“Felices tiempos aquellos”—añoraba Alejandro Dumas—“en que éramos tan desgraciados”.
Todo viejo que caiga en la tentación de mirar hacia atrás coincidirá en su lamento con el del maestro francés y con la sentencia de Jorge Manrique de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”.
Seguramente, los tiempos pasados no fueron mejores que los del presente, pero la añoranza de la ilusión y de la juventud perdidas los idealiza al compararlos con el pesimismo de la senectud de hoy.
El estado de ánimo del que, desde su decadencia presente recuerda el vigor de su pasado, minimiza las tribulaciones de su juventud y agiganta las de su madurez.
Si coteja los sinsabores que le toca vivir con los que conoce solamente de oídas y que fueron otros los que los padecieron, su juicio será erróneo porque la magnitud de los sufrimientos del pasado solo pudo apreciarla quien los padeciera.
Por eso, y aunque de buena fe, se equivocan los que sentencian que los sufrimientos actuales de la humanidad son mayores que los de antes.
Evidentemente, afectan ahora a más personas que antes porque de los 50 millones de habitantes de la tierra el año mil antes de Cristo, el planeta paso a 200 millones el año en que Cristo nació y la pueblan ahora 6.758 millones.
A pesar de ese brutal incremento de la población, las hambrunas que periódicamente diezmaban a la humanidad por su incapacidad de producir suficientes alimentos han desaparecido y los episodios que todavía persisten se deben a fallos en la distribución y no en la producción de comida.
Gracias a los logros de un proyecto que la Fundación Rockefeller financió en México hace 70 años, lo que se conoce por “revolución verde” acabó con el hambre en el mundo.
Escandaliza con razón al hombre de hoy el conflicto que en el Cercano Oriente no deja de causar muertes y destrucción, pero aunque el escándalo esté justificado, ni se ha agravado ni es más sangriento que el que asola a esa parte del mundo desde hace más de cuatro mil años.
Además de en Palestina, los únicos focos de guerra actualmente son los de Afganistan y Africa Central, regiones donde las guerraqs tribales han sido endémica desde el principio de la historia.
Sin falso optimismo, hay ahora menos sufrimiento en la tierra que en ningún otro momento anterior y, en términos tanto absolutos como relativos, hoy vive el hombre mucho mejor que en cualquier otro momento del pasado.
No es para sentirse satisfecho pero insistir en que cualquier tiempo pasado fue mejor es, afortunadamente, falso.
martes, 3 de febrero de 2009
domingo, 1 de febrero de 2009
PADRES DE LA MATRIA
Un país que como España ha sobrevivido 30 siglos bajo dispares sistemas de organización social y política debe su larga vida al patriotismo, no siempre reconocido, de algunos de sus hijos.
Cuando dentro de otros 30 siglos se estudie en las escuelas la nómina de patriotas que contribuyeron a la supervivencia de España que nadie busque en ella a Don Pelayo, los Reyes Católicos, Hernán Cortés, El Gran Capitán, Francisco Pizarro ni, por supuesto, a Franco.
Desaparecerán esos nombres y los de algunos más de su calaña cuyos falsos méritos fueron ponderados en tiempos de exaltación fascista, por sus excesos militaristas al servicio del Imperialismo Español.
Con la perspectiva que proyecta hacia el futuro la España democrática, descentralizada e impulsora de la Alianza de las Civilizaciones, serán el conde Don Julián, Tarik Abu Zara, Al Hakem II, Blas Infante, José Luis Rodríguez Zapatero y Gaspar Llamazares, los nombres de inclusión obligatoria en la nómina de españoles eméritos.
Don Julián, gobernador de Ceuta, negoció con Tarik Abu Zara el paso del Estrecho para vengarse de su Rey, el visigodo Don Rodrigo, por haberse beneficiado a su hija, La Caba, y negarse a lavar la afrenta casándose con ella.
Tarik, que con nueve mil de sus rifeños derrotó a Don Rodrigo en la batalla de Guadalete, puede considerarse el primer ciudadano de la España multicultural, moderna y democrática.
El Califa Al Hakem II, que con su caudillo Almanzor llevó la nueva civilización a toda la Península, contribuyó además al esplendor cultural de España gracias a su innovación del nay, la flauta árabe de caña, a la que le añadió su sexto orificio.
Blas Infante tuvo la audacia y el acierto de renegar de la cultura grecorromana de su tierra y abrazar el islamismo, lo que le valió su reconocimiento como Padre de la Patria Andaluza.
