Quien renuncie a conseguir por sí mismo lo que necesita para vivir no podrá defender su libertad frente al que se lo proporcione.
Hay españoles que, si no han perdido ya su libertad, están en peligro de que se las reclame el Estado, al que ellos mismos reconocen que deben su sustento.
Solo el 14,5 por ciento de los cordobeses--los que creen que el bienestar de su provincia se basa en actividades económicas de iniciativa privada—confían en el propio esfuerzo como forma de vida.
Los demás, según datos del Barómetro de Opinión Pública de la provincia, creen que son los subsidios y las ayudas estatales los pilares de su subsistencia.
Fernando Expósito, vicepresidente de la Diputación cordobesa, reveló que el 34 por ciento de los cordobeses atribuían a los subsidios del Plan de Empleo Rural (PER) la gracia de su bienestar.
Otro 20 por ciento identificó sus ingresos con las subvenciones europeas de la Política Agraria Común.
Los datos revelados por Expósito confirman el cambio que se ha venido operando en Andalucía de forma tan paulatina y gradual que sorprende la revolución que ha significado en la relación del ciudadano con el Estado.
Originalmente, el Estado se sustentaba en la sociedad civil independiente de la burocracia gubernamental, de la detraía la financiación necesaria para los servicios públicos que prestaba al conjunto de la población.
El Estado, como parásito de la sociedad civil, era tan vigoroso como próspera fuera la sociedad de la que se nutría.
Era el Estado una herramienta que la sociedad utilizaba para conseguir con mayor eficacia los fines a los que aspiraba, y adecuaba los medios que ponía a disposición del Estado al cumplimiento de los proyectos que le encomendaba.
Pero una dejación de su responsabilidad de supervisión y un simultáneo apetito del Estado por asumir las funciones de las que la sociedad hizo dejación ha alterado el equilibrio original.
De herramienta al servicio de la sociedad civil que lo había creado, el Estado ha evolucionado a sistema organizativo de la propia sociedad, a la que ha fagocitado.
La sociedad tenía derecho a exigirle eficacia al Estado porque lo financiaba pero, si las funciones se invierten y los propios ciudadanos reconocen que es el Estado el que los sustenta, pasan a ser instrumentos del Estado que nació como herramienta de la Sociedad.
Sin que nadie se haya percatado, en ésta Córdoba de las culturas emanadas de las tres religiones del libro, ha triunfado una revolución más honda que la marcada por la caída del muro de Berlín o por la huida de los dictadores laicos de países musulmanes: ha resucitado el comunismo.
lunes, 14 de febrero de 2011
jueves, 27 de enero de 2011
SOLUCIÓN PARA QUE EL FUTBOL RECUPERE EL INTERES PERDIDO
Como hombre que es, aunque su creciente esfericidad lo disfrace, nada humano le es ajeno a Salomón Cabeza Sagaz .
Si viviera ahora y no hace 2.200 años cuando el fútbol todavía no se había inventado, Publio Terencio Africano se habría devanado los sesos, como el pasado fin de semana hizo Salomón, para incentivar el interés menguante por la Liga Española.
Salomón, a quien la mitad de sus conocidos—los que lo envidian—llaman en coña Alfonso Décimo, meditaba sobre la yema terminal y su facultad de permitir el crecimiento indefinido del rizoma monopodial cuando algo que decía El Ditero le llamó la atención.
--Que aunque pago para ver por televisión cada semana—le aclaró el Ditero—diez o doce partidos de fútbol, solo me interesan los Barcelona-Real Madrid.
En la siguiente tertulia, Alfonso Décimo aportó la solución al gravísimo problema que El Ditero había suscitado:
--Es de la máxima urgencia—propuso—un gran acuerdo nacional de las fuerzas políticas, sindicales, gastronómicas y deportivas para consensuar un sistema de handicaps que devuelva el interés que el fútbol ha perdido.
Como estaba improvisando sobre la marcha, y aunque su talento pese más que las nueve arrobas de su cuerpo, lo que sugirió Alfonso Décimo, más o menos es que:
--Son los clubes de mayor poder económico los que tienen equipos con más seguidores.
-- El diferencial de capacidad económica de los clubes tiende fatalmente a aumentar.
--Mientras más acentuado sea ese diferencial, mayor será el desinterés de los aficionados por los equipos menos poderosos.
--Si no se introducen medidas correctoras con urgencia, las competiciones de futbol en España se limitarán a los partidos entre el Real Madrid y el Barcelona.
--Si eso llegara a ocurrir, sería una amenaza mayor para la supervivencia de España que la deuda soberana, la corrupción política, la economía sostenible con cargo a los presupuestos del estado o la disgregación territorial, ya que el fútbol es el mayor aglutinador del ser español.
Se propone un sistema de hándicap para las competiciones futboleras.
Por ejemplo:
Si el Almería y el Barcelona volvieran a enfrentarse, y teniendo en cuenta que los dos últimos encuentros arrojaron un resultado global favorable al Barcelona de 13-0, una victoria barcelonista por 6-0 le supondría un punto, tres puntos si gana por siete o más goles de diferencia y, una derrota por cinco o menos goles de diferencia daría los puntos al Almería.
