jueves, 18 de marzo de 2010

SEGUIDILLAS DE LA TARJETA DE BIBIANA

Tratar mal a una dama
tendrá un castigo
que ha ideado con saña
Bibiana Aido.
Los culpables se quejan
que su delito
no merece la afrenta
del correctivo.
Y es que quiere Bibiana
que al maltratante
le muestren la tarjeta
de amonestarle.
Rigurosa en exceso
ven la medida
y más cruel la enmienda
que la caída.
Aunque fuera su falta
mas que mezquina
les parece un abuso
la cartulina.
Por piedad le suplican
a la ministra
que no los equipare
con futbolistas.

miércoles, 17 de marzo de 2010

UNIVERSIDAD, FEMINISMO Y BIBIANA

La osadía es un peligro público si la protagoniza un gobernante que, en el ejercicio de sus responsabilidades ministeriales, impulsa reformas que afecten a quienes está obligado a gobernar con prudencia.
Mientras más alta sea la jerarquía del gobernante osado más graves serán las consecuencias de sus decisiones, por lo que no es equiparable el error de un rey absoluto como Fernando VII al de una audaz ministra como la de Igualdad Bibiana Aido.
Fernando decidió crear en 1830 la Real Escuela de Tauromaquia, después y como aparente expiación por el cierre de todas las universidades de España.
Aunque no deslumbren como focos de irradiación de conocimientos y cultura, las universidades españolas están actualmente repletas de alumnos afanados en terminar cuanto antes sus estudios para engrosar las listas del paro.
Pero, aunque las escuelas y facultades estén abiertas y abarrotadas de alumnos, la enseñanza universitaria en España--como todo el país—atraviesa una honda crisis, o al menos esa es la percepción generalizada.
Y para sacarla de la crisis en que está sumida, ¿de quien esperar el remedio, sino de la Ministra Aido?
En el solemne recinto del Senado, el adusto discutidero en el que las más reposadas, preclaras y sagaces mentes nacionales esparcen sabiduría con la voz de su experiencia, Bibiana ha propuesto que el feminismo ocupe “un lugar en la formación troncal” de los estudios universitarios españoles.
Como toda solución genial a un problema complejo, la de Bibiana Aido sorprende por su aparente simplicidad.
No tiene el empaque de la solución que Fernando séptimo dio al cierre de las universidades creando la escuela de tauromaquia, pero la de Bibiana posiblemente sea más eficaz.
Porque, ¿a quién se le hubiera ocurrido estudiar en la escuela de ingeniería la resistencia de materiales inspirándose en el feminismo, o la propagación de las ondas sonoras en el reclamo de la perdiz, según su sexo?

lunes, 15 de marzo de 2010

DISCUSION TABERNARIA POR LA ECONOMIA SOSTENIBLE

El significado de economía sostenible parecía irrelevante pero, por la enconada controversia que suscitó, se diría que discutían la conveniencia de la cebolla en el sofrito para la paella.
--“La economía sostenible”—pontificaba El Ditero con aplomo impropio de su aspecto escuchimizado—“es la solución democrática contra la explotación de la clase obrera por los señoritos y la aristocracia”.
--“Es un invento del que nunca ha dado el callo”—replicó con sonrisa de medio lado el corpulento Ramón Pichaymedia—“porque si se hubieran tenido que manchar las manos con barro y no con tinta, no dirían tonterías".
Si no llegaron a las manos no fue por la amistad que los unía, sino por carecer del vigor que requiere liarse a golpes, por miedo a recibir más de lo que dieran y porque, para ejercer como siempre de árbitro, contaban con Salomón Cabeza Sagaz.
A petición de partes, intervino Alfonso Décimo:
--¨Lo de economía sostenible aparece en la Ley que, para salir cuanto antes de la crisis que tiene en coma a medio mundo, empezará a hacer efecto en España dentro de veinte años”.
Por la mesura de su voz o por la autoridad que sus contertulios le concedían y que tanto lo halagaba, El Ditero y Pichaymedia lo escuchaban como si esperaran oir cantar a los niños de San Ildefonso el número de su décimo de lotería.
--“La economía”—recitó—“es una ciencia que estudia la producción, intercambio, distribución y consumo de los bienes y servicios que necesita el hombre”.
--“Los economistas”—siguió—“se especializan en microeconomía, que se refiere a los consumidores directos y a las empresas, o macroeconomía que trata, globalmente, de la producción, el desempleo, la balanza de pagos, la inflación o el impacto de los salarios”.
--“No me digas”—se atrevió a interrumpir El Ditero—“que la economía sostenible la ha inventado Zapatero”.
--“No te lo digo”—concedió Salomón—“porque Zapatero no es capaz de inventar nada. Se limitó, como siempre, a tomar el rábano por las hojas y a llamar economía sostenible a lo que el Informe Brundtland definió en 1987 como Desarrollo Sostenible: “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”.
--Pues si es eso, Zapatero lleva razón, aunque se haya equivocado en el nombre de su Ley.
--Pues lo que yo creo—replicó Ramón-- es que Zapatero tiene que arreglar los problemas de ahora y no los de luego porque la única economía que necesitamos es la que sea rentable ahora y no dentro de 20 años para que no nos cueste el dinero que ahora no tenemos, sino que produzca el que hace falta.
--Por eso –defendió El Ditero--está haciendo centrales solares y molinos de viento para la electricidad.
--Con subsidios que pagamos entre otros—acusó Ramón-- y cobrando más cara la electricidad que la nuclear o la hidráulica.
--Es economía sostenible—desafió El Ditero—porque durará siempre.
--Es sostenible—vaticinó Ramon-- porque sin ayuda del Estado se derrumbaría.
Salomón miró al techo, hizo una seña al Pitorro y le pidió media de manzanilla y un plato de jamón bien cortado, y generoso en tocino.