Zapatero, como presidente del gobierno de España, impulsó la Alianza de Civilizaciones, que sustenta la paz de que goza la Humanidad desde que la formuló a principios del siglo XXI.
El impagable servicio de Gaspar Llamazares a España fue lograr la desaparición del Comunismo ya que la formación política que capitaneaba, Izquierda Unida, pasó de ocho a dos diputados en los siete años que la dirigió.
Llamazares, en un rasgo de congruencia, propuso además que el nombre de rancio tufo franquista de la cadena estatal Radio Nacional de España, se llamara simplemente Radio Española.
Además de permitir un espectacular aumento en el número de oyentes, la supresión de la palabra “nacional” devolvió la coherencia al nombre de la cadena porque España, como nación única de los españoles, hacía tiempo que había dejado de existir.
Como servirán de ejemplo a ciudadanos de una España sin discriminación de raza, creencia, ni sexo, se conocerá como la lista de los Padres de la Matria, para que ninguno de los miembros de matrimonios entre personas del mismo sexo, que entonces serán los habituales, pueda quejarse.
Cuando dentro de otros 30 siglos se estudie en las escuelas la nómina de patriotas que contribuyeron a la supervivencia de España que nadie busque en ella a Don Pelayo, los Reyes Católicos, Hernán Cortés, El Gran Capitán, Francisco Pizarro ni, por supuesto, a Franco.
Desaparecerán esos nombres y los de algunos más de su calaña cuyos falsos méritos fueron ponderados en tiempos de exaltación fascista, por sus excesos militaristas al servicio del Imperialismo Español.
Con la perspectiva que proyecta hacia el futuro la España democrática, descentralizada e impulsora de la Alianza de las Civilizaciones, serán el conde Don Julián, Tarik Abu Zara, Al Hakem II, Blas Infante, José Luis Rodríguez Zapatero y Gaspar Llamazares, los nombres de inclusión obligatoria en la nómina de españoles eméritos.
Don Julián, gobernador de Ceuta, negoció con Tarik Abu Zara el paso del Estrecho para vengarse de su Rey, el visigodo Don Rodrigo, por haberse beneficiado a su hija, La Caba, y negarse a lavar la afrenta casándose con ella.
Tarik, que con nueve mil de sus rifeños derrotó a Don Rodrigo en la batalla de Guadalete, puede considerarse el primer ciudadano de la España multicultural, moderna y democrática.
El Califa Al Hakem II, que con su caudillo Almanzor llevó la nueva civilización a toda la Península, contribuyó además al esplendor cultural de España gracias a su innovación del nay, la flauta árabe de caña, a la que le añadió su sexto orificio.
Blas Infante tuvo la audacia y el acierto de renegar de la cultura grecorromana de su tierra y abrazar el islamismo, lo que le valió su reconocimiento como Padre de la Patria Andaluza.
Zapatero, como presidente del gobierno de España, impulsó la Alianza de Civilizaciones, que sustenta la paz de que goza la Humanidad desde que la formuló a principios del siglo XXI.
El impagable servicio de Gaspar Llamazares a España fue lograr la desaparición del Comunismo ya que la formación política que capitaneaba, Izquierda Unida, pasó de ocho a dos diputados en los siete años que la dirigió.
Llamazares, en un rasgo de congruencia, propuso además que el nombre de rancio tufo franquista de la cadena estatal Radio Nacional de España, se llamara simplemente Radio Española.
Además de permitir un espectacular aumento en el número de oyentes, la supresión de la palabra “nacional” devolvió la coherencia al nombre de la cadena porque España, como nación única de los españoles, hacía tiempo que había dejado de existir.
Como servirán de ejemplo a ciudadanos de una España sin discriminación de raza, creencia, ni sexo, se conocerá como la lista de los Padres de la Matria, para que ninguno de los miembros de matrimonios entre personas del mismo sexo, que entonces serán los habituales, pueda quejarse.
viernes, 30 de enero de 2009
EL MORO QUE QUISO DEJAR DE SER MORO
De que nació moro quedan tan pocas dudas como de que lo registraron como moro en la escuela en la que estudió sus primeros años.
Se sabe que rezó como un moro más en la mezquita, que moro fué para sus conocidos, que es moro el nombre al que responde y que moros fueron su abuelo paterno, su padre y su padrastro.
Si pese a todo dice que no es moro habrá que creerlo, porque ¿quién se atreve, sin miedo a que le mande la sexta flota, a dudar de la palabra del Presidente de los Estados Unidos?
Diferente sería si, en lugar de llamarse Barack Hussein Obama, el presunto moro fuera George Walker Bush.