Hay otras posibilidades: que según la tabla de handicaps acordada antes del comienzo de cada competición, los equipos alieneen más o menos futbolistas que los contrincantes a los que se enfrenten.
Si viviera ahora y no hace 2.200 años cuando el fútbol todavía no se había inventado, Publio Terencio Africano se habría devanado los sesos, como el pasado fin de semana hizo Salomón, para incentivar el interés menguante por la Liga Española.
Salomón, a quien la mitad de sus conocidos—los que lo envidian—llaman en coña Alfonso Décimo, meditaba sobre la yema terminal y su facultad de permitir el crecimiento indefinido del rizoma monopodial cuando algo que decía El Ditero le llamó la atención.
--Que aunque pago para ver por televisión cada semana—le aclaró el Ditero—diez o doce partidos de fútbol, solo me interesan los Barcelona-Real Madrid.
En la siguiente tertulia, Alfonso Décimo aportó la solución al gravísimo problema que El Ditero había suscitado:
--Es de la máxima urgencia—propuso—un gran acuerdo nacional de las fuerzas políticas, sindicales, gastronómicas y deportivas para consensuar un sistema de handicaps que devuelva el interés que el fútbol ha perdido.
Como estaba improvisando sobre la marcha, y aunque su talento pese más que las nueve arrobas de su cuerpo, lo que sugirió Alfonso Décimo, más o menos es que:
--Son los clubes de mayor poder económico los que tienen equipos con más seguidores.
-- El diferencial de capacidad económica de los clubes tiende fatalmente a aumentar.
--Mientras más acentuado sea ese diferencial, mayor será el desinterés de los aficionados por los equipos menos poderosos.
--Si no se introducen medidas correctoras con urgencia, las competiciones de futbol en España se limitarán a los partidos entre el Real Madrid y el Barcelona.
--Si eso llegara a ocurrir, sería una amenaza mayor para la supervivencia de España que la deuda soberana, la corrupción política, la economía sostenible con cargo a los presupuestos del estado o la disgregación territorial, ya que el fútbol es el mayor aglutinador del ser español.
Se propone un sistema de hándicap para las competiciones futboleras.
Por ejemplo:
Si el Almería y el Barcelona volvieran a enfrentarse, y teniendo en cuenta que los dos últimos encuentros arrojaron un resultado global favorable al Barcelona de 13-0, una victoria barcelonista por 6-0 le supondría un punto, tres puntos si gana por siete o más goles de diferencia y, una derrota por cinco o menos goles de diferencia daría los puntos al Almería.
Hay otras posibilidades: que según la tabla de handicaps acordada antes del comienzo de cada competición, los equipos alieneen más o menos futbolistas que los contrincantes a los que se enfrenten.
lunes, 24 de enero de 2011
EL PP Y EL SINDROME MOCTEZUMA
Palma del Río, donde el Partido Socialista gana siempre las elecciones, es un pueblo de 21.000 habitantes de la Vega del Guadalquivir en el que se disputará una parte de la contienda electoral que en Mayo trazará la nueva realidad política de España.
Dice David Bohm que cada parte de la realidad contiene la realidad completa así que la realidad electoral de Palma del Río podría reflejar la realidad electoral de la totalidad de España.
Sin el prestigio científico de Bohm, el Dalai Lama sostiene en su libro “The Universe in a single atome” la teoría que su título sugiere: que la mecánica del universo es similar a la de cada uno de sus átomos.
Coinciden con Hermes Trimegisto, al que se identifica con el dios egipcio Tot, en que por el estudio de una parte se puede conocer el todo.
Veamos, pues, lo que ha pasado en Palma del Río para pronosticar lo que, en las elecciones de Mayo, pasará en España:
Desde que se enviciaron los españoles en votar, los de Palma del Río han confiado tozudamente la gestión de su ayuntamiento al Partido Socialista.
Aunque mal no lo hayan hecho, parecía que en Mayo se verían arrastrados, por contagio o simpatía, en la debacle que se vaticina para sus correligionarios del resto del país.
Como en esa España que se extiende al norte del Guadalquivir, los del Partido Popular de Palma del Río han dejado que el Partido Socialista pierda las elecciones para ganarlas ellos.
Pero los del Partido Popular deben sufrir el síndrome Moctezuma por el que ha de entregar el poder a Quetzalcoatl.
Moctezuma confundió al extremeño Hernando Cortés, de rasgos caucásicos y con la cara cubierta de abundante vellosidad, con el dios Quetzalcoatl, la serpiente emplumada de la cosmogonía azteca al que la mitología representaba blanco y barbado.
El emperador de Tenochtitlan sabía que, fatalmente, tendría que devolver al Quetzalcoatl reencarnado en Cortés el poder del que era simple depositario.
En Palma del Río, el Partido Popular sabe que el papel que los dioses le han asignado en la representación de la comedia electoral es el de la oposición, y quizás por eso—o puede que por culpa de eso— la política es para ellos solo una distracción que no entorpece la tarea profesional con la que se ganan la vida.
Los del PSOE, sin embargo, tienen la política como actividad profesional exclusiva, de la que depende su bienestar y el de su familia.
