miércoles, 2 de abril de 2014

AVISO A QUIENES PIENSEN VOTAR


1.- Al votar ejerces un derecho y te responsabilizas de la gestión de ganador.
2.-Aunque votes al que no gane, tu voto da validez a la gestión del ganador.
3.- ¿Conoces tanto al candidato que votes como para dejarle que maneje sin ninguna garantía legal tu patrimonio y tu dinero?
4.-Sería poco serio que, teniendo lo anterior en cuenta, te quejes de que  el ganador de las elecciones no gobierne a tu gusto.
5,- Al depositar tu voto estás dando un cheque en blanco a la gestión del que gane.
6.-¿ Hay algún candidato que defienda mejor que tú tus intereses?
7.-Hasta si votas en blanco avalas la elección del candidato que gane.
8.-Solo no votar te exime de culpa por la gestión del ganador.
9.- Votar es un derecho, NO una obligación.
10.-El Candidato que gane unas elecciones es el que más votos consiga, no el que garantiza que gestionará mejor tus intereses.


viernes, 28 de marzo de 2014

DERECHO A DECIDIR

Servidor, que lleva algún tiempo oyendo hablar del “derecho a decidir” que invocan los separatistas catalanes, ha llegado a la conclusión de que, como ciudadano de derechas que defiende la libertad individual por encima de los demás valores, está de acuerdo, por convicción y congruencia, con el derecho a decidir de todo el mundo.
Siempre, naturalmente, que esa decisión no afecte  a otros que también tienen el mismo derecho a decidir en lo que las consecuencias del otro lo afecten.

Y es que, como decía Don Benito Juárez, “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

jueves, 27 de marzo de 2014

SEMANA SANTA



Los devotos de una religión que se fundamenta en un dios que se rebajó  a materializarse en hombre y morir como cualquier mortal para resucitar y  abrir la puerta del Paraíso a los que crean en su Divinidad se preparan desde hace semanase para pasear imágenes de dolor y muerte por las calles de España.
¿Por qué imágenes del dolor y muerte de Cristo y de su Madre si lo que evidencia la divinidad de Jesús de Nazaret es su resurrección y no su muerte?
Transforma así esta peculiar interpretación del cristianismo de religión de gozo, esperanza y vida eterna en una exaltación del dolor y la muerte.
Parece como si cada pueblo adecuara sus creencias a la característica definitoria de su carácter y que el sentimiento trágico de la vida español se hubiera contagiado a algunos de los pueblos a los que arrastró en su herética contrarreforma tridentina.
Sólo parcialmente rememoran la pasión y muerte de Cristo más que su resurrección algunos países latinoamericanos, y tibiamente Italia e Irlanda.
En Portugal, como en el resto de los países con culturas emanadas del cristianismo, el día más importante de la Semana Santa es el domingo de Resurrección y no, como en España, el jueves y viernes santos.
Sólo en su heroicidad o cobardía se sublima el español, poco dado a aceptar la rutinaria mediocridad del dolor o el gozo cotidianos.
El dramatismo teatral del dolor y la muerte se presta más a la exteriorización del sentimiento español que la del sereno disfrute del bienestar rutinario conseguido gracias a un esfuerzo constante.
Por eso, seguramente, es por lo que los españoles del sur y del levante, que sobresalen por sus manifestaciones de explosiones pasionales a los del resto del país, los que con más entusiasmo y teatralidad lloran y sufren en Semana Santa.
Como consecuencia de esa característica forma de ser española de los más apasionados de sus habitantes, la semana de exaltación de una religión monoteísta se asemeja a las celebraciones de las politeistas, que creen que no hay Dios único sino que los atributos de la divinidad los comparten varios dioses.
Ha llegado a ser así la semana santa española una especie de guerra religiosa en la que los partidarios de cada uno de los dioses que pasean sirve para que los partidarios de cada uno de ellos se imponga a los de los demás.
Es así la Semana Santa Española una vuelta a la idolatría premonoteísta. Una manera de imponerse los adoradores de un dios particular a los seguidores de los dioses particulares de los demás.