Sobraría, en caso de que la duda sobre las convicciones religiosas de Obama se refirieran a Bush, lo de “presunto” que, por cierto, es como en Portugal se conoce al jamón, del que los moros huyen más despavoridos que Satanás del agua bendita.
En contra de lo que creen lo que lo desconocen, el sistema político norteamericano tiene de folklórico solamente la apariencia porque el escrutinio al que se ve sometido el candidato a ser electo en los Estados Unidos, sobre todo si aspira a la Presidencia, deja en evidencia hasta lo más opaco de su pasado.
Evidentemente, Obama superó satisfactoriamente todas las dudas que su pasado pudieran proyectar sobre su actuación como Jefe del Estado. En caso contrario, no hubiera sido electo presidente.
Entre esas dudas, la más insistente era la sospecha de que Obama, que se declaraba cristiano, ocultaba su pasado musulmán.
Casi dos años antes de que el 4 de Noviembre de 2008 ganara las elecciones presidenciales, el director de la campaña electoral, Robert Gibbs, creyó necesafrio desmentir, y lo hizo de forma tajante,el supuesto islamismo del aspirante:
“El senador Obama”—desmintió rotundamente—“nunca ha sido musulmán”.
Pero dos meses más tarde, cuando informaciones difundidas confirmaban que solía acompañar a su padrastro, Lolo Soetoro, cuando asistía a las oraciones del viernes en la mezquita de Yakarta, matizó el mentís: “El senador Obama”—puntualizó—“nunca fue musulmán devoto”.
Naturalmente, ni aunque fuera el más ferviente seguidor del Profeta y de sus enseñanzas restaría legitimidad a su triunfo electoral ni limitaría la confianza en que, como Presidente, defenderá los intereses de los Estados Unidos, un país en el que la libertad no tiene otro límite que el de las leyes y en el que la Ley garantiza igualdad a los seguidores de todas las religiones y a los que no siguen ninguna.
Pero la reiterada declaración de Obama de que no es musulmán sino cristiano, ¿la admiten los musulmanes?
Esa es la duda que persiste porque, para los seguidores del Islam, la práctica de la religión no es condición indispensable para considerar musulmán a alguien, sino descender directamente por línea paterna de musulmanes.
El abuelo y el padre de Obama fueron musulmanes por lo que el Presidente de los Estados, aunque haya dejado de seguir los preceptos del Islam y se declare cristiano, para los ortodoxos de la fe de sus antepasados sigue siendo musulmán.
En ese caso Obama es, para los musulmanes integristas, un “murtadd”, un apóstata.
“Un hombre que abandone el Islam y la lucha por Alá y su Profeta debe ser muerto crucificado o privado de la vida”.
Son palabras coincidentes sobre el castigo a los apóstatas de los doctos islamistas al-Bayhaqi y al-Kubra en sus sunnas, la recopilación de dichos y hechos del Profeta, en que se fundamenta la ley islámica.
Se sabe que rezó como un moro más en la mezquita, que moro fué para sus conocidos, que es moro el nombre al que responde y que moros fueron su abuelo paterno, su padre y su padrastro.
Si pese a todo dice que no es moro habrá que creerlo, porque ¿quién se atreve, sin miedo a que le mande la sexta flota, a dudar de la palabra del Presidente de los Estados Unidos?
Diferente sería si, en lugar de llamarse Barack Hussein Obama, el presunto moro fuera George Walker Bush.
Sobraría, en caso de que la duda sobre las convicciones religiosas de Obama se refirieran a Bush, lo de “presunto” que, por cierto, es como en Portugal se conoce al jamón, del que los moros huyen más despavoridos que Satanás del agua bendita.
En contra de lo que creen lo que lo desconocen, el sistema político norteamericano tiene de folklórico solamente la apariencia porque el escrutinio al que se ve sometido el candidato a ser electo en los Estados Unidos, sobre todo si aspira a la Presidencia, deja en evidencia hasta lo más opaco de su pasado.
Evidentemente, Obama superó satisfactoriamente todas las dudas que su pasado pudieran proyectar sobre su actuación como Jefe del Estado. En caso contrario, no hubiera sido electo presidente.
Entre esas dudas, la más insistente era la sospecha de que Obama, que se declaraba cristiano, ocultaba su pasado musulmán.
Casi dos años antes de que el 4 de Noviembre de 2008 ganara las elecciones presidenciales, el director de la campaña electoral, Robert Gibbs, creyó necesafrio desmentir, y lo hizo de forma tajante,el supuesto islamismo del aspirante:
“El senador Obama”—desmintió rotundamente—“nunca ha sido musulmán”.