Hay excepciones: Salvador Fuentes, conocido por aquí como El Mantecas, vendía las tortas que elaboraban en la panadería de su familia hasta que salió diputado regional del Partido Popular por Córdoba y la política pasó a ser el pan que, hasta entonces, ganaba con las tortas.
Por Palma del Río, se supone, ha debido seguir viniendo para ver a su familia pero sin inmiscuirse, entrometerse ni preocuparse de la política local. “Paula maiora canamus”, debió decir como Virgilio: “cantemos a cosas más distinguidas”, por lo que dedicó sus desvelos al Parlamento de Sevilla y se olvidó de los electores de su pueblo
Pero la habilidad excepcional del socialista Rodríguez Zapatero para meter la pata y enemistarse hasta con sus más leales partidarios abrió la inesperada posibilidad de que el Partido Socialista perdiera las elecciones municipales en Palma del Río.
En Córdoba, Sevilla y hasta en Madrid debieron pensar los del Partido Popular que esa oportunidad única de arrebatar al Psoe un feudo en el que no los dejaba meter cuchara no podían desaprovecharla. Se acordaron de que nunca habían visitado a sus correligionarios del pueblo, ni siquiera para que no se desanimaran por el desamparo en que los dejaban derrota tras derrota.
El Manteca, que es el funcionario que más alto ha llegado en la jerarquía del Partido Popular, olió poder, quiso apuntarse el éxito previsible, urdió su trama y metió la pata.
Sin consideración al esfuerzo de los que, por afición, habían mantenido a duras penas la bandera del Partido Popular durante años, maniobró para impedir que la candidatura de mayo la encabece el todavía portavoz municipal e impuso a un desconocido no afiliado que dimitió como respuesta a la repulsa que provocó su nombramiento.
El Mantecas se ha visto obligado a encabezar la candidatura de la que privó al representante electo por los afiliados locales al Partido Popular, tras haber renunciado a ella su apadrinado.
El resultado es previsible: el próximo Mayo, si el jefe supremo de los socialistas, José Luis Rodríguez Zapatero, no se supera a sí mismo como metepatas, el PSOE seguirá ganando las elecciones en Palma del Río.
Y el PP, que sin comerlo ni beberlo parecía que iba a ganar, seguirá en la oposición.
Dice David Bohm que cada parte de la realidad contiene la realidad completa así que la realidad electoral de Palma del Río podría reflejar la realidad electoral de la totalidad de España.
Sin el prestigio científico de Bohm, el Dalai Lama sostiene en su libro “The Universe in a single atome” la teoría que su título sugiere: que la mecánica del universo es similar a la de cada uno de sus átomos.
Coinciden con Hermes Trimegisto, al que se identifica con el dios egipcio Tot, en que por el estudio de una parte se puede conocer el todo.
Veamos, pues, lo que ha pasado en Palma del Río para pronosticar lo que, en las elecciones de Mayo, pasará en España:
Desde que se enviciaron los españoles en votar, los de Palma del Río han confiado tozudamente la gestión de su ayuntamiento al Partido Socialista.
Aunque mal no lo hayan hecho, parecía que en Mayo se verían arrastrados, por contagio o simpatía, en la debacle que se vaticina para sus correligionarios del resto del país.
Como en esa España que se extiende al norte del Guadalquivir, los del Partido Popular de Palma del Río han dejado que el Partido Socialista pierda las elecciones para ganarlas ellos.
Pero los del Partido Popular deben sufrir el síndrome Moctezuma por el que ha de entregar el poder a Quetzalcoatl.
Moctezuma confundió al extremeño Hernando Cortés, de rasgos caucásicos y con la cara cubierta de abundante vellosidad, con el dios Quetzalcoatl, la serpiente emplumada de la cosmogonía azteca al que la mitología representaba blanco y barbado.
El emperador de Tenochtitlan sabía que, fatalmente, tendría que devolver al Quetzalcoatl reencarnado en Cortés el poder del que era simple depositario.
En Palma del Río, el Partido Popular sabe que el papel que los dioses le han asignado en la representación de la comedia electoral es el de la oposición, y quizás por eso—o puede que por culpa de eso— la política es para ellos solo una distracción que no entorpece la tarea profesional con la que se ganan la vida.
Los del PSOE, sin embargo, tienen la política como actividad profesional exclusiva, de la que depende su bienestar y el de su familia.
Hay excepciones: Salvador Fuentes, conocido por aquí como El Mantecas, vendía las tortas que elaboraban en la panadería de su familia hasta que salió diputado regional del Partido Popular por Córdoba y la política pasó a ser el pan que, hasta entonces, ganaba con las tortas.
Por Palma del Río, se supone, ha debido seguir viniendo para ver a su familia pero sin inmiscuirse, entrometerse ni preocuparse de la política local. “Paula maiora canamus”, debió decir como Virgilio: “cantemos a cosas más distinguidas”, por lo que dedicó sus desvelos al Parlamento de Sevilla y se olvidó de los electores de su pueblo
Pero la habilidad excepcional del socialista Rodríguez Zapatero para meter la pata y enemistarse hasta con sus más leales partidarios abrió la inesperada posibilidad de que el Partido Socialista perdiera las elecciones municipales en Palma del Río.
