En el umbral de la segunda fase de su excitante vida, a punto de cumplir siete años, Miguel, el mayor de los nietos, está descubriendo nuevos desafíos en los que empeñarse: la investigación científica y la exploración del paisaje.
Será porque ya ha derrotado a todos los malandrines, trasgos, dragones y piratas con los que se enfrentó en su primera infancia.
Tuvo como modelos a Superman, Batman, Spiderman y otros héroes importados aunque, fiel a la cultura de sus mayores, a Batman lo llama “el hombre pachocha” y “hombre mojaño” a Spiderman.
Afortunadamente, cada vez tiene más como espejo a su padre, Joaquín, y menos a los mitos de los comics.
También Miguel es idolatrado, sobre todo por su primo Juan, más bien reprimo, porque el padre de Miguel es hermano del de Juan, Pablo, y la madre de Juan, Verónica, hermana de la de Miguel, Belén.
ESPINELA DEL JUSTICIERO
Pobre dragón sanguinario,
tiburón de hambre voraz
o traicionero y falaz
patrón de barco corsario.
Si no tenéis adversario
que os haga de malos buenos
ni se atreva a poner freno
a vuestra conducta cruel,
vendrá mi nieto, Miguel,
a aplastaros como un trueno.
sábado, 15 de noviembre de 2008
viernes, 14 de noviembre de 2008
CONSEJOS IMPRUDENTES
Hay ocasiones afortunadas en las que informaciones que se difunden como noticias se demuestran falsas, o pierden su categoría inicial de noticia para quedar en trivial rumor sin fundamento.
Ojalá sea ese el caso del supuesto contenido del discurso que el Presidente del Gobierno pronunciará en la reunión en la que, con otros 21, mantendrá en Washington para poner en marcha un plan mundial contra las dificultades por las que atraviesa la economía.
Se dice que el Presidente, basándose en textos elaborados bajo la dirección de sus consejeros José Blanco y Jesús Caldera, trazará el análisis de la crisis actual hasta identificar sus orígenes con las políticas neoliberales de la británica Margaret Thatcher y del norteamericano Ronald Reagan.
Los ciudadanos de los Estados Unidos son envidiablemente celosos de su bandera y de la Jefatura de su Estado, como símbolos de la tenaz lucha por la Independencia de su país, de la que se sienten cotidianamente responsables.
Criticar en público la política de su antecesor una vez fuera de la Casa Blanca es una bajeza que ningún presidente ha cometido, ni permitiría que cometiera nadie en su presencia, y menos a un extranjero, en la residencia que el criticado ocupó, y en su ausencia.
Es inconcebible que sus consejeros recomienden al Presidente del Gobierno español esa torpeza y, en caso de que así hubiera sido, sería una atrocidad que siguiera sus consejos.
El error de quedarse sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos sería una trivialidad en comparación con el que supuestamente le proponen.
Si sus consejeros calculan que con ello se ganarían la simpatía de Barak Obama en la que tan ingenuamente confían, están equivocados.
Si el que será presidente de los Estados Unidos a partir del 20 de Enero distinguiera especialmente al gobernante de un país que se hubiera atrevido a criticar en la Casa Blanca a uno de sus antecesores en el cargo, no se lo perdonarían los que lo eligieron el 4 de Noviembre.
Seguir los supuestos consejos de Caldera y Blanco en la reunión de Washington sería un segundo tropiezo en la misma piedra y las magulladuras de éste serían todavía peores que las que ha tenido que sufrir España por haber permanecido sentado al paso de la bandera.
Ojalá sea ese el caso del supuesto contenido del discurso que el Presidente del Gobierno pronunciará en la reunión en la que, con otros 21, mantendrá en Washington para poner en marcha un plan mundial contra las dificultades por las que atraviesa la economía.
Se dice que el Presidente, basándose en textos elaborados bajo la dirección de sus consejeros José Blanco y Jesús Caldera, trazará el análisis de la crisis actual hasta identificar sus orígenes con las políticas neoliberales de la británica Margaret Thatcher y del norteamericano Ronald Reagan.