Pero dos meses más tarde, cuando informaciones difundidas confirmaban que solía acompañar a su padrastro, Lolo Soetoro, cuando asistía a las oraciones del viernes en la mezquita de Yakarta, matizó el mentís: “El senador Obama”—puntualizó—“nunca fue musulmán devoto”.
Naturalmente, ni aunque fuera el más ferviente seguidor del Profeta y de sus enseñanzas restaría legitimidad a su triunfo electoral ni limitaría la confianza en que, como Presidente, defenderá los intereses de los Estados Unidos, un país en el que la libertad no tiene otro límite que el de las leyes y en el que la Ley garantiza igualdad a los seguidores de todas las religiones y a los que no siguen ninguna.
Pero la reiterada declaración de Obama de que no es musulmán sino cristiano, ¿la admiten los musulmanes?
Esa es la duda que persiste porque, para los seguidores del Islam, la práctica de la religión no es condición indispensable para considerar musulmán a alguien, sino descender directamente por línea paterna de musulmanes.
El abuelo y el padre de Obama fueron musulmanes por lo que el Presidente de los Estados, aunque haya dejado de seguir los preceptos del Islam y se declare cristiano, para los ortodoxos de la fe de sus antepasados sigue siendo musulmán.
En ese caso Obama es, para los musulmanes integristas, un “murtadd”, un apóstata.
“Un hombre que abandone el Islam y la lucha por Alá y su Profeta debe ser muerto crucificado o privado de la vida”.
Son palabras coincidentes sobre el castigo a los apóstatas de los doctos islamistas al-Bayhaqi y al-Kubra en sus sunnas, la recopilación de dichos y hechos del Profeta, en que se fundamenta la ley islámica.
jueves, 29 de enero de 2009
LAS AMARGAS TRIBULACIONES DE LA OPOSICION
Puede que sea democrático, pero no deja de ser injusto culpar de hacer lo que puede al que no lo dejen hacer lo que debe.
La injusticia roza el sarcasmo si lo que no dejan hacer al que hace lo que a los demás disgusta se lo impiden los mismos que lo culpan de que no lo haga.
No es un trabalenguas sino una enrevesada forma de describir lo que, una vez más, y va para cinco años que lleva intentándolo, le han vetado que haga al Partido Popular esta mañana del 29 de Enero de 2009.
Los de PP pretendían que el Presidente del Gobierno, su vicepresidente económico y el Ministro de Justicia distrajeran sus obligaciones de velar por el bienestar del país para explicar en el Congreso lo que están haciendo.
Se supone que es lo que los representantes de la oposición deben exigir, pero para que no pareciera un capricho, arguyeron la necesidad de esas explicaciones por el agravamiento de las ya ruinosas condiciones de la economía y la huelga inminente de jueces.
Su treta para que los tres esforzados gobernantes perdieran su tiempo, y después criticarlos porque no resuelven los problemas que más que a nadie los preocupan, les salió mal porque la Diputación Permanente del Congreso se percató de la aviesa intención de la maniobra y la rechazó.
Observadores neutrales de la actividad parlamentaria, que elogiaron la sagacidad de los representantes de los demás partidos al desenmascarar el ardid que una vez más intentaron los del PP, se admiraban de la tozudez de los Populares al insistir en la misma artimaña, pese a que la intentan sin éxito desde hace cinco años.
“No es culpa de ellos, sino de la educación fascista que recibieron. Si en los planes de estudio que siguieron”—comentó uno de esos observadores—“hubiera figurado como obligatoria la asignatura Educación para la Ciudadanía, habrían aprendido que la principal obligación de la oposición en una democracia es su consenso con el Gobierno”.
Un diputado del PP que oyó ese comentario intentó argumentar que la Democracia se fundamenta en el disenso y que son las Dictaduras las que no permiten las discrepancias, pero tuvo que retirarse abochornado por los abucheos.
El un rincón de la barra del bar del Congreso, en el que el abucheado del Partido Popular buscó refugio a la incomprensión de que se sentía víctima por el resto de los diputados, sólidamente apiñados contra los Representantes del único partido de la Oposición, se le oyó lamentarse:
--Somos oficialmente y queremos ser oposición, pero no nos dejan que lo seamos frente al Gobierno en el Congreso. Como en algún sitio tenemos que oponernos y no podemos más que dentro de nuestro propio partido, nos tachan de espías.
Absorto en su pesadumbre, del pecho del triste diputado se escapó un sonoro suspiro:
--Qué dura—se quejó—es la política cuando los que mandan son otros.
