Me ha parecido percibir una confusa algarabía de rumores sobre no sé qué cita de notables en Washington para encontrar remedio a supuestas dificultades económicas que sufre el mundo.
Por la jerarquía de los convocados inicialmente, y por el prestigio del que ha conseguido colarse de rondón, más nos vale andarnos con tiento a los que vamos a sufrir lo que decidan, y encomendarnos a los más reputados expertos en taumaturgia.
Porque parece que quienes se han atribuido la responsabilidad de buscar solución a la supuesta dificultad por la que atraviesa el mundo son los mismos que tenían obligación de atajar el problema antes de que degenerara en crisis.
Una de dos: o dejaron deliberadamente que la cosa empeorara para que su solución los haga merecer estatuas, o fallarán en el tratamiento de la enfermedad tanto como en su diagnóstico.
Más bien parece lo segundo porque, aparte del saudí, al que su mar subterráneo de petróleo lo mantiene a flote, los países de todos los demás asistentes a la reunión están zozobrando y a punto de hundirse.
Si cuando el mal era un simple catarro no supieron curarlo, ¿cómo pueden esperar que confiemos en que ahora, cuando ha evolucionado a una neumonía casi terminal, eviten el desenlace previsible?
Hay uno en particular que, hasta que logró ganar las elecciones, se empecinó en que los votantes creyeran que el país que gobernaría sería la Arcadia del pintor romántico Friedrich August von Kaulbach.
Los votantes, naturalmente, lo creyeron y respaldaron, desoyendo la advertencia de la oposición de que el lobo de la crisis ya había asomado sus orejas.
Una vez que los votantes del territorio comprendido entre Andorra y Gibraltar le dieron los votos que negaron al líder de la oposición, del que puso en duda su patriotismo por alertar sobre la inminencia de la crisis, acabó aceptándola, primero a regañadientes y después autoproclamándose adalid en su combate.
Con tanto empeño ha abrazado la nueva cruzada, que se movió de Pekín a San Salvador para que lo admitieran en el cónclave de Washington.
Lo consiguió finalmente porque su país es uno de los de economía más pujante del mundo, pero no parece el más idóneo para representar a su país.
Una persona formal, capaz de mirar a la cara a su interlocutor sin sonrojarse, hubiera admitido su error o su ardid para seguir en el machito, se habría retirado a la privacidad de una vida descasada lejos del mundanal ruido y habría cedido a otro menos contumaz en la negación de la crisis la responsabilidad de ayudar a salir de ella.
Pero política y formalidad parecen incompatibles. Por eso, el que hasta ayer la negaba, representará a España a en la sesión clínica de Washington para decidir el tratamiento contra la enfermedad que aqueja al mundo.
Si todos los demás están tan calificados como el que envía España, no tenemos salvación. Con guardianes así, el lobo de la crisis se va a dar un festín.
Reunión de pastores, oveja muerta.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
martes, 11 de noviembre de 2008
GUERRA Y ETICA
Las fuerzas españolas enviadas a Irak tres meses después de la derrota militar de Sadam Hussein se retiraron porque, dijo cuatro años más tarde el presidente del gobierno que ordenó la retirada, “la guerra, además de mal enfocada, había sido ilegal”.
Tan mal enfocada que el ejercito atacante aniquiló al atacado a las tres semanas de bombardeo y, prácticamente, sin enfrentamiento directo entre los combatientes.
Si el éxito de una guerra lo mide la derrota del enemigo con el menor costo posible de bajas propias, pocas guerras en la larga historia bélica de la humanidad estuvieron mejor enfocadas que la de Irak en marzo-abril de 2003.
¿Fue legal? ¿Qué guerra lo es?
La sentencia del pleito sobre la legalidad de una guerra,idealismos aparte, la pronuncia el vencedor porque establecer una relación entre ética y guerra es tan disparatado como distinguir el color por los olores.
La experiencia ha demostrado, por desgracia que, si la campaña para derrotar militarmente a Irak estuvo bien enfocada porque logró su objetivo, fue un error la ocupación del territorio para imponer a sus habitantes un régimen político afín a los vencedores y ajeno a los vencidos.
El mismo error en el que están incurriendo en Afganistán los soldados de la coalición internacional participada por España y que ya ha costado la vida a 88 de los militares españoles.