Los ciudadanos de los Estados Unidos son envidiablemente celosos de su bandera y de la Jefatura de su Estado, como símbolos de la tenaz lucha por la Independencia de su país, de la que se sienten cotidianamente responsables.
Criticar en público la política de su antecesor una vez fuera de la Casa Blanca es una bajeza que ningún presidente ha cometido, ni permitiría que cometiera nadie en su presencia, y menos a un extranjero, en la residencia que el criticado ocupó, y en su ausencia.
Es inconcebible que sus consejeros recomienden al Presidente del Gobierno español esa torpeza y, en caso de que así hubiera sido, sería una atrocidad que siguiera sus consejos.
El error de quedarse sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos sería una trivialidad en comparación con el que supuestamente le proponen.
Si sus consejeros calculan que con ello se ganarían la simpatía de Barak Obama en la que tan ingenuamente confían, están equivocados.
Si el que será presidente de los Estados Unidos a partir del 20 de Enero distinguiera especialmente al gobernante de un país que se hubiera atrevido a criticar en la Casa Blanca a uno de sus antecesores en el cargo, no se lo perdonarían los que lo eligieron el 4 de Noviembre.
Seguir los supuestos consejos de Caldera y Blanco en la reunión de Washington sería un segundo tropiezo en la misma piedra y las magulladuras de éste serían todavía peores que las que ha tenido que sufrir España por haber permanecido sentado al paso de la bandera.
jueves, 13 de noviembre de 2008
TIMOS, TIMADORES Y TIMADOS
¿Basta la bribonada del estafador y el candor del estafado para posibilitar la estafa?
Sospecho que tienen que aliarse circunstancias más complejas a esas tan simples para la consumación del timo.
Para salir de esa duda que desvela a más de un filósofo, nadie presenta mejores credenciales que el afamado doctor Brainwise.
El doctor Shlomo Brainwise, jefe de investigación experimental del departamento de estudios del comportamiento anómalo, de la Facultad de Ciencias Psíquicas y Mentales de la Universidad de Des Moines (Iowa), para ponerle certeramente el cascabel a ese gato, exigió:
--Ponga un ejemplo concreto a esa cuestión abstracta.
Concentró su atención en limpiar los cristales de sus gafas con un clínex mientras movía acompasadamente la cana melena de paje, como asintiendo al relato de ejemplo.
--Hacía años que los atentados de unos terroristas eran el principal motivo de preocupación de los ciudadanos que viven entre Andorra y Gibraltar. Ni la aplicación más estricta de la ley, ni gestos conciliadores y contactos exploratorios habían conseguido acabar con su intransigencia.
Después de un período razonablemente prolongado, en que el acoso de la policía y el rechazo concertado de los representantes de la sociedad parecían a punto de derrotarlos, se produjo un cambio en el gobierno.
Al nuevo mandamás se le ocurrió que la mejor manera de acabar con los terroristas era negociar con ellos. Disculpaba los claros indicios de que seguían empeñados en sus fechorías, rechazaba las advertencias de sus adversarios políticos de que lo estaban engañando y se empecinó en negociar, hasta que asesinaron a tres ciudadanos e hicieron reventar una bomba en un aeropuerto, que mató a otros dos.
Se demostró que había ocultado datos, que si no había mentido tampoco dijo toda la verdad y descargó en la oposición el fracaso de su tentativa. Un fraude. Pero lo reeligieron, ¿por qué?
--Porque los ciudadanos, íntimamente, se sentían culpables de haber confiado en lo que les decía, pero eran tan incapaces como el que los indujo a admitir su culpa. Al absolverlo con su voto, se autoabsolvian. Inconscientemente, prolongaron la quimera de una posible paz negociada, que habían aceptado como lo más cómodo para resolver el problema. ¿Nada más?
--En la campaña electoral, negó tajantemente el vaticinio de la oposición de que dificultades que apuntaban los indicadores de la economía desembocarían en una grave crisis, a menos que el gobierno dictara normas para frenar el despilfarro. Rechazó esas advertencias, garantizó un futuro ilimitado de prosperidad y acusó de antipatriotas a los que advertían de lo contrario.
