El Partido Popular “carece de un discurso económico que merezca tal nombre” y el presidente socialista Zapatero “parece haber incorporado definitivamente a su discurso las exigencias de los mercados, es decir, de los acreedores de la deuda de España".
Si eso fuera así, y sin duda lo es porque lo dice El País en su editorial “Reformas Obligadas”, los españoles deberían confiar abiertamente a otros la solución de problemas que ellos son incapaces de resolver.
Nada hay que objetar a lo que dice El País que, como portavoz del grupo Prisa, debe saber mejor que nadie qué es lo mejor para España porque es quien orienta a su gobierno, a su opinión pública, a su ortodoxia ética y a su evolución estética.
Manda tanto El País que, necesariamente, debería asumir la responsabilidad del fracaso del sistema que ha prohijado desde 1976.
Los españoles han demostrado su incapacidad para autogobernarse y para administrar con prudencia el patrimonio con que el azar los favoreció al toparse con un continente desconocido.
Pasaron de defender los intereses de los Habsburgo-Borgoña a los de los Borbones o, lo que es lo mismo, a que la política de España pasara de servir a Austria a ponerse al servicio de Francia.
En los últimos 34 años ha sido el grupo Prisa y El Pais quienes han dictado la política de España.
Si, como el periódico sugiere, los españoles no pueden por sí mismos salir de la crisis, deberían renunciar formalmente a su independencia y buscar a algún país generoso que los admita como protectorado.
La primera medida que ese protector prudente adoptaría, seguramente, sería que los periódicos, emisoras de radio y televisión se dedicaran a informar y entretener.
Les impediría intervenir en las disputas políticas emboscados en el periodismo y , si abogan por soluciones políticas concretas desde su privilegiada cobertura profesional, los forzaría a presentarse abiertamente a las elecciones como candidatos.
viernes, 19 de noviembre de 2010
miércoles, 17 de noviembre de 2010
ARGELIA, EL VECINO DEL VECINO
La experiencia aconseja llevarse bien con el vecino del vecino y con el enemigo del enemigo.
A lo largo de su Historia, España se ha llevado mal con Marruecos, hasta cuando en Al Andalus dominaban los musulmanes.
De Marruecos procedían los invasores regeneracionistas almorávides, almohades y benimerines quienes, por la fuerza, intentaron redireccionar al Paraíso a sus correligionarios establecidos en España.
Marruecos tiene por vecinos a Argelia y a la República Arabe Saharaui Democrática, un estado reconocido por 83 países miembros de la ONU, cuyo territorio está ocupado en gran parte por el ejército marroquí.
Marruecos y Argelia están enfrentados porque Francia, la potencia colonizadora de ambos, asignó a Argelia de la zona minera de Tinduf, que reivindicaba y reivindica Marruecos.
Esas tensiones estallaron en la “Guerra de las Arenas” de Septiembre de 1963, en la que tropas marroquíes derrotaron a fuerzas argelinas.
Hay quien dice que esa victoria militar fue un sucedáneo del triunfo político con que el entonces rey Hassan quería presentarse ante el Parlamento que se formó tras las primeras elecciones desde la independencia, dominado por formaciones nacionalistas.
Recurrió al enfrentamiento y triunfo sobre Argelia como alternativa a su fracasado intento de convencer al general Franco para que accediera a un acuerdo para la incorporación a largo plazo del todavía Sahara Español.
El rey marroquí logró ese objetivo mediante la Marcha Verde en Noviembre de 1975, con Franco agonizante.
Marruecos es un vecino incómodo, pero ni Argelia ni la República Árabe Saharaui Democrática son para España amigos leales incondicionales.
Los primeros apoyaban a los saharauis para, sirviendo los intereses de su entonces aliada la Unión Soviética, lograr una salida al Océano Atlántico.
Los segundos, cuando iniciaron su lucha por librarse de la presencia colonial española, buscaron el respaldo de los marroquíes a los que ahora combaten.
Lo mejor que España podría hacer es, sin fiarse de ninguno de los tres, no favorecer a ninguno de ellos en perjuicio de los otros, como el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero hace desde que accedió al poder, al inclinarse por los marroquíes.
Resucitar y revigorizar el acuerdo de amistad, buena cooperación y vecindad que España firmó con Argelia en Octubre de 2002 sería, en estos momentos de desentendimiento con Marruecos, una iniciativa provechosa.
A lo largo de su Historia, España se ha llevado mal con Marruecos, hasta cuando en Al Andalus dominaban los musulmanes.
De Marruecos procedían los invasores regeneracionistas almorávides, almohades y benimerines quienes, por la fuerza, intentaron redireccionar al Paraíso a sus correligionarios establecidos en España.