La injusticia roza el sarcasmo si lo que no dejan hacer al que hace lo que a los demás disgusta se lo impiden los mismos que lo culpan de que no lo haga.
No es un trabalenguas sino una enrevesada forma de describir lo que, una vez más, y va para cinco años que lleva intentándolo, le han vetado que haga al Partido Popular esta mañana del 29 de Enero de 2009.
Los de PP pretendían que el Presidente del Gobierno, su vicepresidente económico y el Ministro de Justicia distrajeran sus obligaciones de velar por el bienestar del país para explicar en el Congreso lo que están haciendo.
Se supone que es lo que los representantes de la oposición deben exigir, pero para que no pareciera un capricho, arguyeron la necesidad de esas explicaciones por el agravamiento de las ya ruinosas condiciones de la economía y la huelga inminente de jueces.
Su treta para que los tres esforzados gobernantes perdieran su tiempo, y después criticarlos porque no resuelven los problemas que más que a nadie los preocupan, les salió mal porque la Diputación Permanente del Congreso se percató de la aviesa intención de la maniobra y la rechazó.
Observadores neutrales de la actividad parlamentaria, que elogiaron la sagacidad de los representantes de los demás partidos al desenmascarar el ardid que una vez más intentaron los del PP, se admiraban de la tozudez de los Populares al insistir en la misma artimaña, pese a que la intentan sin éxito desde hace cinco años.
“No es culpa de ellos, sino de la educación fascista que recibieron. Si en los planes de estudio que siguieron”—comentó uno de esos observadores—“hubiera figurado como obligatoria la asignatura Educación para la Ciudadanía, habrían aprendido que la principal obligación de la oposición en una democracia es su consenso con el Gobierno”.
Un diputado del PP que oyó ese comentario intentó argumentar que la Democracia se fundamenta en el disenso y que son las Dictaduras las que no permiten las discrepancias, pero tuvo que retirarse abochornado por los abucheos.
El un rincón de la barra del bar del Congreso, en el que el abucheado del Partido Popular buscó refugio a la incomprensión de que se sentía víctima por el resto de los diputados, sólidamente apiñados contra los Representantes del único partido de la Oposición, se le oyó lamentarse:
--Somos oficialmente y queremos ser oposición, pero no nos dejan que lo seamos frente al Gobierno en el Congreso. Como en algún sitio tenemos que oponernos y no podemos más que dentro de nuestro propio partido, nos tachan de espías.
Absorto en su pesadumbre, del pecho del triste diputado se escapó un sonoro suspiro:
--Qué dura—se quejó—es la política cuando los que mandan son otros.
miércoles, 28 de enero de 2009
RECORDAR Y APRENDER
Si fuera verdad que la historia se repite, y aunque el parecido sea remoto, recordar acontecimientos del pasado puede arrojar alguna luz sobre algunos del presente que se le asemejan.
“The Economist” se preguntaba el 23 de noviembre de 1929: ¿“Puede el colapso de la bolsa provocar tan grave quebranto a la industria si, en general, la producción industrial parecía saludable y equilibrada? Coinciden los expertos en que cabe esperar algunos reveses, pero pasajeros, y sin que originen una depresión general”.
Se refería “The Economist” al hundimiento de la bolsa de Nueva York que un mes antes, los días 24, 28 y 29 de Octubre, inició la Gran Depresión que se contagió a las economías de todo el mundo.
Los primeros síntomas de la Depresión de 1929, como los de la actual, los acusó el sector inmobiliario norteamericano en 1925, y nadie hizo caso, cegados por la euforia y la prosperidad, a las advertencias contra el optmismo excesivo sustentado por la especulación.
Hasta el año 1954 el precio medio de las acciones negociadas en Wall Street no recuperó el valor previo al hundimiento de Octubre de 1929.
Ni para la Depresión que comenzó con el hundimiento de la Bolsa en 1929 ni para la que evidenció el afloramiento de las conocidas como “hipotecas basura” que ahora nos afecta hay explicaciones convincentes.
En los 25 años que puede que durara la Depresión iniciada en 1929, si sus efectos se dieran por concluidos en 1954, surgieron regímenes totalitarios en Italia, Alemania, Rusia y Japón que, gracias en parte al rearme impulsado por sus gobiernos, salieron de la depresión y lograron una prosperidad que desembocó en la segunda guerra mundial.
Inglaterra, los Estados Unidos y Francia, aunque conservaron sus sistemas políticos sin renunciar a la democracia electoral, también se sacudieron la depresión económica gracias, sobre todo, a las inversiones estatales en armamentos.