Una vez reelecto, y aunque nunca reconoció que su pronóstico había sido erróneo, se erigió en abanderado de la lucha contra el desastre económico que antes negaba. Y casi los mismos a los que engañó dicen que siguen creyéndolo. ¿Por qué?
--Porque a la gente, si tiene que escoger entre quien le asegura que todo va bien y quien le avisa de que se avecinan malos tiempos si no reduce sus dispendios, se queda con el primero.
-- Entonces, profesor Brainwise, ¿basta la bribonada del estafador y el candor del estafado para que sea posible la estafa?
--En absoluto. El estafador necesita que su víctima crea que espera obtener ventajas que compensen el riesgo del engaño.
--El estafador, mi querido amigo,-- sentenció el sabio—necesita la complicidad de su víctima.
-- ¿Y nunca escarmentará?
--Cuando se convenza de que Dios está demasiado alto y el Zar demasiado lejos como para fiarse de su ayuda. Cuando aprenda que, para conseguir un duro, tiene que pagar cinco, y no cuatro pesetas.
Sospecho que tienen que aliarse circunstancias más complejas a esas tan simples para la consumación del timo.
Para salir de esa duda que desvela a más de un filósofo, nadie presenta mejores credenciales que el afamado doctor Brainwise.
El doctor Shlomo Brainwise, jefe de investigación experimental del departamento de estudios del comportamiento anómalo, de la Facultad de Ciencias Psíquicas y Mentales de la Universidad de Des Moines (Iowa), para ponerle certeramente el cascabel a ese gato, exigió:
--Ponga un ejemplo concreto a esa cuestión abstracta.
Concentró su atención en limpiar los cristales de sus gafas con un clínex mientras movía acompasadamente la cana melena de paje, como asintiendo al relato de ejemplo.
--Hacía años que los atentados de unos terroristas eran el principal motivo de preocupación de los ciudadanos que viven entre Andorra y Gibraltar. Ni la aplicación más estricta de la ley, ni gestos conciliadores y contactos exploratorios habían conseguido acabar con su intransigencia.
Después de un período razonablemente prolongado, en que el acoso de la policía y el rechazo concertado de los representantes de la sociedad parecían a punto de derrotarlos, se produjo un cambio en el gobierno.
Al nuevo mandamás se le ocurrió que la mejor manera de acabar con los terroristas era negociar con ellos. Disculpaba los claros indicios de que seguían empeñados en sus fechorías, rechazaba las advertencias de sus adversarios políticos de que lo estaban engañando y se empecinó en negociar, hasta que asesinaron a tres ciudadanos e hicieron reventar una bomba en un aeropuerto, que mató a otros dos.
Se demostró que había ocultado datos, que si no había mentido tampoco dijo toda la verdad y descargó en la oposición el fracaso de su tentativa. Un fraude. Pero lo reeligieron, ¿por qué?
--Porque los ciudadanos, íntimamente, se sentían culpables de haber confiado en lo que les decía, pero eran tan incapaces como el que los indujo a admitir su culpa. Al absolverlo con su voto, se autoabsolvian. Inconscientemente, prolongaron la quimera de una posible paz negociada, que habían aceptado como lo más cómodo para resolver el problema. ¿Nada más?
--En la campaña electoral, negó tajantemente el vaticinio de la oposición de que dificultades que apuntaban los indicadores de la economía desembocarían en una grave crisis, a menos que el gobierno dictara normas para frenar el despilfarro. Rechazó esas advertencias, garantizó un futuro ilimitado de prosperidad y acusó de antipatriotas a los que advertían de lo contrario.
Una vez reelecto, y aunque nunca reconoció que su pronóstico había sido erróneo, se erigió en abanderado de la lucha contra el desastre económico que antes negaba. Y casi los mismos a los que engañó dicen que siguen creyéndolo. ¿Por qué?
--Porque a la gente, si tiene que escoger entre quien le asegura que todo va bien y quien le avisa de que se avecinan malos tiempos si no reduce sus dispendios, se queda con el primero.
-- Entonces, profesor Brainwise, ¿basta la bribonada del estafador y el candor del estafado para que sea posible la estafa?
--En absoluto. El estafador necesita que su víctima crea que espera obtener ventajas que compensen el riesgo del engaño.