En Córdoba, Sevilla y hasta en Madrid debieron pensar los del Partido Popular que esa oportunidad única de arrebatar al Psoe un feudo en el que no los dejaba meter cuchara no podían desaprovecharla. Se acordaron de que nunca habían visitado a sus correligionarios del pueblo, ni siquiera para que no se desanimaran por el desamparo en que los dejaban derrota tras derrota.
El Manteca, que es el funcionario que más alto ha llegado en la jerarquía del Partido Popular, olió poder, quiso apuntarse el éxito previsible, urdió su trama y metió la pata.
Sin consideración al esfuerzo de los que, por afición, habían mantenido a duras penas la bandera del Partido Popular durante años, maniobró para impedir que la candidatura de mayo la encabece el todavía portavoz municipal e impuso a un desconocido no afiliado que dimitió como respuesta a la repulsa que provocó su nombramiento.
El Mantecas se ha visto obligado a encabezar la candidatura de la que privó al representante electo por los afiliados locales al Partido Popular, tras haber renunciado a ella su apadrinado.
El resultado es previsible: el próximo Mayo, si el jefe supremo de los socialistas, José Luis Rodríguez Zapatero, no se supera a sí mismo como metepatas, el PSOE seguirá ganando las elecciones en Palma del Río.
Y el PP, que sin comerlo ni beberlo parecía que iba a ganar, seguirá en la oposición.
viernes, 14 de enero de 2011
AÑORANDO YA A ZAPATERO
Se antoja una eternidad el tiempo que falta para que descubramos que el gobierno de Mariano Rajoy es todavía peor que el de José Luis Rodríguez Zapatero.
Es una fatalidad axiomática en este sistema de desgobierno que los españoles se infligieron como penitencia contra el mayor engaño de su dictador: la muerte del que, como a Caudillo por la Gracia de Dios, le hubiera correspondido la inmortalidad.
Felipe González hizo bueno a Adolfo Suárez, José María Aznar a González y José Luis Rodríguez Zapatero a Aznar.
Leopoldo Calvo Sotelo, que aparte de embridar a los díscolos militares españoles metiéndolos en la OTAN para que se distraigan fuera y dejen de enredar dentro, hizo poco más en sus 20 meses de presidente, ni tuvo ocasión de hacer bueno a su antecesor ni su sucesor pudo hacerlo malo.
Cuando Suárez, González y Aznar perdieron el poder los españoles suspiraron de alivio y a duras penas contienen el suspiro que exhalarán cuando se vaya Zapatero.
Algo raro pasa aquí: ni todos los presidentes de la llamada democracia pudieron ser tan malos ni los españoles tan díscolos para ser gobernados porque en tres mil años de historia aclamaron a reyes degenerados, a favoritos venales, a inquisidores sanguinarios y a dictadores taimados.
¿Y si no son malos los presidentes de gobierno elegidos desde 1978, sino que son los españoles los que no saben elegir?
Antes de meterse en un nuevo embrollo electoral debería despejarse esa duda, para no seguir perdiendo el tiempo.
Indicios hay suficientes para que, en su propio provecho, se impida a los españoles escoger a sus gobernantes.
¿Cuándo ha gobernado mejor Zapatero que desde Mayo pasado? ¿Y qué pasó en Mayo para que Zapatero, que hasta entonces no había dado una a derechas, haya dejado de meter la pata?
Que dejó de mandar como presidente elegido por los españoles y comenzó a obedecer como comparsa dirigido por los extranjeros.
Bienaventurados los pueblos que, como los individuos, aprenden de sus errores. No han pagado mayor precio los españoles que el que les han cobrado por la falacia de que están capacitados para autogobernarse.
Son los españoles buenos vasallos que necesitan un buen señor, como demostraron al servir a la casa de Habsburgo hasta 1712 y a la de Borbón-Francia desde entonces.
El mayor servicio que Zapatero podría prestar a España, antes de que los españoles empiecen a echarlo de menos porque los gobierne Rajoy, sería convencer a su amigo Barack Obama, con quien comparte responsabilidad galáctica, para que los Estados Unidos acepten a España como su estado número 51.
Galicia está de Nueva York a solo poco más de 1.500 kilómetros más que Hawaii de California. Hora y media de vuelo. Una miseria. Seguro que los españoles obedecerán más a gusto al Obama de turno que al Sarkozy o la Merkel que corresponda.
Es una fatalidad axiomática en este sistema de desgobierno que los españoles se infligieron como penitencia contra el mayor engaño de su dictador: la muerte del que, como a Caudillo por la Gracia de Dios, le hubiera correspondido la inmortalidad.
Felipe González hizo bueno a Adolfo Suárez, José María Aznar a González y José Luis Rodríguez Zapatero a Aznar.
Leopoldo Calvo Sotelo, que aparte de embridar a los díscolos militares españoles metiéndolos en la OTAN para que se distraigan fuera y dejen de enredar dentro, hizo poco más en sus 20 meses de presidente, ni tuvo ocasión de hacer bueno a su antecesor ni su sucesor pudo hacerlo malo.
Cuando Suárez, González y Aznar perdieron el poder los españoles suspiraron de alivio y a duras penas contienen el suspiro que exhalarán cuando se vaya Zapatero.