miércoles, 26 de marzo de 2014

LA TRANSICION Y SUAREZ



Los  Santos no suben a los altares hasta después de muertos y los políticos tienen que perder el poder, y hasta la vida, para que se reconozcan sus méritos.
Después de enterrado Adolfo Suárez  en medio de la pugna de elogios de quienes lo forzaron a dimitir,  (socialistas , nacionalistas, comunistas, populares y, sobre todo, los desleales de su propio partido)  es momento  de analizar su labor en la transición de la Dictadura al Parlamentarismo.
Adolfo  Suárez, ante todo, fue el timonel que el Rey seleccionó para pilotar su proyecto de llegar a un régimen de participación popular en la formación de gobiernos desde un sistema en el que todos los poderes del Estado se concentraban en la persona de Franco.
Había que hacerlo de prisa para que los ideológicamente excluidos de las mieles del poder participaran en el festín de gobernar y los que lo habían disfrutado en tiempos del  Dictador no se sintieran excluidos por su pasado.
Unos y otros fomentaron el recuerdo de una guerra trágica para sacar provecho de las  indefinición del futuro y beneficiarse del miedo a un nuevo conflicto civil.
Como consecuencia, la prisa por salir de la crisis relegó a un segundo plano la conveniencia de que las reglas fundamentales de convivencia fueran sólidas y duraderas.
Dos de esos pilares del futuro, la Constitución y la Ley Electoral para regular el relevo en las responsabilidades gubernamentales, se hicieron más bajo la presión del tiempo que de su durabilidad  y se demostraron pronto ineficaces, aunque todavía sigan en vigor.
De la ley electoral es consecuencia que el poder emane a los electores desde las cúpulas de los partidos y, de la Constitución que ni siquiera las dos regiones bajo cuya amenaza separatista se elaboró el sistema de las autonomías haya mitigado su impulso centrífugo, sino todo lo contrario.
El Título octavo de la Constitución, en vez de limitar y calmar el separatismo de las Vascongadas y Cataluña, lo ha contagiado a las otras regiones españolas.
El sistema de autonomías, inventado a toda prisa para integrar en España a todos los españoles,  se ha demostrado con el tiempo la mejor herramienta para su desintegración.
Es imposible que, si Adolfo Suárez ejecutó por encargo el período político conocido por transición, fueran solamente suyas las consecuencias de lo que el paso del tiempo demostró que fueron errores o aciertos.
Siempre tuvo oportunidad quien lo encargó del proyecto de corregir los fallos o reemplazarlo por otro. Y no lo hizo, o bien lo hizo de tal manera que el sentido de responsabilidad histórica de Suárez  hizo aparecer su dimisión como decisión exclusivamente personal.
De hecho, el período de Transición no se completo hasta que el representante de uno de los partidos políticos vencidos en la guerra llegara al poder bajo la Monarquía.
Cuando las elecciones del 28 de Octubre de 1982 dieron 202 escaños al socialista Felipe González y solo dos a Suárez, la Transición del franquismo al postfranquismo había alcanzado su objetivo: cerrar el paréntesis de gobiernos no electos que se abrió al terminar la guerra, y hacer que la situación política enlazara con la de antes de la guerra.
Ese 28 de Octubre, mientras jugaba al ping pong en Lisboa con el embajador de España y padrino de mi hija Rocío, Ramón Fernandez de Soignie, seguíamos por radio el recuento de las elecciones que dieron 202 escaños a Felipe González y solo dos a Adolfo Suárez.
Me vino a la memoria una mañana de seis años antes en Viena.
Hacía el Rey su primera visita a Austria y, mientras admiraba en el Museo Etnológico el penacho de Moctezuma que, regalado por el emperador azteca fue enviado a Alemania para el emperador Carlos V,  comentó a Pepe Oneto, quizá Colchero y a mí, que cubríamos la visita: “Veis, esto es lo que yo quiero para España, que un  gobierno socialista como es el austríaco, respete y se sienta parte del pasado de su país”.