--El estafador, mi querido amigo,-- sentenció el sabio—necesita la complicidad de su víctima.
-- ¿Y nunca escarmentará?
--Cuando se convenza de que Dios está demasiado alto y el Zar demasiado lejos como para fiarse de su ayuda. Cuando aprenda que, para conseguir un duro, tiene que pagar cinco, y no cuatro pesetas.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
WASHINGTON: REUNION DE PASTORES
Me ha parecido percibir una confusa algarabía de rumores sobre no sé qué cita de notables en Washington para encontrar remedio a supuestas dificultades económicas que sufre el mundo.
Por la jerarquía de los convocados inicialmente, y por el prestigio del que ha conseguido colarse de rondón, más nos vale andarnos con tiento a los que vamos a sufrir lo que decidan, y encomendarnos a los más reputados expertos en taumaturgia.
Porque parece que quienes se han atribuido la responsabilidad de buscar solución a la supuesta dificultad por la que atraviesa el mundo son los mismos que tenían obligación de atajar el problema antes de que degenerara en crisis.
Una de dos: o dejaron deliberadamente que la cosa empeorara para que su solución los haga merecer estatuas, o fallarán en el tratamiento de la enfermedad tanto como en su diagnóstico.
Más bien parece lo segundo porque, aparte del saudí, al que su mar subterráneo de petróleo lo mantiene a flote, los países de todos los demás asistentes a la reunión están zozobrando y a punto de hundirse.
Si cuando el mal era un simple catarro no supieron curarlo, ¿cómo pueden esperar que confiemos en que ahora, cuando ha evolucionado a una neumonía casi terminal, eviten el desenlace previsible?
Hay uno en particular que, hasta que logró ganar las elecciones, se empecinó en que los votantes creyeran que el país que gobernaría sería la Arcadia del pintor romántico Friedrich August von Kaulbach.
Los votantes, naturalmente, lo creyeron y respaldaron, desoyendo la advertencia de la oposición de que el lobo de la crisis ya había asomado sus orejas.
Una vez que los votantes del territorio comprendido entre Andorra y Gibraltar le dieron los votos que negaron al líder de la oposición, del que puso en duda su patriotismo por alertar sobre la inminencia de la crisis, acabó aceptándola, primero a regañadientes y después autoproclamándose adalid en su combate.
Con tanto empeño ha abrazado la nueva cruzada, que se movió de Pekín a San Salvador para que lo admitieran en el cónclave de Washington.
Lo consiguió finalmente porque su país es uno de los de economía más pujante del mundo, pero no parece el más idóneo para representar a su país.
Una persona formal, capaz de mirar a la cara a su interlocutor sin sonrojarse, hubiera admitido su error o su ardid para seguir en el machito, se habría retirado a la privacidad de una vida descasada lejos del mundanal ruido y habría cedido a otro menos contumaz en la negación de la crisis la responsabilidad de ayudar a salir de ella.
Pero política y formalidad parecen incompatibles. Por eso, el que hasta ayer la negaba, representará a España a en la sesión clínica de Washington para decidir el tratamiento contra la enfermedad que aqueja al mundo.
Si todos los demás están tan calificados como el que envía España, no tenemos salvación. Con guardianes así, el lobo de la crisis se va a dar un festín.
Reunión de pastores, oveja muerta.
Por la jerarquía de los convocados inicialmente, y por el prestigio del que ha conseguido colarse de rondón, más nos vale andarnos con tiento a los que vamos a sufrir lo que decidan, y encomendarnos a los más reputados expertos en taumaturgia.
Porque parece que quienes se han atribuido la responsabilidad de buscar solución a la supuesta dificultad por la que atraviesa el mundo son los mismos que tenían obligación de atajar el problema antes de que degenerara en crisis.
Una de dos: o dejaron deliberadamente que la cosa empeorara para que su solución los haga merecer estatuas, o fallarán en el tratamiento de la enfermedad tanto como en su diagnóstico.
Más bien parece lo segundo porque, aparte del saudí, al que su mar subterráneo de petróleo lo mantiene a flote, los países de todos los demás asistentes a la reunión están zozobrando y a punto de hundirse.