domingo, 14 de marzo de 2010

LA DECISION DEMOCRATICA DE SUBIR EL IVA

Andaba El Ditero, que por algo es hombre de números, echando cuentas sobre cuánto le va a costar la subida del IVA que trama Zapatero y se debatía en sentimientos contradictorios, como diría su admirado Salomón Cabeza Sagaz.
--Bien mirado, y teniendo en cuenta que el gobierno se ha quedado sin cuartos, o gasta menos o rebaña más.
--Pues que gaste menos—saltó como un cigarrón Ramón Pichaymedia—y quite ministros que para nada sirven o les prohiba que viajen y se gasten un dineral.
Ramón seguía escandalizado por el derroche de policías, asesores, y periodistas en el reciente viaje de María Teresa Fernandez de la Vega a su pueblo, el que menos se había visto perjudicado por las inundaciones en Andalucía.
--Tan poco tenía que hacer aquí, que ni éste—señaló con un gesto a Alfonso Décimo—se molestó en asomarse a verla, por mucho que entienda de política.
Salomón, que si no lo hubieran aludido habría guardado su neutral silencio, aclaró:
--No fui a verla por lo mismo que me niego a visitar sitios que, vistos personalmente, te decepcionan al compararlos con lo que habías visto antes en televisión.
El Ditero, hombre de buen conformar y predispuesto a no discutir, concedió:
--Habrá que pagar el IVA porque, como advirtió el propio Zapatero en Sevilla, la subida es una decisión democrática.
--“Las decisiones, hasta que el Jefe del Gobierno habló en Sevilla como Jefe de su Partido”—adoctrinó Salomón a sus secuaces—“son acertadas o erróneas, pero que se tomen de forma unipersonal o colectiva no modifica su idoneidad o su torpeza. Una decisión democrática torpe solo quiere decir que se equivocaron todos los que la adoptaron”.

viernes, 12 de marzo de 2010

FRANCO Y ZAPATERO, DIFERENTES

Si emplear el tiempo en cavilaciones banales es una de las más regaladas ocupaciones del hombre, dedicarlo a decidir si todos los hombres son iguales es, más que perderlo, derrocharlo.
Porque basta echar una mirada alrededor: todos los humanos somos distintos en estatura, volumen, aspecto facial, longitud nasal o abundancia capilar.
Por si esas diferencias fueran insuficientes, ¿por qué lo mismo que se critica en unos se elogia en otros?
Como botón de muestra, véase el caso del Caudillo y Zapatero: la tendencia prohibicionista de ambos es similar, pero mientras se elogia la del segundo, se critica la del primero.
El Caudillo prohibía el comunismo y Zapatero el fascismo y siendo ambos totalitarismos idénticos, ¿por qué se aplaude lo segundo y se condena lo primero?
El Caudillo perseguía la mariconería y Zapatero la alienta. Si era la misma anomalía antes que ahora, ¿por qué se reprochaba a Franco y se elogia a Zapatero?
¿Por qué critican el estímulo de Franco a la castidad y el de Zapatero al aborto, si ambas aberraciones persiguen el mismo encomiable objetivo de librar al planeta tierra del Ser Humano?
El Caudillo prohibía la sindicación libre y Zapatero subvenciona a los sindicatos antes perseguidos. ¿Por qué, si ni antes ni ahora sirven para nada?
Si la mayor parte de las estatuas votivas enfeecen más que embellecen el paisaje urbano ¿por qué Franco alentaba que erigieran las mismas estatuas que Zapatero derriba?
(Eso puede que tenga explicación porque para que te erijan una estatua tienes que haber hecho algo, mientras que para derribarlas no hace falta haber hecho nada).
En definitiva, que si elogian a un personaje por lo mismo que abuchean a otro es porque más vale caer en gracia que ser gracioso.
O lo que es lo mismo: que por mucho que nos empeñemos, no somos todos iguales.