lunes, 24 de marzo de 2014

SUAREZ

  Adolfo Suárez hacía sentirse amigos a  muchos de los que, aunque sabíamos que no había razón de intimidad para que lo fuéramos, caímos en la tentación de creérnoslo.
Yo fui uno de ellos.
Adolfo Suárez  llegó a la presidencia del gobierno español inesperadamente y en el momento de mayor incertidumbre política sobre el rumbo que emprendería el Estado Español, después de que el Rey aceptara la dimisión que Carlos Arias,  le había presentado protocolariamente a la muerte del Dictador.
Con el cese de Arias, último presidente del Gobierno nombrado por Franco, terminaría oficialmente el franquismo y  el postfranquismo político comenzaría con el Presidente del Gobierno que nombrara el Rey, nuevo Jefe del Estado.
Se esperaba el nombre que escogería el Rey para intuir así cómo sería la España Monárquica del postfranquismo.
Areilza y Fraga eran, en esos momentos de cábala, los dos más mencionados como nuevo Presidente, ambos ministros con Carlos Arias.
Al primero se le consideraba más liberal que al segundo pero de los dos se esperaba que, con diferencia de matiz, continuaran básicamente el pasado permitiendo una lenta evolución sin brusquedades.
Dos meses antes del cese de Arias, yo había regresado de México para reincorporarme como redactor jefe de Internacional a la redacción central de EFE.
Era director general mi amigo Carlos Mendo, un gran periodista  fascinado por Fraga, que lo nombró Director de EFE a mediados de los sesenta para que de Agencia Nacional se convirtiera en Internacional y al que volvió a nombrar para el mismo cargo cuando, como ministro de Gobernación, regresó al Gobierno presidido por Carlos Arias.
Mendo había seguido como consejero de prensa a Fraga cuando lo nombraron embajador en Londres.
Otro amigo mío, el manchego Manuel Mora, había sido nombrado por  Mendo jefe de la redacción nacional y, entre los dos, manejaron el cese de Arias y la selección del nombre de su sucesor.
Como espectador muy cercano, fui de Internacional a Nacional a decirles que me iba a casa y los encontré excitados y enfrascados en su tarea. “Si además de las dos fuentes que  dicen que será Areilza nos la confirma otra más”—anunció Mendo—“ lo transmitimos”.
Estaban tan excitados que finalmente lo hicieron para al poco tiempo, cuando se anunció que Adolfo Suárez sería el Presidente del Gobierno, lamentar su precipitación.
Tan inesperado fue el nombramiento de otro ministro (el secretario general del Movimiento Adolfo Suárez)  para la Agencia de Noticias estatal como para el resto de los españoles.
Desconocido para la mayoría de los españoles desinteresados por la política, lo era también para los que la seguían por curiosidad o interés personal.
Los todavía fieles a las ideas e intereses del llamado Movimiento Nacional, soporte de ideas e intereses del franquismo, lo temían como poco ortodoxo y posible traidor al Movimiento y socialistas, comunistas y otras minorías sometidas por el franquismo, sospechaban que maquillaría superficialmente la apariencia de la Dictadura para mantener su esencia.
Entre tantos suspicaces de su valía, el intuitivo Adolfo Suárez supo encontrar el aliado que necesitaba, la prensa, y cómo servirse de ella: sobornando a los periodistas.
Lo consiguió y los periodistas se dejaron comprar por el único soborno que no pueden rechazar: una catarata interminable de noticias que, además, les parecía que eran exclusivas.
Conocí a Suárez en abril de 1977 en su viaje a México y Estados Unidos, los dos países en los que, hasta entonces, había sido corresponsal.
Presidente, ministros, asesores y periodistas viajábamos entonces mezclados en la cabina del mismo avión y, en la vertical de Badajoz el presidente, que había cambiado su camisa por un suéter negro de cuello vuelto, se acercó a donde los periodistas nos agrupábamos.
La duda que más discusiones políticas despertaba en aquellos momentos era si  Suárez se presentaría a las elecciones como candidato a la presidencia y si lo haría como independiente, como cabeza de democristianos, liberales, socialdemócratas o de otros partidos tradicionales a los que se adscribían los ministros de su gobierno o formaría un partido para que lo presentara como su candidato.
Creo que fue Pepe Colchero el que le hizo esa pregunta y Suárez reconoció que barajaba las dos posibilidades y que todavía no había decidido cuál de ellas escogería.
Aterrizamos en Cancún, encontré un teléfono y dicté un texto encabezado como URGENTE a la oficina de EFE en México para que lo hicieran llegar a Madrid y que, más o menos decía: “El Presidente Adolfo Suárez confirmó hoy que será candidato a la presidencia en las elecciones, aunque no aclaró si lo hará encabezando alguno de los partidos existentes o un partido que podría crear”.
Cuando llegamos a la capital mexicana me encontré en el aeropuerto a mi amigo Paco Osaba, al que había dejado en mi puesto de delegado cuando el año anterior regresé a Madrid.
“Llama cuanto antes a Ansón”—me dijo—“que me tiene hasta los cojones para que mandes un desmentido de la noticia que pasaste ayer”.
Buen cumplidor de las órdenes, redacté y envié una información en la que, no solo no desmentía la noticia, sino que la ampliaba con detalles complementarios.
Daba Suárez a continuación una conferencia de prensa en la que reveló que las cortes que se reunieran con los diputados electos en las elecciones tendría carácter constituyente.
Me acerqué al presidente al final y le supliqué en broma: “Por favor, presidente, no hagas más anuncios que, con el de ayer, me tienen frito en Madrid”.
Me puso la mano en el hombro y, con una sonrisa de complicidad, me consoló: “ya sé—me dijo—la que se ha liado pero tú no hagas caso. ¿No has oído lo que he dicho, pues transmítelo como lo has oído”.
En otro viaje con el Presidente, a la toma de4 posesión del ecuatoriano Roldós, Suarez, como primer ministro, era el de menos jerarquía protocolaria entre los jefes de Estado que se reunieron y que, sin embargo, lo buscaban para mantener entrevistas.
Una mañana bajé de mi habitación del hotel y me encontré en el hall a Adolfo Suárez fumando un cigarrillo mientras paseaba, comenzamos a hablar y le dije: “debes estar agobiado de tantos jefes de estado que quieren reunirse contigo”.
Se paró un momento, me miró a la cara, me agarró de un brazo y confesó: “estoy que me caigo pero, cómo disfruto”