Si cuando el mal era un simple catarro no supieron curarlo, ¿cómo pueden esperar que confiemos en que ahora, cuando ha evolucionado a una neumonía casi terminal, eviten el desenlace previsible?
Hay uno en particular que, hasta que logró ganar las elecciones, se empecinó en que los votantes creyeran que el país que gobernaría sería la Arcadia del pintor romántico Friedrich August von Kaulbach.
Los votantes, naturalmente, lo creyeron y respaldaron, desoyendo la advertencia de la oposición de que el lobo de la crisis ya había asomado sus orejas.
Una vez que los votantes del territorio comprendido entre Andorra y Gibraltar le dieron los votos que negaron al líder de la oposición, del que puso en duda su patriotismo por alertar sobre la inminencia de la crisis, acabó aceptándola, primero a regañadientes y después autoproclamándose adalid en su combate.
Con tanto empeño ha abrazado la nueva cruzada, que se movió de Pekín a San Salvador para que lo admitieran en el cónclave de Washington.
Lo consiguió finalmente porque su país es uno de los de economía más pujante del mundo, pero no parece el más idóneo para representar a su país.
Una persona formal, capaz de mirar a la cara a su interlocutor sin sonrojarse, hubiera admitido su error o su ardid para seguir en el machito, se habría retirado a la privacidad de una vida descasada lejos del mundanal ruido y habría cedido a otro menos contumaz en la negación de la crisis la responsabilidad de ayudar a salir de ella.
Pero política y formalidad parecen incompatibles. Por eso, el que hasta ayer la negaba, representará a España a en la sesión clínica de Washington para decidir el tratamiento contra la enfermedad que aqueja al mundo.
Si todos los demás están tan calificados como el que envía España, no tenemos salvación. Con guardianes así, el lobo de la crisis se va a dar un festín.
Reunión de pastores, oveja muerta.
martes, 11 de noviembre de 2008
GUERRA Y ETICA
Las fuerzas españolas enviadas a Irak tres meses después de la derrota militar de Sadam Hussein se retiraron porque, dijo cuatro años más tarde el presidente del gobierno que ordenó la retirada, “la guerra, además de mal enfocada, había sido ilegal”.
Tan mal enfocada que el ejercito atacante aniquiló al atacado a las tres semanas de bombardeo y, prácticamente, sin enfrentamiento directo entre los combatientes.
Si el éxito de una guerra lo mide la derrota del enemigo con el menor costo posible de bajas propias, pocas guerras en la larga historia bélica de la humanidad estuvieron mejor enfocadas que la de Irak en marzo-abril de 2003.
¿Fue legal? ¿Qué guerra lo es?
La sentencia del pleito sobre la legalidad de una guerra,idealismos aparte, la pronuncia el vencedor porque establecer una relación entre ética y guerra es tan disparatado como distinguir el color por los olores.
La experiencia ha demostrado, por desgracia que, si la campaña para derrotar militarmente a Irak estuvo bien enfocada porque logró su objetivo, fue un error la ocupación del territorio para imponer a sus habitantes un régimen político afín a los vencedores y ajeno a los vencidos.
El mismo error en el que están incurriendo en Afganistán los soldados de la coalición internacional participada por España y que ya ha costado la vida a 88 de los militares españoles.
A los ejércitos de la coalición internacional les han encomendado sus gobiernos una quimera tan irrealizable en Irak y Afganistán como en cualquier país al que hayan sido destinados para imponer normas de conducta política extrañas a su cultura.
En todas esas misiones el fracaso es predecible e inevitable. Antes de pastorear a los habitantes de esos países a un sistema de autogobierno que se fundamente en la división de poderes, los nativos deberían asumir que el poder, compartimentado en legislativo, ejecutivo y judicial, no es patrimonio exclusivo ni lo ejerce directamente Dios.
Una vez que los pueblos a los que se quiere ayudar a organizarse democráticamente acepten que el poder lo ejercen de forma legítima sus gobernantes por delegación de quienes los elijan libremente, las democracias occidentales podrán aconsejarles cómo perfeccionar sus sistemas políticos.
