de una mayoría, por ahora incapaz de conseguir igualdad de derechos.
Gracias a su habilidad para sortear los vericuetos parlamentarios, Lyndon Johnson logró lo que su antecesor, John Kennedy, no pudo: establecer la igualdad de derechos para todos norteamericanos, sin distinción de raza.
No ha tenido la misma fortuna la ERA (Equal Rigths Amendment), que desde 1923 intenta, y no consigue, que de la Constitución de los Estados Unidos desaparezca la discriminación contra el 50,3 de su población, las mujeres.
La ERA propone en el primero de sus tres artículos que “la igualdad de derechos reconocidos por las leyes no pueden negarla por razones de sexo los Estados Unidos ni ninguno de sus Estados”.
El segundo artículo autoriza al Congreso a aprobar la legislación adecuada para su cumplimiento y el tercero fija la fecha de entrada en vigor de la enmienda dos años después de su ratificación.
La Enmienda para la Igualdad de Derechos logró en Marzo de 1972 salvar todos los escollos legislativos del Congreso y empezó a correr el plazo para que dos terceras partes (38) de los cincuenta congresos estatales la ratificaran.
Cuando el plazo expiró en 1979, la habían ratificado solamente 35 de los 38 congresos estatales. La enmienda constitucional que hubiera prohibido la discriminación por razón de sexo en Estados Unidos sigue en el letargo.
Ni la legislación sobre derechos civiles ideada por Kennedy e impulsada por Johnson ni la de Igualdad de Derechos que prohíbe la discriminación sexual eran imprescindibles para la elección de Presidente, pero su aprobación o rechazo son síntomas de la actitud de los norteamericanos a su respecto.
La posible elección de Obama es una prueba de que les importa más a los norteamericanos la discriminación racial que la sexual. Antes el negro Obama que la rubia Hillary Rodham Clinton.
Sería el primero de los 37.334.570 negros de los Estados Unidos, que representan el 12,38 por ciento de la población, que accede a la jefatura del estado.
Su posible elección la anhelan los progresistas ingenuos como una reparación debida a su minoría racial, y proclaman como revolucionaria su llegada a la presidencia.
Pero la verdadera revolución habría sido que Hillary Clinton, a la que Obama derrotó en la disputa por la candidatura del partido demócrata, volviera como inquilina titular a la Casa Blanca, que ya habitó como consorte.
Entre la Clinton y Obama, el principal logro del senador negro es que su revolucionaria elección como miembro de una minoría marginada se ha adelantado a la de Clinton, que forma parte de una mayoría, por ahora incapaz de conseguir igualdad de derechos.
Gracias a su habilidad para sortear los vericuetos parlamentarios, Lyndon Johnson logró lo que su antecesor, John Kennedy, no pudo: establecer la igualdad de derechos para todos norteamericanos, sin distinción de raza.
No ha tenido la misma fortuna la ERA (Equal Rigths Amendment), que desde 1923 intenta, y no consigue, que de la Constitución de los Estados Unidos desaparezca la discriminación contra el 50,3 de su población, las mujeres.
La ERA propone en el primero de sus tres artículos que “la igualdad de derechos reconocidos por las leyes no pueden negarla por razones de sexo los Estados Unidos ni ninguno de sus Estados”.
El segundo artículo autoriza al Congreso a aprobar la legislación adecuada para su cumplimiento y el tercero fija la fecha de entrada en vigor de la enmienda dos años después de su ratificación.
La Enmienda para la Igualdad de Derechos logró en Marzo de 1972 salvar todos los escollos legislativos del Congreso y empezó a correr el plazo para que dos terceras partes (38) de los cincuenta congresos estatales la ratificaran.
Cuando el plazo expiró en 1979, la habían ratificado solamente 35 de los 38 congresos estatales. La enmienda constitucional que hubiera prohibido la discriminación por razón de sexo en Estados Unidos sigue en el letargo.
Ni la legislación sobre derechos civiles ideada por Kennedy e impulsada por Johnson ni la de Igualdad de Derechos que prohíbe la discriminación sexual eran imprescindibles para la elección de Presidente, pero su aprobación o rechazo son síntomas de la actitud de los norteamericanos a su respecto.
La posible elección de Obama es una prueba de que les importa más a los norteamericanos la discriminación racial que la sexual. Antes el negro Obama que la rubia Hillary Rodham Clinton.
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