A los ejércitos de la coalición internacional les han encomendado sus gobiernos una quimera tan irrealizable en Irak y Afganistán como en cualquier país al que hayan sido destinados para imponer normas de conducta política extrañas a su cultura.
En todas esas misiones el fracaso es predecible e inevitable. Antes de pastorear a los habitantes de esos países a un sistema de autogobierno que se fundamente en la división de poderes, los nativos deberían asumir que el poder, compartimentado en legislativo, ejecutivo y judicial, no es patrimonio exclusivo ni lo ejerce directamente Dios.
Una vez que los pueblos a los que se quiere ayudar a organizarse democráticamente acepten que el poder lo ejercen de forma legítima sus gobernantes por delegación de quienes los elijan libremente, las democracias occidentales podrán aconsejarles cómo perfeccionar sus sistemas políticos.
Hasta entonces, más les valdría a las potencias occidentales renunaciar a conducir a la fuerza hacia donde no quieren ir a pueblos que no aceptan la division de poderes, dejarlos que se organicen como quieran y, si suponen una amenaza para los vecinos que no sean de su cultura, meterlos en cintura con campañas como la que, en tres semanas, acabó con la tiranía expansionista de Sadam Hussein.
Pero que no vuelvan a caer nunca en la tentación de ocupar sus territorios.
Quo usque tamdem abutere, Catlina, patientia nostra?
Tan mal enfocada que el ejercito atacante aniquiló al atacado a las tres semanas de bombardeo y, prácticamente, sin enfrentamiento directo entre los combatientes.
Si el éxito de una guerra lo mide la derrota del enemigo con el menor costo posible de bajas propias, pocas guerras en la larga historia bélica de la humanidad estuvieron mejor enfocadas que la de Irak en marzo-abril de 2003.
¿Fue legal? ¿Qué guerra lo es?
La sentencia del pleito sobre la legalidad de una guerra,idealismos aparte, la pronuncia el vencedor porque establecer una relación entre ética y guerra es tan disparatado como distinguir el color por los olores.
La experiencia ha demostrado, por desgracia que, si la campaña para derrotar militarmente a Irak estuvo bien enfocada porque logró su objetivo, fue un error la ocupación del territorio para imponer a sus habitantes un régimen político afín a los vencedores y ajeno a los vencidos.
El mismo error en el que están incurriendo en Afganistán los soldados de la coalición internacional participada por España y que ya ha costado la vida a 88 de los militares españoles.
A los ejércitos de la coalición internacional les han encomendado sus gobiernos una quimera tan irrealizable en Irak y Afganistán como en cualquier país al que hayan sido destinados para imponer normas de conducta política extrañas a su cultura.
En todas esas misiones el fracaso es predecible e inevitable. Antes de pastorear a los habitantes de esos países a un sistema de autogobierno que se fundamente en la división de poderes, los nativos deberían asumir que el poder, compartimentado en legislativo, ejecutivo y judicial, no es patrimonio exclusivo ni lo ejerce directamente Dios.
Una vez que los pueblos a los que se quiere ayudar a organizarse democráticamente acepten que el poder lo ejercen de forma legítima sus gobernantes por delegación de quienes los elijan libremente, las democracias occidentales podrán aconsejarles cómo perfeccionar sus sistemas políticos.
Hasta entonces, más les valdría a las potencias occidentales renunaciar a conducir a la fuerza hacia donde no quieren ir a pueblos que no aceptan la division de poderes, dejarlos que se organicen como quieran y, si suponen una amenaza para los vecinos que no sean de su cultura, meterlos en cintura con campañas como la que, en tres semanas, acabó con la tiranía expansionista de Sadam Hussein.
Pero que no vuelvan a caer nunca en la tentación de ocupar sus territorios.
Quo usque tamdem abutere, Catlina, patientia nostra?
lunes, 10 de noviembre de 2008
MORIR EN AFGANISTAN
Los ha matado el fanatismo del conductor suicida de un camión cargado de explosivos, pero su muerte es una consecuencia previsible del choque de intereses en Afganistan de las dos superpotencias de la guerra fría.
Antecedentes de la muerte de los militares españoles Rubén Alonso Ríos y Juan Andrés Suárez:
Agosto de 1978: La Unión Soviética, que todavía disputaba la hegemonía mundial a los Estados Unidos, despliega su 40 ejército en Afganistán, con el fin declarado de ayudar al gobierno comunista afgano, acosado por la guerrilla fundamentalista musulmana.