Hasta entonces, más les valdría a las potencias occidentales renunaciar a conducir a la fuerza hacia donde no quieren ir a pueblos que no aceptan la division de poderes, dejarlos que se organicen como quieran y, si suponen una amenaza para los vecinos que no sean de su cultura, meterlos en cintura con campañas como la que, en tres semanas, acabó con la tiranía expansionista de Sadam Hussein.
Pero que no vuelvan a caer nunca en la tentación de ocupar sus territorios.
Quo usque tamdem abutere, Catlina, patientia nostra?
Tan mal enfocada que el ejercito atacante aniquiló al atacado a las tres semanas de bombardeo y, prácticamente, sin enfrentamiento directo entre los combatientes.
Si el éxito de una guerra lo mide la derrota del enemigo con el menor costo posible de bajas propias, pocas guerras en la larga historia bélica de la humanidad estuvieron mejor enfocadas que la de Irak en marzo-abril de 2003.
¿Fue legal? ¿Qué guerra lo es?
La sentencia del pleito sobre la legalidad de una guerra,idealismos aparte, la pronuncia el vencedor porque establecer una relación entre ética y guerra es tan disparatado como distinguir el color por los olores.
La experiencia ha demostrado, por desgracia que, si la campaña para derrotar militarmente a Irak estuvo bien enfocada porque logró su objetivo, fue un error la ocupación del territorio para imponer a sus habitantes un régimen político afín a los vencedores y ajeno a los vencidos.
El mismo error en el que están incurriendo en Afganistán los soldados de la coalición internacional participada por España y que ya ha costado la vida a 88 de los militares españoles.
A los ejércitos de la coalición internacional les han encomendado sus gobiernos una quimera tan irrealizable en Irak y Afganistán como en cualquier país al que hayan sido destinados para imponer normas de conducta política extrañas a su cultura.
En todas esas misiones el fracaso es predecible e inevitable. Antes de pastorear a los habitantes de esos países a un sistema de autogobierno que se fundamente en la división de poderes, los nativos deberían asumir que el poder, compartimentado en legislativo, ejecutivo y judicial, no es patrimonio exclusivo ni lo ejerce directamente Dios.
Una vez que los pueblos a los que se quiere ayudar a organizarse democráticamente acepten que el poder lo ejercen de forma legítima sus gobernantes por delegación de quienes los elijan libremente, las democracias occidentales podrán aconsejarles cómo perfeccionar sus sistemas políticos.
Hasta entonces, más les valdría a las potencias occidentales renunaciar a conducir a la fuerza hacia donde no quieren ir a pueblos que no aceptan la division de poderes, dejarlos que se organicen como quieran y, si suponen una amenaza para los vecinos que no sean de su cultura, meterlos en cintura con campañas como la que, en tres semanas, acabó con la tiranía expansionista de Sadam Hussein.
Pero que no vuelvan a caer nunca en la tentación de ocupar sus territorios.
Quo usque tamdem abutere, Catlina, patientia nostra?
lunes, 10 de noviembre de 2008
MORIR EN AFGANISTAN
Los ha matado el fanatismo del conductor suicida de un camión cargado de explosivos, pero su muerte es una consecuencia previsible del choque de intereses en Afganistan de las dos superpotencias de la guerra fría.
Antecedentes de la muerte de los militares españoles Rubén Alonso Ríos y Juan Andrés Suárez:
Agosto de 1978: La Unión Soviética, que todavía disputaba la hegemonía mundial a los Estados Unidos, despliega su 40 ejército en Afganistán, con el fin declarado de ayudar al gobierno comunista afgano, acosado por la guerrilla fundamentalista musulmana.
Lo que realmente perseguía la invasión militar soviética era uno de los objetivos tradicionales rusos: una salida al Océano Indico, del que solo la separaría Pakistán tras ocupar Afganistán.
El gobierno pakistaní por miedo a la amenaza soviética y el de Arabia Saudita, para ayudar a sus correligionarios mujaidines contra el ateismo comunista, apoyaron a los integristas musulmanes rebeldes, alentados por los Estados Unidos, por medio de su CIA.