Algo raro pasa aquí: ni todos los presidentes de la llamada democracia pudieron ser tan malos ni los españoles tan díscolos para ser gobernados porque en tres mil años de historia aclamaron a reyes degenerados, a favoritos venales, a inquisidores sanguinarios y a dictadores taimados.
¿Y si no son malos los presidentes de gobierno elegidos desde 1978, sino que son los españoles los que no saben elegir?
Antes de meterse en un nuevo embrollo electoral debería despejarse esa duda, para no seguir perdiendo el tiempo.
Indicios hay suficientes para que, en su propio provecho, se impida a los españoles escoger a sus gobernantes.
¿Cuándo ha gobernado mejor Zapatero que desde Mayo pasado? ¿Y qué pasó en Mayo para que Zapatero, que hasta entonces no había dado una a derechas, haya dejado de meter la pata?
Que dejó de mandar como presidente elegido por los españoles y comenzó a obedecer como comparsa dirigido por los extranjeros.
Bienaventurados los pueblos que, como los individuos, aprenden de sus errores. No han pagado mayor precio los españoles que el que les han cobrado por la falacia de que están capacitados para autogobernarse.
Son los españoles buenos vasallos que necesitan un buen señor, como demostraron al servir a la casa de Habsburgo hasta 1712 y a la de Borbón-Francia desde entonces.
El mayor servicio que Zapatero podría prestar a España, antes de que los españoles empiecen a echarlo de menos porque los gobierne Rajoy, sería convencer a su amigo Barack Obama, con quien comparte responsabilidad galáctica, para que los Estados Unidos acepten a España como su estado número 51.
Galicia está de Nueva York a solo poco más de 1.500 kilómetros más que Hawaii de California. Hora y media de vuelo. Una miseria. Seguro que los españoles obedecerán más a gusto al Obama de turno que al Sarkozy o la Merkel que corresponda.
sábado, 1 de enero de 2011
LA FIERA NATURALEZA
La naturaleza es como la cordera que Silverio Franconetti crió en su rebaño: se volvió fiera de tanto acariciarla.
La gente de Écija, Lora del Río y Palma del Río, que oyeron ya en sus cunas la letra de la serrana de Silverio, necesitan un responsable de las inundaciones que desde hace dos años los arruinan.
Temen que la culpa de que Genil y Guadalquivir, tan apacibles y moderados de ordinario, se desmelenen año sí y año también, sea de los ecolojetas.
Esta es tierra de gente que piensa y medita porque, sin gran esfuerzo físico, se obtiene mucho prestigio.
Pensar, sin embargo, no es coser y cantar: requiere tiempo, serenidad y digestiones sosegadas por lo que la sospecha de que los ecolojetas sean culpables de las riadas no es, por ahora, más que un barrunto.
Algún Averroes o Séneca formulará algún día de manera incontrovertible la teoría que todavía sólo es pálpito: que si el hombre sirve a la Naturaleza en vez de servirse de ella, tiene que aceptar sus caprichos y su tiranía.
Por una vez en su vida, sin embargo, el filósofo que ha de sustanciar la relación entre el mimo del hombre a la Naturaleza y el pago que recibe el ser humano debería apresurarse, porque hay impacientes dispuestos a llevar a la práctica lo que solo son por ahora teorías.
Dicen que, cuando Genil y Guadalquivir recibían sin depurar las aguas residuales de las poblaciones por las que discurren, se desbordaban cada cinco o seis años pero que, desde que las depuradoras funcionan, se salen de madre cada año, y en más de una ocasión.
Recuerdan que cuando se podían usar toda clase de herbicidas, insecticidas y abonos, el hombre y la Naturaleza convivían razonablemente, lo que acabó al prohibirse los considerados excesivamente contaminantes.
Tarajes, zarzamoras y yerbajos de las orillas de los ríos, que tanto gustan a los ecolojetas, puede que sean las primeras víctimas de este movimiento insurreccional en ciernes. Los que quieren arrancarlos dicen que serán muy bonitos, pero que sus raíces y ramas estorban y frenan el curso.
Como en toda reacción popular de descontento, en la de los afectados por las inundaciones hay también radicales: exigen que se premie al que más contamine, que se defina el progreso como “la capacidad de transformar la naturaleza” y, desde luego, que se prohíba la exhibición de películas de Walt Disney.
Dicen que esas películas enajenan las mentes infantiles porque les hacen creer para el resto de sus vidas que los animalitos, en vez de servir para que las personas humanas se los coman con arroz, hablan y dicen tantas tonterías como las más humanas de las personas.
La gente de Écija, Lora del Río y Palma del Río, que oyeron ya en sus cunas la letra de la serrana de Silverio, necesitan un responsable de las inundaciones que desde hace dos años los arruinan.
Temen que la culpa de que Genil y Guadalquivir, tan apacibles y moderados de ordinario, se desmelenen año sí y año también, sea de los ecolojetas.
Esta es tierra de gente que piensa y medita porque, sin gran esfuerzo físico, se obtiene mucho prestigio.