Lo que realmente perseguía la invasión militar soviética era uno de los objetivos tradicionales rusos: una salida al Océano Indico, del que solo la separaría Pakistán tras ocupar Afganistán.
El gobierno pakistaní por miedo a la amenaza soviética y el de Arabia Saudita, para ayudar a sus correligionarios mujaidines contra el ateismo comunista, apoyaron a los integristas musulmanes rebeldes, alentados por los Estados Unidos, por medio de su CIA.
El Presidente Jimmy Carter, a pesar de la ingenuidad inicial de su política pacifista, tuvo que admitir la necesidad de enfrentarse a la intervención soviética en Afganistán como una amenaza a toda la región del Golfo Pérsico y, con la llegada al poder de Ronald Reagan, comenzó a materializarse el apoyo activo norteamericano.
“La guerra de Charlie Wilson”, publicado por la Editorial Almuzara, pormenoriza la decisiva ayuda militar norteamericana para que los mujahidines derrotaran a los soviéticos y los expulsaran de Afganistán, lo que se consumó el 15 de Febrero de 1989.
La acelerada erosión del comunismo y la caída en Noviembre de 1989 del muro de Berlín, que simbolizó el derrumbamiento comunista, se debieron en parte al descontento interno por el desastre militar de Afganistán.
Diez años más tarde, mujahidines a los que los Estados Unidos habían ayudado y entrenado para derrotar a los soviéticos, participaron como protagonistas o cómplices en el choque de aviones secuestrados contra las torres gemelas de Manhattan.
El atentado no tenía móviles estratégicos ni de conquista. Solamente castigar el que consideraban centro de una cultura infiel, incompatible con la de los creyentes musulmanes, la única verdadera.
Como represalia, los Estados Unidos capitanearon la coalición armada contra Afganistán, que todavía colea, en uno de cuyos episodios han muerto los dos militares españoles,
La Unión Soviética y Estados Unidos cometieron el mismo error: pretender desplazar por la suya la civilización de un país, sin suplantar previamente su cultura.
Romanos, musulmanes, españoles e ingleses no lo hicieron así.
Los tres primeros dosificaron sabiamente el exterminio de los habitantes de las tierras en las que querían imponer su civilización y el mestizaje de los de individuos de la cultura invasora con los de la cultura invadida.
Crearon así el conjunto de símbolos, creencias, costumbres y mitos sobre los que se basaran las normas y leyes que regularan la sociedad de la nueva civilización.
En los territorios en los que implantaron la suya, los ingleses exterminaron previamente a la población nativa y la reemplazaron por la traída de fuera. Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda o Gibraltar son ejemplos.
En otros territorios donde los ingleses estuvieron, se limitaron a explotarlos como colonias, sin mezclarse con los nativos ni interferir decididamente en sus creencias, base de sus culturas: Egipto, Pakistán, India, etc.
Antes de que lo hicieran la Unión Soviética o los Estados Unidos, Alejandro Magno desde el Oeste, los budistas del imperio Kushan desde el este y los ingleses el siglo pasado ocuparon y perdieron Afganistán, pero sin pretender suplantar su cultura.
Lo hicieron, en cambio, los musulmanes que llegaron poco después que a España, acabaron con las religiones locales de sus habitantes y los unieron en el monoteísmo fanático del Islam, basado en el monopolio único del poder por parte de Dios.
Para que los intentos civilizadores de soviéticos o norteamericanos hubieran fraguado en Afganistán, tendrían que haber convertido a los afganos antes a sus religiones: que el poder lo monopoliza el Partido o que reside en el Pueblo. Para un musulmán eso hubiera sido una blasfemia, incompatible con la religión de su cultura.
Antecedentes de la muerte de los militares españoles Rubén Alonso Ríos y Juan Andrés Suárez:
Agosto de 1978: La Unión Soviética, que todavía disputaba la hegemonía mundial a los Estados Unidos, despliega su 40 ejército en Afganistán, con el fin declarado de ayudar al gobierno comunista afgano, acosado por la guerrilla fundamentalista musulmana.
Lo que realmente perseguía la invasión militar soviética era uno de los objetivos tradicionales rusos: una salida al Océano Indico, del que solo la separaría Pakistán tras ocupar Afganistán.