El Presidente Jimmy Carter, a pesar de la ingenuidad inicial de su política pacifista, tuvo que admitir la necesidad de enfrentarse a la intervención soviética en Afganistán como una amenaza a toda la región del Golfo Pérsico y, con la llegada al poder de Ronald Reagan, comenzó a materializarse el apoyo activo norteamericano.
“La guerra de Charlie Wilson”, publicado por la Editorial Almuzara, pormenoriza la decisiva ayuda militar norteamericana para que los mujahidines derrotaran a los soviéticos y los expulsaran de Afganistán, lo que se consumó el 15 de Febrero de 1989.
La acelerada erosión del comunismo y la caída en Noviembre de 1989 del muro de Berlín, que simbolizó el derrumbamiento comunista, se debieron en parte al descontento interno por el desastre militar de Afganistán.
Diez años más tarde, mujahidines a los que los Estados Unidos habían ayudado y entrenado para derrotar a los soviéticos, participaron como protagonistas o cómplices en el choque de aviones secuestrados contra las torres gemelas de Manhattan.
El atentado no tenía móviles estratégicos ni de conquista. Solamente castigar el que consideraban centro de una cultura infiel, incompatible con la de los creyentes musulmanes, la única verdadera.
Como represalia, los Estados Unidos capitanearon la coalición armada contra Afganistán, que todavía colea, en uno de cuyos episodios han muerto los dos militares españoles,
La Unión Soviética y Estados Unidos cometieron el mismo error: pretender desplazar por la suya la civilización de un país, sin suplantar previamente su cultura.
Romanos, musulmanes, españoles e ingleses no lo hicieron así.
Los tres primeros dosificaron sabiamente el exterminio de los habitantes de las tierras en las que querían imponer su civilización y el mestizaje de los de individuos de la cultura invasora con los de la cultura invadida.
Crearon así el conjunto de símbolos, creencias, costumbres y mitos sobre los que se basaran las normas y leyes que regularan la sociedad de la nueva civilización.
En los territorios en los que implantaron la suya, los ingleses exterminaron previamente a la población nativa y la reemplazaron por la traída de fuera. Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda o Gibraltar son ejemplos.
En otros territorios donde los ingleses estuvieron, se limitaron a explotarlos como colonias, sin mezclarse con los nativos ni interferir decididamente en sus creencias, base de sus culturas: Egipto, Pakistán, India, etc.
Antes de que lo hicieran la Unión Soviética o los Estados Unidos, Alejandro Magno desde el Oeste, los budistas del imperio Kushan desde el este y los ingleses el siglo pasado ocuparon y perdieron Afganistán, pero sin pretender suplantar su cultura.
Lo hicieron, en cambio, los musulmanes que llegaron poco después que a España, acabaron con las religiones locales de sus habitantes y los unieron en el monoteísmo fanático del Islam, basado en el monopolio único del poder por parte de Dios.
Para que los intentos civilizadores de soviéticos o norteamericanos hubieran fraguado en Afganistán, tendrían que haber convertido a los afganos antes a sus religiones: que el poder lo monopoliza el Partido o que reside en el Pueblo. Para un musulmán eso hubiera sido una blasfemia, incompatible con la religión de su cultura.
Antecedentes de la muerte de los militares españoles Rubén Alonso Ríos y Juan Andrés Suárez:
Agosto de 1978: La Unión Soviética, que todavía disputaba la hegemonía mundial a los Estados Unidos, despliega su 40 ejército en Afganistán, con el fin declarado de ayudar al gobierno comunista afgano, acosado por la guerrilla fundamentalista musulmana.
Lo que realmente perseguía la invasión militar soviética era uno de los objetivos tradicionales rusos: una salida al Océano Indico, del que solo la separaría Pakistán tras ocupar Afganistán.
El gobierno pakistaní por miedo a la amenaza soviética y el de Arabia Saudita, para ayudar a sus correligionarios mujaidines contra el ateismo comunista, apoyaron a los integristas musulmanes rebeldes, alentados por los Estados Unidos, por medio de su CIA.
El Presidente Jimmy Carter, a pesar de la ingenuidad inicial de su política pacifista, tuvo que admitir la necesidad de enfrentarse a la intervención soviética en Afganistán como una amenaza a toda la región del Golfo Pérsico y, con la llegada al poder de Ronald Reagan, comenzó a materializarse el apoyo activo norteamericano.