Pensar, sin embargo, no es coser y cantar: requiere tiempo, serenidad y digestiones sosegadas por lo que la sospecha de que los ecolojetas sean culpables de las riadas no es, por ahora, más que un barrunto.
Algún Averroes o Séneca formulará algún día de manera incontrovertible la teoría que todavía sólo es pálpito: que si el hombre sirve a la Naturaleza en vez de servirse de ella, tiene que aceptar sus caprichos y su tiranía.
Por una vez en su vida, sin embargo, el filósofo que ha de sustanciar la relación entre el mimo del hombre a la Naturaleza y el pago que recibe el ser humano debería apresurarse, porque hay impacientes dispuestos a llevar a la práctica lo que solo son por ahora teorías.
Dicen que, cuando Genil y Guadalquivir recibían sin depurar las aguas residuales de las poblaciones por las que discurren, se desbordaban cada cinco o seis años pero que, desde que las depuradoras funcionan, se salen de madre cada año, y en más de una ocasión.
Recuerdan que cuando se podían usar toda clase de herbicidas, insecticidas y abonos, el hombre y la Naturaleza convivían razonablemente, lo que acabó al prohibirse los considerados excesivamente contaminantes.
Tarajes, zarzamoras y yerbajos de las orillas de los ríos, que tanto gustan a los ecolojetas, puede que sean las primeras víctimas de este movimiento insurreccional en ciernes. Los que quieren arrancarlos dicen que serán muy bonitos, pero que sus raíces y ramas estorban y frenan el curso.
Como en toda reacción popular de descontento, en la de los afectados por las inundaciones hay también radicales: exigen que se premie al que más contamine, que se defina el progreso como “la capacidad de transformar la naturaleza” y, desde luego, que se prohíba la exhibición de películas de Walt Disney.
Dicen que esas películas enajenan las mentes infantiles porque les hacen creer para el resto de sus vidas que los animalitos, en vez de servir para que las personas humanas se los coman con arroz, hablan y dicen tantas tonterías como las más humanas de las personas.
viernes, 17 de diciembre de 2010
EL TEA PARTY QUE VIENE
La píldora anticonceptiva, el technicolor y la cerveza en lata fueron algunas de las innovaciones que, desde los Estados Unidos, se difundieron imparablemente al resto del mundo.
El “tea party”, ese difuso causante del severo correctivo de Noviembre al etéreo Barack Obama, amenaza contagiar al resto del planeta su filosofía contra el exceso de intervención estatal en la vida de los ciudadanos.
El que ahora se conoce como “Tea Party” es un sentimiento recurrente en los norteamericanos contra la insaciable tendencia del estado a asumir la solución de los problemas a los que se enfrentan los individuos.
Son “movimientos” que, en los últimos 60 años, surgieron espontáneamente en la sociedad en tres ocasiones y que, en las dos primeras, fracasaron al encomendar su materialización política a dirigentes inadecuados.
El primer “movimiento” regeneracionista de la sociedad civil frente al gigantismo estatal fue una reacción contra la considerada excesiva intervención estatal del New Deal que el demócrata Franklin D. Roosevelt impulsó para superar la depresión de 1929.
El segundo surgió contra la asunción de competencias federales hasta entonces desempeñadas por los gobiernos de los estados, y los gastos de la carrera espacial y la guerra de Vietnam, impulsados por los demócratas John Kennedy y Lyndon Johnson.
El tea party, el tercero de esos movimientos que aún se está gestando, aspira a impedir que el gobierno federal se inmiscuya en lo que específicamente no le señale la Constitución.
( Aunque la Constitución no le dé atribuciones, el Gobierno Federal de los Estados Unidos destina fondos, que según el Tea Party debería retirar, a subsidios de jubilación, sanidad, educación y desempleo).
Es el Partido Republicano el que, en todos los casos, ha apadrinado esos sentimientos contra el excesivo intervencionismo estatal, aunque encuentra amplio eco entre votantes tradicionales del Partido Demócrata.
El senador por Ohio Robert Taft--para quien el mayor peligro al que se enfrentaba el pueblo norteamericano en la época de los totalitarismos nazi de Adolf Hitler y comunista de Josef Stalin era la intromisión del Gobierno Federal de Estados Unidos en la vida de los ciudadanos—fué el dirigente del movimiento regeneracionista desde 1940 hasta su muerte en 1952.
Aunque sin suficiente convicción ni ambición política, Barry Goldwater personificó en su fracasado objetivo de conseguir la Presidencia en 1964, como candidato del Partido Republicano, el segundo intentó de podar el poder estatal.
Las campañas electorales, plataforma primordial para la difusión de ideas políticas, son ocasión propicia para hacer llegar a los electores de forma comprensible lo que el candidato propone.
En el mitin que dio del 30 de mayo de 1964 en Riverside (California), Barry Goldwater advirtió:
“Cuando algún burócrata estatal os diga y os convenza de que el Estado cuida mejor que vosotros la salud y la educación de vuestros hijos, de que no os preocupéis del bienestar de vuestros padres porque el Estado los cuida en su vejez, ni ahorréis para disfrutar una vejez cómoda porque el estado os garantiza la paga de jubilación, habréis renunciado a vuestra libertad”.