El gobierno pakistaní por miedo a la amenaza soviética y el de Arabia Saudita, para ayudar a sus correligionarios mujaidines contra el ateismo comunista, apoyaron a los integristas musulmanes rebeldes, alentados por los Estados Unidos, por medio de su CIA.
El Presidente Jimmy Carter, a pesar de la ingenuidad inicial de su política pacifista, tuvo que admitir la necesidad de enfrentarse a la intervención soviética en Afganistán como una amenaza a toda la región del Golfo Pérsico y, con la llegada al poder de Ronald Reagan, comenzó a materializarse el apoyo activo norteamericano.
“La guerra de Charlie Wilson”, publicado por la Editorial Almuzara, pormenoriza la decisiva ayuda militar norteamericana para que los mujahidines derrotaran a los soviéticos y los expulsaran de Afganistán, lo que se consumó el 15 de Febrero de 1989.
La acelerada erosión del comunismo y la caída en Noviembre de 1989 del muro de Berlín, que simbolizó el derrumbamiento comunista, se debieron en parte al descontento interno por el desastre militar de Afganistán.
Diez años más tarde, mujahidines a los que los Estados Unidos habían ayudado y entrenado para derrotar a los soviéticos, participaron como protagonistas o cómplices en el choque de aviones secuestrados contra las torres gemelas de Manhattan.
El atentado no tenía móviles estratégicos ni de conquista. Solamente castigar el que consideraban centro de una cultura infiel, incompatible con la de los creyentes musulmanes, la única verdadera.
Como represalia, los Estados Unidos capitanearon la coalición armada contra Afganistán, que todavía colea, en uno de cuyos episodios han muerto los dos militares españoles,
La Unión Soviética y Estados Unidos cometieron el mismo error: pretender desplazar por la suya la civilización de un país, sin suplantar previamente su cultura.
Romanos, musulmanes, españoles e ingleses no lo hicieron así.
Los tres primeros dosificaron sabiamente el exterminio de los habitantes de las tierras en las que querían imponer su civilización y el mestizaje de los de individuos de la cultura invasora con los de la cultura invadida.
Crearon así el conjunto de símbolos, creencias, costumbres y mitos sobre los que se basaran las normas y leyes que regularan la sociedad de la nueva civilización.
En los territorios en los que implantaron la suya, los ingleses exterminaron previamente a la población nativa y la reemplazaron por la traída de fuera. Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda o Gibraltar son ejemplos.
En otros territorios donde los ingleses estuvieron, se limitaron a explotarlos como colonias, sin mezclarse con los nativos ni interferir decididamente en sus creencias, base de sus culturas: Egipto, Pakistán, India, etc.
Antes de que lo hicieran la Unión Soviética o los Estados Unidos, Alejandro Magno desde el Oeste, los budistas del imperio Kushan desde el este y los ingleses el siglo pasado ocuparon y perdieron Afganistán, pero sin pretender suplantar su cultura.
Lo hicieron, en cambio, los musulmanes que llegaron poco después que a España, acabaron con las religiones locales de sus habitantes y los unieron en el monoteísmo fanático del Islam, basado en el monopolio único del poder por parte de Dios.
Para que los intentos civilizadores de soviéticos o norteamericanos hubieran fraguado en Afganistán, tendrían que haber convertido a los afganos antes a sus religiones: que el poder lo monopoliza el Partido o que reside en el Pueblo. Para un musulmán eso hubiera sido una blasfemia, incompatible con la religión de su cultura.
domingo, 9 de noviembre de 2008
O COLABORAS O NO COOPERO
A LA CARMELA DEL ROMANCE
La ropa con que te cubres
te ciñe tanto, Carmela,
que al ir a pelar la pava
tengo que llevar tijeras
para cortar los tirantes
con que el sostén te sujetas.
O vistes prendas mas sueltas,
cagüen tus muertos, Carmela,
o te va a pelar la pava
el que pelártela quiera.
La mía me la pelo solo,
cagüen tus muertos, Carmela.
(Tomado de “Sentencias Salomónicas para Doce Problemas Humanos y para Uno Divino”, de Miguel Higueras Cleries, editorial Visión Net.)
La ropa con que te cubres
te ciñe tanto, Carmela,
que al ir a pelar la pava
tengo que llevar tijeras
para cortar los tirantes
con que el sostén te sujetas.