“La guerra de Charlie Wilson”, publicado por la Editorial Almuzara, pormenoriza la decisiva ayuda militar norteamericana para que los mujahidines derrotaran a los soviéticos y los expulsaran de Afganistán, lo que se consumó el 15 de Febrero de 1989.
La acelerada erosión del comunismo y la caída en Noviembre de 1989 del muro de Berlín, que simbolizó el derrumbamiento comunista, se debieron en parte al descontento interno por el desastre militar de Afganistán.
Diez años más tarde, mujahidines a los que los Estados Unidos habían ayudado y entrenado para derrotar a los soviéticos, participaron como protagonistas o cómplices en el choque de aviones secuestrados contra las torres gemelas de Manhattan.
El atentado no tenía móviles estratégicos ni de conquista. Solamente castigar el que consideraban centro de una cultura infiel, incompatible con la de los creyentes musulmanes, la única verdadera.
Como represalia, los Estados Unidos capitanearon la coalición armada contra Afganistán, que todavía colea, en uno de cuyos episodios han muerto los dos militares españoles,
La Unión Soviética y Estados Unidos cometieron el mismo error: pretender desplazar por la suya la civilización de un país, sin suplantar previamente su cultura.
Romanos, musulmanes, españoles e ingleses no lo hicieron así.
Los tres primeros dosificaron sabiamente el exterminio de los habitantes de las tierras en las que querían imponer su civilización y el mestizaje de los de individuos de la cultura invasora con los de la cultura invadida.
Crearon así el conjunto de símbolos, creencias, costumbres y mitos sobre los que se basaran las normas y leyes que regularan la sociedad de la nueva civilización.
En los territorios en los que implantaron la suya, los ingleses exterminaron previamente a la población nativa y la reemplazaron por la traída de fuera. Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda o Gibraltar son ejemplos.
En otros territorios donde los ingleses estuvieron, se limitaron a explotarlos como colonias, sin mezclarse con los nativos ni interferir decididamente en sus creencias, base de sus culturas: Egipto, Pakistán, India, etc.
Antes de que lo hicieran la Unión Soviética o los Estados Unidos, Alejandro Magno desde el Oeste, los budistas del imperio Kushan desde el este y los ingleses el siglo pasado ocuparon y perdieron Afganistán, pero sin pretender suplantar su cultura.
Lo hicieron, en cambio, los musulmanes que llegaron poco después que a España, acabaron con las religiones locales de sus habitantes y los unieron en el monoteísmo fanático del Islam, basado en el monopolio único del poder por parte de Dios.
Para que los intentos civilizadores de soviéticos o norteamericanos hubieran fraguado en Afganistán, tendrían que haber convertido a los afganos antes a sus religiones: que el poder lo monopoliza el Partido o que reside en el Pueblo. Para un musulmán eso hubiera sido una blasfemia, incompatible con la religión de su cultura.
domingo, 9 de noviembre de 2008
O COLABORAS O NO COOPERO
A LA CARMELA DEL ROMANCE
La ropa con que te cubres
te ciñe tanto, Carmela,
que al ir a pelar la pava
tengo que llevar tijeras
para cortar los tirantes
con que el sostén te sujetas.
O vistes prendas mas sueltas,
cagüen tus muertos, Carmela,
o te va a pelar la pava
el que pelártela quiera.
La mía me la pelo solo,
cagüen tus muertos, Carmela.
(Tomado de “Sentencias Salomónicas para Doce Problemas Humanos y para Uno Divino”, de Miguel Higueras Cleries, editorial Visión Net.)
La ropa con que te cubres
te ciñe tanto, Carmela,
que al ir a pelar la pava
tengo que llevar tijeras
para cortar los tirantes
con que el sostén te sujetas.
O vistes prendas mas sueltas,
cagüen tus muertos, Carmela,
o te va a pelar la pava
el que pelártela quiera.
La mía me la pelo solo,
cagüen tus muertos, Carmela.
(Tomado de “Sentencias Salomónicas para Doce Problemas Humanos y para Uno Divino”, de Miguel Higueras Cleries, editorial Visión Net.)
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