Marruecos tiene por vecinos a Argelia y a la República Arabe Saharaui Democrática, un estado reconocido por 83 países miembros de la ONU, cuyo territorio está ocupado en gran parte por el ejército marroquí.
Marruecos y Argelia están enfrentados porque Francia, la potencia colonizadora de ambos, asignó a Argelia de la zona minera de Tinduf, que reivindicaba y reivindica Marruecos.
Esas tensiones estallaron en la “Guerra de las Arenas” de Septiembre de 1963, en la que tropas marroquíes derrotaron a fuerzas argelinas.
Hay quien dice que esa victoria militar fue un sucedáneo del triunfo político con que el entonces rey Hassan quería presentarse ante el Parlamento que se formó tras las primeras elecciones desde la independencia, dominado por formaciones nacionalistas.
Recurrió al enfrentamiento y triunfo sobre Argelia como alternativa a su fracasado intento de convencer al general Franco para que accediera a un acuerdo para la incorporación a largo plazo del todavía Sahara Español.
El rey marroquí logró ese objetivo mediante la Marcha Verde en Noviembre de 1975, con Franco agonizante.
Marruecos es un vecino incómodo, pero ni Argelia ni la República Árabe Saharaui Democrática son para España amigos leales incondicionales.
Los primeros apoyaban a los saharauis para, sirviendo los intereses de su entonces aliada la Unión Soviética, lograr una salida al Océano Atlántico.
Los segundos, cuando iniciaron su lucha por librarse de la presencia colonial española, buscaron el respaldo de los marroquíes a los que ahora combaten.
Lo mejor que España podría hacer es, sin fiarse de ninguno de los tres, no favorecer a ninguno de ellos en perjuicio de los otros, como el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero hace desde que accedió al poder, al inclinarse por los marroquíes.
Resucitar y revigorizar el acuerdo de amistad, buena cooperación y vecindad que España firmó con Argelia en Octubre de 2002 sería, en estos momentos de desentendimiento con Marruecos, una iniciativa provechosa.
viernes, 12 de noviembre de 2010
ZAPATERO Y LOS INTERESES DE ESPAÑA
Como el Presidente Zapatero, la pupila del burdel de la ciudad colombiana de Pasto tardó seis años en descubrir que sus colegas cobraban lo que ella hacía por gusto.
Al justificar la tibieza de su gobierno frente a la brutalidad marroquí contra los saharauis del campamento de El Aiun, el Presidente del Gobierno razonó que “hay que poner por delante los intereses de España”.
La de España con su incómodo vecino del sur, aclaró la ministra de asuntos exteriores Trinidad Jiménez, “es una relación esencial que debemos preservar por razones de seguridad, de combate contra el terrorismo, de control de los flujos de inmigración y narcotráfico, y por las relaciones comerciales y económicas”.
Es ese un giro tranquilizador del objetivo de la política exterior española después de seis años de apasionados suspiros románticos por la defensa de los derechos humanos,la legalidad internacional, la alianza de civilizaciones y otras zarandajas.
Zapatero y su cuadrilla tardan en aprender pese a que deberían haber seguido las enseñanzas de un maesro: el ex presidente socialista Felipe González que todavía no sabe si acertó al no volar a los mandamases etarras, por temor a cabrear a Francia.
Como las colegas de la pupila de Pasto, Felipe González era un profesional tan consecuente como su sucesor José María Aznar, quien no dudó en unirse a los jerifaltes de entonces—Bush y Blair—para ayudarles en Irak contra Sadan Husein, al que otros profesionales, como Francia, Rusia y Alemania, amparaban no por amor, sino por interés.
La licitud de la intervención en Irak los traía sin cuidado.Les preocupaba que, si eliminaban a Sadam, dejarían de cobrar lo que les debía.
Esos tres países, padrotes, cafiches o proxenetas de Husein, se aprovechaban de sus habilidades prostibularias.
De los 110.000 millones de dólares que debía Sadan Husein a 20 paises acreedores—encabezados por Francia, Rusia y Alemania—tuvieron que hacerle una quita del 80 por ciento. Así y todo, a Francia le costó la broma 5.500 millones.
Ni derechos humanos, ni legalidad internacional ni gaitas escocesas. El sucio dinero o, como ahora ha caído en la cuenta Jose Luis Rodriguez Zapatero, “los intereses de España”.
Al justificar la tibieza de su gobierno frente a la brutalidad marroquí contra los saharauis del campamento de El Aiun, el Presidente del Gobierno razonó que “hay que poner por delante los intereses de España”.
La de España con su incómodo vecino del sur, aclaró la ministra de asuntos exteriores Trinidad Jiménez, “es una relación esencial que debemos preservar por razones de seguridad, de combate contra el terrorismo, de control de los flujos de inmigración y narcotráfico, y por las relaciones comerciales y económicas”.