O vistes prendas mas sueltas,
cagüen tus muertos, Carmela,
o te va a pelar la pava
el que pelártela quiera.
La mía me la pelo solo,
cagüen tus muertos, Carmela.
(Tomado de “Sentencias Salomónicas para Doce Problemas Humanos y para Uno Divino”, de Miguel Higueras Cleries, editorial Visión Net.)
sábado, 8 de noviembre de 2008
ROCIO, AURORA ROSADA
Rocío nació en Lisboa y fué bautizada en la capilla del Palacio de Palhavá, residencia del embajador de España en Portugal, con agua del Río Guadalquivir.
Eran vísperas del 28 de Octubre, día de la marea roja electoral que llevó al poder en España a los rojos del PSOE.
Por eso, estuvo en un tris de llamarse Aurora.
ROCIO
Aurora de escarlata engalanada
y preludio radiante de una España
hasta entonces frailuna, triste, huraña,
que nimbaste al nacer en luz dorada.
Heraldos anunciaron la alborada
de una era de paz, por siempre extraña
a esta tierra de bandidos y alimañas
fatigada de odiar y ser odiada.
Como lágrimas felices de un lucero
rocío de cristal, suspiro mañanero,
enjoyaste de luz un mundo oscuro.
En el ocaso anunciado de mis sueños,
más que en sazón mi corazón maduro,
fuiste al llegar un céfiro sureño.
Eran vísperas del 28 de Octubre, día de la marea roja electoral que llevó al poder en España a los rojos del PSOE.
Por eso, estuvo en un tris de llamarse Aurora.
ROCIO
Aurora de escarlata engalanada
y preludio radiante de una España
hasta entonces frailuna, triste, huraña,
que nimbaste al nacer en luz dorada.
Heraldos anunciaron la alborada
de una era de paz, por siempre extraña
a esta tierra de bandidos y alimañas
fatigada de odiar y ser odiada.
Como lágrimas felices de un lucero
rocío de cristal, suspiro mañanero,
enjoyaste de luz un mundo oscuro.
En el ocaso anunciado de mis sueños,
más que en sazón mi corazón maduro,
fuiste al llegar un céfiro sureño.
viernes, 7 de noviembre de 2008
LO QUE EL TIEMPO SE HA LLEVADO
La solución de los problemas aparentemente más intrincados suele ser tan obvia que la enrevesada mente humana es incapaz de percibirla.
No siempre ha sido así porque, antiguamente, cuando el hombre disponía de sonidos inarticulados y gruñidos como medio de expresión, no había equívocos.
Pero cayó en la tentación de iniciar lo que después se llamó civilización y lo primero que hizo fué inventar la palabra para camuflar con ella lo que de verdad pensaba y quería.
Cuando uno de aquellos antepasados con pinta de Arnold Schwarzenegger velludo oía algún alboroto fuera de su cueva, le decía con gruñidos a su mujer: voy a ver qué pasa.
Ahora, si no sabe cómo conseguirt que su mujer le permita ir al bar de la esquina a ver un partido de fútbol que solo televisan en pago por visión, le dice que tiene que salir a renovar el tiquet de aparcamiento para que no le pongan una multa. La engaña para satisfacer un deseo instintivo.
En los añorados tiempos del gruñido, si un individuo tenía hambre, comía lo que encontraba, eructaba y se echaba una siesta tan tranquilo.
Ahora, no. Ahora, para comer como las normas han impuesto, hay que seguir un curso de nutrición y dietética, aunque sea por correspondencia.
Después, que nadie vaya a pretender comer nada sin comprobar que lo permiten la fecha de caducidad, los componentes grasos, proteínicos, energéticos, su proporción de fibras y de hidratos de carbono.
Si lo que pretendemos comer supera todos esos requisitos, hay que asegurarse de que sea dietéticamente compatible con cualquier otra cosa que comamos antes o después.
Ninguna de esas imprescindibles cautelas garantiza una buena digestión y una asimilación idónea de lo ingerido porque, si la modorra nos tienta y echamos una siesta sin el preceptivo paseo previo de veinte minutos de duración, nuestra frágil salud corre peligro.
Todo eso no es así porque sí, sino porque así los hemos hecho.
A la evolución del ser humano debemos el milagro—no se sabe si bueno o malo, si obra de Miguel o de Ázael—que ha transformado la herramienta a su servicio que era el cerebro en el tiránico ordenador que nos obliga a servirlo.