Es el del Tea Party, como las ediciones que lo antecedieron, un movimiento que, en la división ideológica clásica puede calificarse de derechas porque recupera para el individuo las decisiones que, con la argucia dialéctica de que lo hace en su beneficio, el Estado le ha ido incesantemente arrebatando hasta reducir al individuo, de dueño del Estado como herramienta a su servicio,a herramienta al servicio del Estado.
El “tea party”, ese difuso causante del severo correctivo de Noviembre al etéreo Barack Obama, amenaza contagiar al resto del planeta su filosofía contra el exceso de intervención estatal en la vida de los ciudadanos.
El que ahora se conoce como “Tea Party” es un sentimiento recurrente en los norteamericanos contra la insaciable tendencia del estado a asumir la solución de los problemas a los que se enfrentan los individuos.
Son “movimientos” que, en los últimos 60 años, surgieron espontáneamente en la sociedad en tres ocasiones y que, en las dos primeras, fracasaron al encomendar su materialización política a dirigentes inadecuados.
El primer “movimiento” regeneracionista de la sociedad civil frente al gigantismo estatal fue una reacción contra la considerada excesiva intervención estatal del New Deal que el demócrata Franklin D. Roosevelt impulsó para superar la depresión de 1929.
El segundo surgió contra la asunción de competencias federales hasta entonces desempeñadas por los gobiernos de los estados, y los gastos de la carrera espacial y la guerra de Vietnam, impulsados por los demócratas John Kennedy y Lyndon Johnson.
El tea party, el tercero de esos movimientos que aún se está gestando, aspira a impedir que el gobierno federal se inmiscuya en lo que específicamente no le señale la Constitución.
( Aunque la Constitución no le dé atribuciones, el Gobierno Federal de los Estados Unidos destina fondos, que según el Tea Party debería retirar, a subsidios de jubilación, sanidad, educación y desempleo).
Es el Partido Republicano el que, en todos los casos, ha apadrinado esos sentimientos contra el excesivo intervencionismo estatal, aunque encuentra amplio eco entre votantes tradicionales del Partido Demócrata.
El senador por Ohio Robert Taft--para quien el mayor peligro al que se enfrentaba el pueblo norteamericano en la época de los totalitarismos nazi de Adolf Hitler y comunista de Josef Stalin era la intromisión del Gobierno Federal de Estados Unidos en la vida de los ciudadanos—fué el dirigente del movimiento regeneracionista desde 1940 hasta su muerte en 1952.
Aunque sin suficiente convicción ni ambición política, Barry Goldwater personificó en su fracasado objetivo de conseguir la Presidencia en 1964, como candidato del Partido Republicano, el segundo intentó de podar el poder estatal.
Las campañas electorales, plataforma primordial para la difusión de ideas políticas, son ocasión propicia para hacer llegar a los electores de forma comprensible lo que el candidato propone.
En el mitin que dio del 30 de mayo de 1964 en Riverside (California), Barry Goldwater advirtió:
“Cuando algún burócrata estatal os diga y os convenza de que el Estado cuida mejor que vosotros la salud y la educación de vuestros hijos, de que no os preocupéis del bienestar de vuestros padres porque el Estado los cuida en su vejez, ni ahorréis para disfrutar una vejez cómoda porque el estado os garantiza la paga de jubilación, habréis renunciado a vuestra libertad”.
Es el del Tea Party, como las ediciones que lo antecedieron, un movimiento que, en la división ideológica clásica puede calificarse de derechas porque recupera para el individuo las decisiones que, con la argucia dialéctica de que lo hace en su beneficio, el Estado le ha ido incesantemente arrebatando hasta reducir al individuo, de dueño del Estado como herramienta a su servicio,a herramienta al servicio del Estado.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
PSOE: PRAGMATISMO Y MILITARIZACION DE CONTROLADORES
En los mítines que organiza el PSOE y en las manifestaciones que patrocina abundan feministas e internacionalistas contrarios al machismo y la xenofobia, aunque lo que los une a todos es el pacifismo.
Sin guerras, esas banderas del mimetismo progresí que el PSOE pastorea no las agitarían las masas que arrastra el partido socialista.
En las guerras antiguas—en las que el mayor número de bajas las sufrían los combatientes varones—los supervivientes machos acentuaban su dominio sobre las hembras como consecuencia de la resultante escasez de su oferta frente a la acuciante demanda del mercado femenino.
Todo cambió a partir de la primera gran guerra, en la que se combatió simultáneamente en cuatro de las cinco partes del mundo y soldados de la quinta—América—participaron abrumadoramente en ella.
La artillería pesada, la aviación y el submarino llevaron la guerra a las retaguardias, hasta entonces a salvo de la destrucción y la muerte.
La llamada primera guerra mundial causó diez millones de muertes en Europa, que movilizó a 60 millones de sus habitantes.
Estados Unidos, que entró en la guerra en 1917, movilizó tres millones de hombres y envió a Europa una fuerza expedicionaria de 1.200.000 combatientes, de los que 117.000 murieron.
La capacidad destructiva de las armas utilizadas, la universalización de los teatros bélicos, la desacostumbrada masa de combatientes movilizados y las necesidades de mano de obra para reponer el material destruido y transportarlo al frente acrecentaron la necesidad de obreros para las tareas abandonadas por los soldados.