El rearme, aunque fuera una solución a corto plazo, desembocó en un conflicto mucho más indeseable que el que pareció resolver y es, afortunadamente, una receta de imposible aplicación en la situación actual.
Dos circunstancias que hace 80 años no se daban coinciden ahora contra la tentación del rearme para superar la crisis de la economía: la ausencia de ideologías totalitarias influyentes en los países industrializados y la capacidad ilimitada de destrucción que el progreso de la técnica permite a las armas modernas.
El miedo al peligro de una guerra en la que hasta los no combatientes serían víctimas, contra el miedo a la impaciencia por volver a la prosperidad perdida.
“The Economist” se preguntaba el 23 de noviembre de 1929: ¿“Puede el colapso de la bolsa provocar tan grave quebranto a la industria si, en general, la producción industrial parecía saludable y equilibrada? Coinciden los expertos en que cabe esperar algunos reveses, pero pasajeros, y sin que originen una depresión general”.
Se refería “The Economist” al hundimiento de la bolsa de Nueva York que un mes antes, los días 24, 28 y 29 de Octubre, inició la Gran Depresión que se contagió a las economías de todo el mundo.
Los primeros síntomas de la Depresión de 1929, como los de la actual, los acusó el sector inmobiliario norteamericano en 1925, y nadie hizo caso, cegados por la euforia y la prosperidad, a las advertencias contra el optmismo excesivo sustentado por la especulación.
Hasta el año 1954 el precio medio de las acciones negociadas en Wall Street no recuperó el valor previo al hundimiento de Octubre de 1929.
Ni para la Depresión que comenzó con el hundimiento de la Bolsa en 1929 ni para la que evidenció el afloramiento de las conocidas como “hipotecas basura” que ahora nos afecta hay explicaciones convincentes.
En los 25 años que puede que durara la Depresión iniciada en 1929, si sus efectos se dieran por concluidos en 1954, surgieron regímenes totalitarios en Italia, Alemania, Rusia y Japón que, gracias en parte al rearme impulsado por sus gobiernos, salieron de la depresión y lograron una prosperidad que desembocó en la segunda guerra mundial.
Inglaterra, los Estados Unidos y Francia, aunque conservaron sus sistemas políticos sin renunciar a la democracia electoral, también se sacudieron la depresión económica gracias, sobre todo, a las inversiones estatales en armamentos.
El rearme, aunque fuera una solución a corto plazo, desembocó en un conflicto mucho más indeseable que el que pareció resolver y es, afortunadamente, una receta de imposible aplicación en la situación actual.
Dos circunstancias que hace 80 años no se daban coinciden ahora contra la tentación del rearme para superar la crisis de la economía: la ausencia de ideologías totalitarias influyentes en los países industrializados y la capacidad ilimitada de destrucción que el progreso de la técnica permite a las armas modernas.
El miedo al peligro de una guerra en la que hasta los no combatientes serían víctimas, contra el miedo a la impaciencia por volver a la prosperidad perdida.
martes, 27 de enero de 2009
INMIGRACION Y CRISIS
Estaban convencidos los viejos hortelanos de mi tierra de que, gracias a los limos del Genil, sus naranjas tenían el singular dulzor al que aludía George Burrow en su libro “La Biblia en España”.
Como las de la mia, todas las tierras labrantías revitalizan su fertilidad por los aluviones que renuevan periódicamente la fecundidad de sus capas superiores, empobrecida por la sobreexplotación.
Como la feracidad de la tierra, el vigor de sus habitantes también se beneficia de los aluviones migratorios, pacíficos o violentos, de los pueblos que por ella han ido pasando y en la que se funden como sedimentos.
Fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, rifeños, almohades, almorávides y benimerines, en sucesivas riadas a lo largo de 30 siglos de historia, renovaron la vitalidad de los españoles.
Desde que en el siglo XVIII una somera riada controlada repobló parte de Andalucía con colonos centroeuropeos, la población de España no se había beneficiado de nuevos limos que vivificaran la exuberancia perdida.
Sobreexplotada, exhausta y envejecida, la población española estaba amenazada de esterilidad.
En 1996, el índice de natalidad era alarmante: solamente 1,16 nacimientos por mujer, dramáticamente insuficiente para mantener la población, abocada a extinguirse si la tendencia hubiera continuado.
Afortunadamente, se aliaron dos circunstancias opuestas entre sí, pero coincidentes en sus efectos: el auge económico de España y la penuria en muchos países del resto del mundo.