Aquel tosco utensilio que era el cerebro, y que dictaba al hombre los reflejos naturales para satisfacer lo que su instinto le pedía, lo hemos transformado en un complejo ordenador para que domestique nuestro instinto.
De aquellos ignorantes primitivos descendemos y mérito de ellos es que la humanidad haya sobrevivido 50.000 años.
Si los antiguos hubieran sabido tanto como los que de ellos descendemos sabemos, ¿habría sobrevivido tantos años la raza humana?
No siempre ha sido así porque, antiguamente, cuando el hombre disponía de sonidos inarticulados y gruñidos como medio de expresión, no había equívocos.
Pero cayó en la tentación de iniciar lo que después se llamó civilización y lo primero que hizo fué inventar la palabra para camuflar con ella lo que de verdad pensaba y quería.
Cuando uno de aquellos antepasados con pinta de Arnold Schwarzenegger velludo oía algún alboroto fuera de su cueva, le decía con gruñidos a su mujer: voy a ver qué pasa.
Ahora, si no sabe cómo conseguirt que su mujer le permita ir al bar de la esquina a ver un partido de fútbol que solo televisan en pago por visión, le dice que tiene que salir a renovar el tiquet de aparcamiento para que no le pongan una multa. La engaña para satisfacer un deseo instintivo.
En los añorados tiempos del gruñido, si un individuo tenía hambre, comía lo que encontraba, eructaba y se echaba una siesta tan tranquilo.
Ahora, no. Ahora, para comer como las normas han impuesto, hay que seguir un curso de nutrición y dietética, aunque sea por correspondencia.
Después, que nadie vaya a pretender comer nada sin comprobar que lo permiten la fecha de caducidad, los componentes grasos, proteínicos, energéticos, su proporción de fibras y de hidratos de carbono.
Si lo que pretendemos comer supera todos esos requisitos, hay que asegurarse de que sea dietéticamente compatible con cualquier otra cosa que comamos antes o después.
Ninguna de esas imprescindibles cautelas garantiza una buena digestión y una asimilación idónea de lo ingerido porque, si la modorra nos tienta y echamos una siesta sin el preceptivo paseo previo de veinte minutos de duración, nuestra frágil salud corre peligro.
Todo eso no es así porque sí, sino porque así los hemos hecho.
A la evolución del ser humano debemos el milagro—no se sabe si bueno o malo, si obra de Miguel o de Ázael—que ha transformado la herramienta a su servicio que era el cerebro en el tiránico ordenador que nos obliga a servirlo.
Aquel tosco utensilio que era el cerebro, y que dictaba al hombre los reflejos naturales para satisfacer lo que su instinto le pedía, lo hemos transformado en un complejo ordenador para que domestique nuestro instinto.
De aquellos ignorantes primitivos descendemos y mérito de ellos es que la humanidad haya sobrevivido 50.000 años.
Si los antiguos hubieran sabido tanto como los que de ellos descendemos sabemos, ¿habría sobrevivido tantos años la raza humana?
jueves, 6 de noviembre de 2008
DE PARTE DE MORATINOS
Si Susan Elizabeth Rice hubiera tenido interés en hablar con Miguel Angel Moratinos, el ministro español de asuntos exteriores no habría tenido que dejarle tantos recados sin que la asesora en política exterior de Barak Obama le devolviera la llamada.
La apretada biografía de esa brillante joya de la élite intelectual y política negra del Distrito de Columbia sugiere que, en sus 44 años de edad, en pocas ocasiones habrá dejado para mañana lo que creyera que debería haber hecho hoy.
Por muy inteligente que Elizabeth sea, que lo es, entre sus virtudes tiene necesariamente que destacar la diligencia porque, si la indolencia le impidiera contestar llamadas que le interesaran, no habría conseguido a su edad todo lo que ya ha logrado.
La atractiva Elizabeth, sin parentesco con la secretaria de estado de George Bush Condoleeza Rice, está casada con el productor de los servicios informativos de la cadena ABC Ian O. Cameron, con el que tiene dos hijos.
Además de esposa y madre de familia, Elizabeth Rice era desde 2002 directora del programa de Economía Global y Política Exterior de Instituto Brookings, uno de los punteros de Estados Unidos en investigación y estudio de un amplio abanico de innovaciones políticas, económicas y sociales.