Como esas dos, podría contar una docena más de anécdotas que explicaría la personalidad de Adolfo Suárez, que nos hacía pensar que era amistosa y especial la relación profesional que con él tuvimos.

viernes, 21 de marzo de 2014

EL INFIERNO

Hay torcidas  interpretaciones doctrinales inspiradas  por el maligno para que los justos pierdan el miedo a pecar y se convenzan de que el castigo que sufrirían al morir en pecado no es tan terrible como los tradicionalmente descritos del infierno.
Una de las argucias más astutas de Satanás inspira la idea de que el infierno no es el eterno sufrimiento físico  a los pecadores: arder eternamente, sin esperanza de que en ningún momento se modere el ardor de las llamas.
    El infierno, representado por unos diablos siniestros que pinchan con tridentes a los pecadores para que el fuego siempre activo queme sus carnes por toda la eternidad es solo una imagen figurada y no el castigo real que sufrirían los pecadores,  si es que existiera el pecado, según los siervos del demonio.
Argumentan que sería imposible alentar permanentemente un fuego en la NADA, en la que no podrán encontrarse maderas ni otros combustibles.
Quedaría así reducido el infierno a una simple incomodidad: estar privado de la presencia de Dios.
Sostienen otros que, ante la imposibilidad de un crematorio real en una situación sin oxígeno que avive el fuego, el infierno es el remordimiento que el hombre lleva mientras viva en su interior por sus malas acciones.
Pero el infierno existe, aunque  no necesariamente como una candela en la que se quemen eternamente los condenados.
La representación gráfica del infierno  se debe a la imaginación de los propagadores iniciales del cristianismo, nacidos en lugares secos y de temperaturas tórridas.
Es evidente que, para un nórdico o un esquimal, ser condenado a vivir eternamente en un ambiente caluroso es un premio más que un castigo y, por el contrario, para un mediterráneo sería premio vivir eternamente en un ambiente helado y un castigo tener que soportar siempre el calor de las llamas.
Se ha definido el infierno como coincidencia de todos los males y ausencia de todos los bienes.
Pero, para que un lugar sea realmente infernal para mediterráneos y esquimales debería sufrir condiciones climáticas para ambos.
¿Se dan esas terribles condiciones  de frío glacial y calor tórrido en algún lugar de la tierra?
Sí.
Antes del nacimiento del cristianismo, la mitología griega situaba el infierno en la laguna Estigia, situada entre Ecíja (Aestigis) y Osuna.
En esa región, como hoy mismo ha ocurrido y pasa cada año puntualmente, del invierno, (nfierno de esquimales y nórdicos) se pasa al verano, (infierno de los habitantes de la cuenca mediterránea).

El infierno, pues, está situado en una circunferencia de alrededor de 200 kilómetros cuadrados  cuyo epicentro se sitúa en Écija. Pregunten, si lo dudan, a los que viven en esa zona.