Es ese un giro tranquilizador del objetivo de la política exterior española después de seis años de apasionados suspiros románticos por la defensa de los derechos humanos,la legalidad internacional, la alianza de civilizaciones y otras zarandajas.
Zapatero y su cuadrilla tardan en aprender pese a que deberían haber seguido las enseñanzas de un maesro: el ex presidente socialista Felipe González que todavía no sabe si acertó al no volar a los mandamases etarras, por temor a cabrear a Francia.
Como las colegas de la pupila de Pasto, Felipe González era un profesional tan consecuente como su sucesor José María Aznar, quien no dudó en unirse a los jerifaltes de entonces—Bush y Blair—para ayudarles en Irak contra Sadan Husein, al que otros profesionales, como Francia, Rusia y Alemania, amparaban no por amor, sino por interés.
La licitud de la intervención en Irak los traía sin cuidado.Les preocupaba que, si eliminaban a Sadam, dejarían de cobrar lo que les debía.
Esos tres países, padrotes, cafiches o proxenetas de Husein, se aprovechaban de sus habilidades prostibularias.
De los 110.000 millones de dólares que debía Sadan Husein a 20 paises acreedores—encabezados por Francia, Rusia y Alemania—tuvieron que hacerle una quita del 80 por ciento. Así y todo, a Francia le costó la broma 5.500 millones.
Ni derechos humanos, ni legalidad internacional ni gaitas escocesas. El sucio dinero o, como ahora ha caído en la cuenta Jose Luis Rodriguez Zapatero, “los intereses de España”.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
ZAPATERO DEBERIA REMODELAR SU GABINETE
Se pasan la mitad de su jornada laboral culpando al Partido Popular, que hace más de seis años que dejó de gobernar, de los errores que cometen desde que empezaron a gobernar hace más de seis años.
La otra mitad la emplean en desmentir, matizar, corregir e interpretar lo que ha dicho alguno de sus colegas de gabinete.
Son los ministros de José Luis Rodríguez Zapatero quienes, como el jabón o el hilo negro, sirven para la ropa.
Pero como el Presidente del Gobierno emplea el jabón para zurcir descosidos y el hilo negro para limpiar lamparones, ninguno de esos utensilios le sirven para nada.
Apuesto las canas de mis cejas a que la rectificación de la ministra de asuntos exteriores Trinidad Jiménez al reconocimiento implícito de la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental de su colega Ramón Jáuregui no será el último de esos incidentes.
No es lo malo el feo que se hacen los unos a los otros al andar cada ministro corrigiendo a sus compañeros de cuadrilla, sino que dan la impresión de que, si no saben de lo que hablan, menos todavía sabrán de lo que deciden.
Zapatero tiene la solución a ese problema: que nombre un gabinete de ministros mudos o que redistribuya las carteras de los actuales y encargue a cada uno la responsabilidad en la que haya demostrado conocimientos.
Todos los ministros en ejercicio desde que Zapatero remodeló el gabinete en Octubre son solventes especialistas en el cumplimiento de la norma que, según la versión de José María Pemán de la tragedia Antígona, hacía el tirano Creonte: “Hállame un culpable que, si no lo eres tú, te sustituya”.
Tendría así Zapatero un eficaz gabinete de los mejores expertos en culpar al Partido Popular de todos desatinos del gobierno socialista.
La otra mitad la emplean en desmentir, matizar, corregir e interpretar lo que ha dicho alguno de sus colegas de gabinete.
Son los ministros de José Luis Rodríguez Zapatero quienes, como el jabón o el hilo negro, sirven para la ropa.
Pero como el Presidente del Gobierno emplea el jabón para zurcir descosidos y el hilo negro para limpiar lamparones, ninguno de esos utensilios le sirven para nada.
Apuesto las canas de mis cejas a que la rectificación de la ministra de asuntos exteriores Trinidad Jiménez al reconocimiento implícito de la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental de su colega Ramón Jáuregui no será el último de esos incidentes.
No es lo malo el feo que se hacen los unos a los otros al andar cada ministro corrigiendo a sus compañeros de cuadrilla, sino que dan la impresión de que, si no saben de lo que hablan, menos todavía sabrán de lo que deciden.
Zapatero tiene la solución a ese problema: que nombre un gabinete de ministros mudos o que redistribuya las carteras de los actuales y encargue a cada uno la responsabilidad en la que haya demostrado conocimientos.
Todos los ministros en ejercicio desde que Zapatero remodeló el gabinete en Octubre son solventes especialistas en el cumplimiento de la norma que, según la versión de José María Pemán de la tragedia Antígona, hacía el tirano Creonte: “Hállame un culpable que, si no lo eres tú, te sustituya”.