En la Universidad de Stanford, donde obtuvo una beca Truman, se licenció en historia, en la de Oxford estudió con una beca Rhodes, y su tesis sobre relaciones internacionales la consideró la Asociacion Británica para Estudios Internacionales “la más destacada”.
Entre las responsabilidades políticas que ha desempeñado destacan la de directora de Organizaciones Internacionales y de Mantenimiento de la Paz del Consejo de Seguridad Nacional con la Administración Clinton, Asesora Especial Presidencial para asuntos africanos y Secretaria de Estados Adjunta para Asuntos Africanos.
Los burócratas del Departamento de Estado a los que tuvo que meter en cintura para que despertaran de su letargo rutinario se quejaban de su arrogancia juvenil, de ignorar todo lo que no le interesaba y de no permitir discrepancias.
“Tendrán que tratar conmigo estrictamente como profesionales y no como amigos”—replicó en una entrevista cuando la periodista le expuso esas quejas—“Represento al gobierno de los Estados Unidos de América”.
Dicen que la firmeza de su carácter la ha heredado de su padre, catedrático de economía de la Universidad Cornell y ex gobernador del Sistema Federal de la Reserva.
La asesora de Obama, a la que el día del triunfo electoral del senador negro intentó contactar sin éxito el Ministro de Asuntos Exteriores de España, ha revelado que su padre le advirtió cuando era niña: “Nunca te quejes ni te aproveches de tu condición racial”.
Los de su raza la acusan de “excesivamente complaciente” hacia los blancos, por su afinidad con la élite política y económica dominante.
Si, como se mostró esperanzado Moratinos en el programa 59 segundos, consigue finalmente que lo escuche, es para envidiar su suerte.
La apretada biografía de esa brillante joya de la élite intelectual y política negra del Distrito de Columbia sugiere que, en sus 44 años de edad, en pocas ocasiones habrá dejado para mañana lo que creyera que debería haber hecho hoy.
Por muy inteligente que Elizabeth sea, que lo es, entre sus virtudes tiene necesariamente que destacar la diligencia porque, si la indolencia le impidiera contestar llamadas que le interesaran, no habría conseguido a su edad todo lo que ya ha logrado.
La atractiva Elizabeth, sin parentesco con la secretaria de estado de George Bush Condoleeza Rice, está casada con el productor de los servicios informativos de la cadena ABC Ian O. Cameron, con el que tiene dos hijos.
Además de esposa y madre de familia, Elizabeth Rice era desde 2002 directora del programa de Economía Global y Política Exterior de Instituto Brookings, uno de los punteros de Estados Unidos en investigación y estudio de un amplio abanico de innovaciones políticas, económicas y sociales.
En la Universidad de Stanford, donde obtuvo una beca Truman, se licenció en historia, en la de Oxford estudió con una beca Rhodes, y su tesis sobre relaciones internacionales la consideró la Asociacion Británica para Estudios Internacionales “la más destacada”.
Entre las responsabilidades políticas que ha desempeñado destacan la de directora de Organizaciones Internacionales y de Mantenimiento de la Paz del Consejo de Seguridad Nacional con la Administración Clinton, Asesora Especial Presidencial para asuntos africanos y Secretaria de Estados Adjunta para Asuntos Africanos.
Los burócratas del Departamento de Estado a los que tuvo que meter en cintura para que despertaran de su letargo rutinario se quejaban de su arrogancia juvenil, de ignorar todo lo que no le interesaba y de no permitir discrepancias.
“Tendrán que tratar conmigo estrictamente como profesionales y no como amigos”—replicó en una entrevista cuando la periodista le expuso esas quejas—“Represento al gobierno de los Estados Unidos de América”.
Dicen que la firmeza de su carácter la ha heredado de su padre, catedrático de economía de la Universidad Cornell y ex gobernador del Sistema Federal de la Reserva.
La asesora de Obama, a la que el día del triunfo electoral del senador negro intentó contactar sin éxito el Ministro de Asuntos Exteriores de España, ha revelado que su padre le advirtió cuando era niña: “Nunca te quejes ni te aproveches de tu condición racial”.
Los de su raza la acusan de “excesivamente complaciente” hacia los blancos, por su afinidad con la élite política y económica dominante.
Si, como se mostró esperanzado Moratinos en el programa 59 segundos, consigue finalmente que lo escuche, es para envidiar su suerte.
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