Gracias a ello, y en poco menos de diez años, España se benefició de la invasión extranjera más generosa y de mayor calidad de su larga historia de tierra invadida.
Porque, al contrario que en las riadas poblacionales anteriores, en las que llegaron casi exclusivamente varones, desde 1996 invadieron España tantas mujeres como hombres y, además, de países y razas diferentes.
La población española aumentó en diez años el diez por ciento y, de ese aumento, el 92 por ciento gracias a la emigración. La tasa de natalidad saltó a 1,5 nacimientos por mujer y, para dentro de diez años, habrá 50 millones de españoles, todavía lejos de la densidad de población de nuestros vecinos más prósperos.
Gracias a la bonanza española de aquellos años pasados y a la depresión en los países de los que procedían, llegaron a España inmigrantes de calidad depurada por un proceso natural de selección, porque solamente se atreven a buscar mejores horizontes los más sanos y los más audaces de los países de los que huyen.
Por si fuera poco, la diversidad racial y cultural de los nuevos españoles enriqueció a la sociedad excesivamente endogámica que los acogió y auguró un nuevo impulso de la España cuyo futuro colaborarán a diseñar.
Los más brillantes momentos de esplendor de la Historia de España llegaron cuando, una vez integrados en la población a la que habían invadido sus padres, los españoles resultantes de la fusión se sintieron plenamente españoles.
La mayor catástrofe de la crisis económica que nos afecta no sería el empobrecimiento económico, sino que frustrara la incipiente renovación que, gracias a los emigrantes atraídos por nuestra prosperidad pasada, nos garantiza el futuro.
Como las de la mia, todas las tierras labrantías revitalizan su fertilidad por los aluviones que renuevan periódicamente la fecundidad de sus capas superiores, empobrecida por la sobreexplotación.
Como la feracidad de la tierra, el vigor de sus habitantes también se beneficia de los aluviones migratorios, pacíficos o violentos, de los pueblos que por ella han ido pasando y en la que se funden como sedimentos.
Fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, rifeños, almohades, almorávides y benimerines, en sucesivas riadas a lo largo de 30 siglos de historia, renovaron la vitalidad de los españoles.
Desde que en el siglo XVIII una somera riada controlada repobló parte de Andalucía con colonos centroeuropeos, la población de España no se había beneficiado de nuevos limos que vivificaran la exuberancia perdida.
Sobreexplotada, exhausta y envejecida, la población española estaba amenazada de esterilidad.
En 1996, el índice de natalidad era alarmante: solamente 1,16 nacimientos por mujer, dramáticamente insuficiente para mantener la población, abocada a extinguirse si la tendencia hubiera continuado.
Afortunadamente, se aliaron dos circunstancias opuestas entre sí, pero coincidentes en sus efectos: el auge económico de España y la penuria en muchos países del resto del mundo.
Gracias a ello, y en poco menos de diez años, España se benefició de la invasión extranjera más generosa y de mayor calidad de su larga historia de tierra invadida.
Porque, al contrario que en las riadas poblacionales anteriores, en las que llegaron casi exclusivamente varones, desde 1996 invadieron España tantas mujeres como hombres y, además, de países y razas diferentes.
La población española aumentó en diez años el diez por ciento y, de ese aumento, el 92 por ciento gracias a la emigración. La tasa de natalidad saltó a 1,5 nacimientos por mujer y, para dentro de diez años, habrá 50 millones de españoles, todavía lejos de la densidad de población de nuestros vecinos más prósperos.
Gracias a la bonanza española de aquellos años pasados y a la depresión en los países de los que procedían, llegaron a España inmigrantes de calidad depurada por un proceso natural de selección, porque solamente se atreven a buscar mejores horizontes los más sanos y los más audaces de los países de los que huyen.
Por si fuera poco, la diversidad racial y cultural de los nuevos españoles enriqueció a la sociedad excesivamente endogámica que los acogió y auguró un nuevo impulso de la España cuyo futuro colaborarán a diseñar.
Los más brillantes momentos de esplendor de la Historia de España llegaron cuando, una vez integrados en la población a la que habían invadido sus padres, los españoles resultantes de la fusión se sintieron plenamente españoles.
La mayor catástrofe de la crisis económica que nos afecta no sería el empobrecimiento económico, sino que frustrara la incipiente renovación que, gracias a los emigrantes atraídos por nuestra prosperidad pasada, nos garantiza el futuro.
lunes, 26 de enero de 2009
VIVIR PELIGROSAMENTE
Ignoro si a los afortunados que viven peligrosamente les gustaría cambiarse por los condenados a una mansa vida subordinada, pero quienes estamos hastiados de la monotonía envidiamos a los protagonistas de la épica aventura de vivir.