jueves, 11 de marzo de 2010

LA IDENTIDAD DEL ESPAÑOL

Escampó de forma tan inesperada después de tres meses de lluvia incesante que el desconcierto cundió entre los habitantes del pueblo del Valle Medio del Guadalquivir, habituados a resguardarse día y noche de los aguaceros.
Salomón Cabeza Sagaz, apodado Alfonso Décimo, era uno de los ofuscados porque, sin la más perentoria de sus preocupaciones de los noventa días pasados, se sumió en honda melancolía.
Taciturno e introspectivo crónico, Salomón autodiagnóstico su trastorno como fase inicial de mutación identitaria.
--“Que con tanta agua”—les aclaró a sus acólitos cuando le preguntaron qué le pasaba—“he dejado de sentirme batracio, para convertirme no sé si en bicho de pelo o de pluma”.
Ya en la añorada época diluvial, aparentemente superada, a Salomón le había dado por leer y escuchar todo lo que se había dicho y escrito sobre la identidad de los españoles y sus regiones, a propósito de unas declaraciones de la vasca Rosa Diez sobre los gallegos.
Había llegado a la conclusión de que el pueblo español del que formaba parte lo integraban individuos solemnes, pomposos, grandilocuentes, propensos a ridiculizar a los demás e incapacitados para reírse de ellos mismos.
--Los españoles somos aficionados a contar chascarrillos porque, al carecer personalmente de la originalidad del humor, repetimos la ironía prestada de los chascarrillos. Como no tenemos gracia, repetimos la gracia que a algún desconocido se le ocurrió”.
Pero Alfonso Décimo, conspicuo observador de todo lo que lo rodea, anda últimamente elaborando una teoría sobre el cambio de identidad que se está operando en los españoles, como consecuencia de la evolución del medio en que vive.
--“Hasta que el Caudillo se fue a descansar a la residencia que se había hecho en Cuelgamuros”—aleccionó a sus contertulios—“el hambre endémica había forjado el carácter de los españoles y los hizo atrevidos, osados, trabajadores y siempre preocupados por ganarse la vida”.
--“Pero la Democracia llegó con la opulencia bajo el brazo y, entre las construcciones en la playa y las subvenciones estatales, el español se liberó de la necesidad de trabajar y ya no lo hacen ni los inmigrantes”.
--“Entonces”—tiró por derecho El Ditero—“¿qué somos?”.
--Si fuéramos capaces de pensar por nosotros mismos, bastaría citar a René Descartes para justificar nuestra existencia porque es el pensamiento lo que justifica al francés, que puede quedar tranquilo al afirmar, “Cogito, ergo sum”.
“Los españoles, que si no están en paro perderán pronto sus empleos, podrán decir: “vaco, ergo sum”, que en una traducción entendible significaría algo así como “no le doy un palo al agua, luego existo”.

miércoles, 10 de marzo de 2010

SALIR DE LA CRISIS O SALIR DE IRAK

El Ditero, que llevaba el ojo derecho tapado con un parche desde que el oftalmólogo de guardia del Reina Sofía de Córdoba se lo tapó para curarle la fisura en la córnea que le hizo la pezuña de un jamón, insistía en que no lo veía claro.
--“Si es tan inútil como decís”, repetía erre que erre, “¿por qué es el Presidente y sacó más votos cuando lo reeligieron que cuando ganó la primera vez?”.
--“Porque”—insistía en su cantinela Ramón Pichaymedia, que culpaba hace tres meses a Zapatero de la sequía y lo acusaba ahora porque no dejaba de llover—“engaña a los españoles”.
Salomón Cabeza Sagaz, que engullía unas puntillitas primorosamente fritas, ayudándose con frecuentes libaciones de manzanilla, presidía como un Pantocrátor la disputa de sus acólitos.
--“¿Que nos engaña?”—se encrespó el Ditero—“¿Nos engañó cuando nos sacó de la guerra ilegal de Irak, en la que nos metió Aznar?”
El agricultor Pichaymedia, que ni sabía ni le interesaba saber por donde quedaba Irak ni si hay guerras legales o ilegales, no dejaba de pensar en los guarros que este año había tenido que vender diez euros por arroba más baratos que el año pasado, ni en las vacas atascadas en el barrizal de su finca.
--“De donde nos tiene que sacar es de la crisis, que de Irak ya nos habrían echado tarde o temprano los moros”.
Salomón, al que apodaban a sus espaldas Alfonso Décimo, seguía impertérrito en su afán de devorar lo que El Pitorro les había servido.
--“Díle a éste”—le imploró El Ditero—“si tiene o no más mérito sacarnos de Irak que de la crisis”.
Alfonso Décimo agarró una servilleta de papel, se limpió cuidadosamente los labios, sacó un Ducado, lo prendió, le dio una profunda calada, expelíó una bocanada de humo, miró al techo y murmuró:

Sacar las tropas de Irak
fue mucho más meritorio
que cerrar el Purgatorio
por indulto general.