martes, 18 de marzo de 2014

SAN IRACUNDO DE ANTIPATÍA

En la miserable aldea de  Antipatía de la remota región de Siniestralia nació Benito de un padre laborioso y una madre honesta que, como los alrededor de sus dos centenares de convecinos, ganaban su miserable existencia sirviendo al señor de aquel lugar.
Con excepción del irascible señor, de su agria esposa y de sus dos engreídas hijas, todos los aldeanos estaban férreamente sometidos a la mezquindad del amo, cuya autoridad respaldaba la prédica religiosa del clérigo Deogracias.
Antes de que se personara como guía espiritual de los vecinos, Desgracias había sido fraile  en un monasterio lejano del que fue exclaustrado cuando una de las feligresas de las que era confesor quedó preñada.
Llegó a Antipatía acompañado de su barragana y de un hijo orondo y de tez rosada, inductora y víctima ella del desliz del fraile y fruto el niño de ese desliz. 
En el primer tercio del siglo XII, época en la que coincidieron la llegada del cura, la superación de la niñez y el comienzo de su adolescencia de Benito, el amo lo destinó a cuidar  una de sus piaras de cerdo, lo que le permitió alimentarse de lo que a los animales les sobraba.
Fue un tiempo de convulsiones religiosas y sociales, consecuencia de la proliferación de sectas que predicaban nuevas interpretaciones del cristianismo.
La primera de ellas sostenía que el Demonio tenía un poder similar al de Dios, por lo que también había que adorar al Diablo.
Llegó años después un grupo furibundo que excluía de la pobreza evangélica a todos los cristianos  que no tuvieran la limosna como único medio de vida, y que declaraba pecadores a los que se mantenían del fruto de su trabajo.
La peste que asoló la región y diezmó la población de la aldea poco después la interpretaron los menos inclinados al trabajo como castigo divino, por no cumplir las normas evangélicas de pobreza.
A Benito,  meditabundo por carácter, le dejaba el mucho tiempo que el cuidado de los cerdos requería a la reflexión que, acuciada por el hambre, desembocó en un paroxismo apostólico que caracterizó desde entonces su oratoria misionera.
Amenazaba con la certeza de la condenación al infierno a los pobres que no compartieran sus escasos bienes terrenales con los que eran más pobres y, cuando uno le preguntó por qué no exigía al cacique y al cura que compartieran su bienestar con los menesterosos, su violenta réplica dio lugar a que, de llamarse Benito  pasara a ser conocido por Iracundo de Antipatía.
Benito-Iracundo explicó con vehemencia las palabras de Cristo de que era más  fácil que pasara un camello por el ojo de una aguja que  un rico alcanzara el cielo, por lo que solo predicaría a los que pudieran salvarse.
Esa alusión a la doctrina de la predestinación que cinco siglos después difundió Juan Calvino fue acogida por el cacique y el cura sin la violenta réplica esperada, lo que los seguidores de Iracundo consideraron el primer de sus innumerables milagros.
Aumentó el número de seguidores de Iracundo y, con ello, la petición que le llegaba desde lugares cada vez más lejanos para que fuera  a visitarlos y  enseñarles el verdadero camino de salvación y, de paso, tener oportunidad de ser testigos de alguno de sus muchos milagros.
Se vió obligado a seguir el consejo de uno de sus más sensatos discípulos y permitió que se le constryeran una residencia fija, equidistante de las aldeas más pobladas y aceptó que a pié tardaba más en acudir a donde lo llamaban que a caballo, por lo que adquirió una numerosa recua de robustas mulas.
Aconsejado por el mismo discípulo, accedió a que le confecciaran ropajes de mayor solemnidad y jerarquía, acordes con la dignidad y autoridad que le concedían y esperaban sus seguidores.
Hacía tiempo que dignatarios religiosos y autoridades civiles se sumaban al populacho que acudía para verlo, por lo que tuvo que aceptar  para no humillar a obispos y canónigos con su modestia, que una bien surtida cocina les sirviera comidas a las que estaban acostumbrados, amoblaran la residencia con mubles que sus visitantes consideraban habituales y cubrieran las desnudas paredes de la casa con tapices y gobelinos.
Los priores, canónigos y obispos  difundieron cuando volvieron a sus sedes las obras y milagros de Iracundo, su celo evangelizador  y la devoción de sus seguidores.
Dicen que, cuando sintió que le había llegado su hora, rechazó la suntuosa cama que reservaba a sus visitantes y expiró en un cuarto vacío como celda monacal, aovillado sobre una mísera manta y después de murmurar “bonum certamen certavi, cursum c onsumavi, fidem servandi” (“he competido en un certamen honesto y llego a la meta sirviendo a la fé”.
A su entierro acudió una multitud de pobres que agradecieron las limosna que les había dado y les había pedido para otros más necesitados y no faltaron los ricos que, lejos de recriminarle que no les hubiera pedido ayuda, le estaban particularmente agradecidos por no haberlo hecho.

Los canónigos, abades y obispos a los que había agasajado y recibido., ya habían difundido la santidad y virtudes heroicas de Iracundo de Antipatía por lo que, al poco tiempo de su muerte, fue elevado a los altares.t