Pasa inexorablemente el tiempo, nos quedamos en espectadores de gestas que otros interpretan y el tedio, sin darnos cuenta, diluye nuestros anhelos de gloria.
Ese veneno letal que para la fantasía es el realismo nos hace percatarnos de pronto de que ya es tarde para aventuras. Otras veces descubrimos que los ensueños que perseguíamos no eran más que falsas quimeras.
En el primero de los casos, dejamos de imaginarnos aguardando la pleamar frente a las costas del Guincho para penetrar por la rada de Estoril, superar la barra de Sao Juliao y, desde el submarino que capitaneamos, torpedear todos los navíos fondeados en Lisboa.
Esa sería una aventura salvaje y épica que solo podría acometer la intrepidez de un joven, y a la que un anciano prematuro como yo tiene que resignarse a renunciar.
Pero para espiar no hay límite de edad y ser espía puede ser tan satisfactorio, excitante y arriesgado como pirata sanguinario.
¿Quién no ha soñado con ser un James Bond y, emulando al agente de Su Majestad Británica y bajo el nombre castellano de Jaime Lazo, jugarse la vida sirviendo los intereses de Su Majestad Católica Don Juan Carlos Primero y de sus Españas?
Yo estaría dispuesto incluso a hacer el ridículo en la intimidad, sin que me desanimaran los gatillazos, con todas las espías enemigas a las que me viera obligado a seducir para realizar las misiones que se me encargaran.
De hecho, estuve a punto de ser espía porque fui muy buen amigo de Pachi Dezcallar y, cuando nombraron a su hermano Jorge Director del Cesid, consideré pedirle que me recomendara para espiar lo que hiciera falta.
Mi cortedad frenó solicitarle el favor, y ahora me alegro porque, gracias a la transcripción de los informes de los espías del Partido Popular que ha publicado el periódico El País, me he dado cuenta de que ser esa clase de espía no merece la pena.
Para dedicarme a tomar nota de la hora a la que coge el coche el espiado, a la que llega a su oficina, a la que sale para ir a comer y a la que vuelve, prefiero seguir como estoy.
Es mucho más excitante averiguar las concomitancias del compañero Obama con la socialdemocracia.
Pasa inexorablemente el tiempo, nos quedamos en espectadores de gestas que otros interpretan y el tedio, sin darnos cuenta, diluye nuestros anhelos de gloria.
Ese veneno letal que para la fantasía es el realismo nos hace percatarnos de pronto de que ya es tarde para aventuras. Otras veces descubrimos que los ensueños que perseguíamos no eran más que falsas quimeras.
En el primero de los casos, dejamos de imaginarnos aguardando la pleamar frente a las costas del Guincho para penetrar por la rada de Estoril, superar la barra de Sao Juliao y, desde el submarino que capitaneamos, torpedear todos los navíos fondeados en Lisboa.
Esa sería una aventura salvaje y épica que solo podría acometer la intrepidez de un joven, y a la que un anciano prematuro como yo tiene que resignarse a renunciar.
Pero para espiar no hay límite de edad y ser espía puede ser tan satisfactorio, excitante y arriesgado como pirata sanguinario.
¿Quién no ha soñado con ser un James Bond y, emulando al agente de Su Majestad Británica y bajo el nombre castellano de Jaime Lazo, jugarse la vida sirviendo los intereses de Su Majestad Católica Don Juan Carlos Primero y de sus Españas?
Yo estaría dispuesto incluso a hacer el ridículo en la intimidad, sin que me desanimaran los gatillazos, con todas las espías enemigas a las que me viera obligado a seducir para realizar las misiones que se me encargaran.
De hecho, estuve a punto de ser espía porque fui muy buen amigo de Pachi Dezcallar y, cuando nombraron a su hermano Jorge Director del Cesid, consideré pedirle que me recomendara para espiar lo que hiciera falta.
Mi cortedad frenó solicitarle el favor, y ahora me alegro porque, gracias a la transcripción de los informes de los espías del Partido Popular que ha publicado el periódico El País, me he dado cuenta de que ser esa clase de espía no merece la pena.
Para dedicarme a tomar nota de la hora a la que coge el coche el espiado, a la que llega a su oficina, a la que sale para ir a comer y a la que vuelve, prefiero seguir como estoy.
Es mucho más excitante averiguar las concomitancias del compañero Obama con la socialdemocracia.
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