Como todos los países del mundo son franquicias norteamericanas desde la primera guerra mundial, las consecuencias de aquél conflicto en los Estados Unidos pueden aplicarse a los demás.
Se recurrió a negros y mujeres, dos sectores de la población hasta entonces casi excluidos de la actividad industrial, para suplir a los varones blancos movilizados.
En la conocida como “Primera Gran Migración”, de 1914 a 1940, 1.750.000 norteamericanos de raza negra se trasladaron de los estados agrícolas del sur a los industrializados del norte de los Estados Unidos porque, además, la guerra frenó la tradicional emigración europea a las regiones más prósperas.
A pesar de eso, y hasta 1940, vivía en el sur más del 75 por ciento de la población negra, que solo aportó el diez por ciento al total de los movilizados para la primera guerra mundial, principalmente para servicios auxiliares.
Una ciudad industrial como Chicago, en la que vivían 278.000 negros en 1940, en vísperas de la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial en la que ya combatieron soldados negros, tenía al final de la contienda 900.000 habitantes de esa raza.
Sin los desplazamientos demográficos favorecidos por las guerras hubiera sido tan impensable el movimiento por la igualdad racial como el de la liberación sexual, que permitió a las mujeres ocupar puestos de trabajo que dejaron vacantes los varones movilizados, e independizarse de su tutela tradicional.
Feministas y partidarios de la igualdad racial deben a la guerra la consecución de sus anhelos aunque, en su obcecación ideológica, siguen negándole al militarismo y a la guerra su contribución al progreso científico y al avance social que consiguieron.
El Partido Socialista Obrero Español, que con la boca chica sigue rindiéndole culto ideológico al pacifismo, se sirve de la eficacia desarrollada por la tradición bélica para resolver el problema de los controladores aéreos, a los que ha encuadrado por tiempo indefinidamente provisional en la disciplina militar.
No es cinismo, sino prudente pragmatismo.
Sin guerras, esas banderas del mimetismo progresí que el PSOE pastorea no las agitarían las masas que arrastra el partido socialista.
En las guerras antiguas—en las que el mayor número de bajas las sufrían los combatientes varones—los supervivientes machos acentuaban su dominio sobre las hembras como consecuencia de la resultante escasez de su oferta frente a la acuciante demanda del mercado femenino.
Todo cambió a partir de la primera gran guerra, en la que se combatió simultáneamente en cuatro de las cinco partes del mundo y soldados de la quinta—América—participaron abrumadoramente en ella.
La artillería pesada, la aviación y el submarino llevaron la guerra a las retaguardias, hasta entonces a salvo de la destrucción y la muerte.
La llamada primera guerra mundial causó diez millones de muertes en Europa, que movilizó a 60 millones de sus habitantes.
Estados Unidos, que entró en la guerra en 1917, movilizó tres millones de hombres y envió a Europa una fuerza expedicionaria de 1.200.000 combatientes, de los que 117.000 murieron.
La capacidad destructiva de las armas utilizadas, la universalización de los teatros bélicos, la desacostumbrada masa de combatientes movilizados y las necesidades de mano de obra para reponer el material destruido y transportarlo al frente acrecentaron la necesidad de obreros para las tareas abandonadas por los soldados.
Como todos los países del mundo son franquicias norteamericanas desde la primera guerra mundial, las consecuencias de aquél conflicto en los Estados Unidos pueden aplicarse a los demás.
Se recurrió a negros y mujeres, dos sectores de la población hasta entonces casi excluidos de la actividad industrial, para suplir a los varones blancos movilizados.
En la conocida como “Primera Gran Migración”, de 1914 a 1940, 1.750.000 norteamericanos de raza negra se trasladaron de los estados agrícolas del sur a los industrializados del norte de los Estados Unidos porque, además, la guerra frenó la tradicional emigración europea a las regiones más prósperas.
A pesar de eso, y hasta 1940, vivía en el sur más del 75 por ciento de la población negra, que solo aportó el diez por ciento al total de los movilizados para la primera guerra mundial, principalmente para servicios auxiliares.
Una ciudad industrial como Chicago, en la que vivían 278.000 negros en 1940, en vísperas de la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial en la que ya combatieron soldados negros, tenía al final de la contienda 900.000 habitantes de esa raza.
Sin los desplazamientos demográficos favorecidos por las guerras hubiera sido tan impensable el movimiento por la igualdad racial como el de la liberación sexual, que permitió a las mujeres ocupar puestos de trabajo que dejaron vacantes los varones movilizados, e independizarse de su tutela tradicional.
Feministas y partidarios de la igualdad racial deben a la guerra la consecución de sus anhelos aunque, en su obcecación ideológica, siguen negándole al militarismo y a la guerra su contribución al progreso científico y al avance social que consiguieron.
El Partido Socialista Obrero Español, que con la boca chica sigue rindiéndole culto ideológico al pacifismo, se sirve de la eficacia desarrollada por la tradición bélica para resolver el problema de los controladores aéreos, a los que ha encuadrado por tiempo indefinidamente provisional en la disciplina militar.
No es cinismo, sino prudente pragmatismo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)