Tendría así Zapatero un eficaz gabinete de los mejores expertos en culpar al Partido Popular de todos desatinos del gobierno socialista.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Entre Andorra y Gibraltar Antes la guerra que el Papa
Si José Luis Rodríguez Zapatero hubiera sido la sombra del Papa durante su estancia en España y no se hubiera quitado de en medio para no estorbar, también lo habrían criticado.
Las quejas por haberse ido a la base de Qala i Nor en lugar de acompañar al Papa en Santiago y Barcelona demuestran que Mariano Rajoy inspira las protestas tanto por lo que hace como por lo que deja de hacer el Presidente del Gobierno.
El por ahora líder del Partido Popular y futuro líder de todos los españoles se aprovecha de la incongruencia de los electores quienes, según las encuestas, están hasta la coronilla de Zapatero.
Por coherencia con el sentimiento de hartazgo de Zapatero protestarían por la corta duración de su ausencia de España y no por haber viajado a la remota base militar.
La fugaz visita a las tropas destinadas en Afganistán supuso el sacrificio íntimo de una firme convicción antibelicista, demostrada con la fulminante retirada de los soldados enviados a Irak, el gesto mejor valorado de la ejecutoria presidencial del dirigente socialista.
Descubrió, además, un aspecto ilustrativo de la escala de filias y fobias del Presidente del Gobierno, un secreto que todo político prudente debe evitar revelar: José Luis Rodríguez Zapatero teme más al Papa que a la guerra o, lo que es lo mismo, está más cómodo en un escenario bélico que en una celebración religiosa.
Nadie conoce mejor al Presidente del Gobierno que el propio José Luis Rodríguez Zapatero, y como se le supone un alto sentido de la responsabilidad y una fervorosa dedicación al bienestar de los españoles, la coincidencia de obligaciones que le impidió simultanear la visita a la base militar española y la visita del Papa tiene que tener una explicación racional de por qué dio preferencia a la primera sobre la segunda:
Sabía que sus inevitables desatinos en Qala i Nao serían menos perjudiciales para España que los que habría cometido en Compostela o Barcelona.
martes, 2 de noviembre de 2010
ELECCIONES: ¿BOXEO O LUCHA LIBRE?
El combate entre un boxeador y un luchador de pressing catch lo perderá siempre el segundo, a menos que el primero se autolesione.
El boxeador golpea con sus puños el rostro y el torso de su adversario para derribarlo y que no se levante antes de que el árbitro cuente diez.
El luchador de lucha libre profesional, un espectáculo que se autodefine como “pelea deportiva simulada”, colabora con su rival para entretener y divertir al espectador. El vencedor, predeterminado por la conveniencia del promotor, es lo que menos importa.
Los enfrentamientos electorales del Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular parecen espectáculos promovidos por la “World Wrestling Entertainment” (“Espectáculos Mundiales de Lucha”), como se llama la asociación que desde 1990 regula el entretenimiento del pressing catch.
PSOE y PP se enfrentan en un mismo ring, acotado por las doce cuerdas que forman el cuadrilátero: campaña, propaganda electoral y ritual de declaraciones teatralmente descalificatorias del adversario previas al combate.
El PSOE, que hace de boxeador, no tiene más objetivo que ganar el combate, y golpea al adversario con la mayor saña y contundencia que su reglamento le permite.
El PP sigue las normas de amagar y no dar propias de las peleas deportivas simuladas del “World Wrestling Entertainment”, que excluyen infligir daño al contrincante.
Hay veces en las que el PP gana como podría ganar el luchador de lucha libre si el boxeador, al medir mal la trayectoria del golpe contra su adversario, se golpeara a sí mismo.
Así ocurrió cuando, tras 14 años de gobierno de Felipe González, el PSOE perdió por sus enfrentamientos internos, la corrupción generalizada y la ruina económica que propició.
Dicen que la deuda exterior, el paro, el empobrecimiento general y el desprestigio del gobierno de Rodríguez Zapatero al volverse en su contra medidas destinadas a dejar fuera de combate al PP, podrían costarle el poder en 2012.
Zapatero, con su partido en estado de sonambulismo por la bonanza económica de España tras ocho años de gobierno del Partido Popular, dejó inesperadamente fuera de combate con una serie oportunista de golpes letales al PP, prácticamente groggy tras un sangriento atentado terrorista.
Si los del Partido Popular volvieran a gobernar España dentro de dos años, será gracias al castigo de Zapatero a su parroquia electoral y no por las filigranas y cabriolas de Rajoy, que ha cumplido escrupulosamente las normas de la “pelea deportiva simulada” en los seis asaltos anuales que ya han discurrido desde que saltó al cuadrilátero.
Si el árbitro del combate fuera independiente del promotor, ya habría parado hace tiempo el espectáculo, tras descalificar al luchador de pressing catch por falta de combatividad.
Aunque todos sospechen que el de las elecciones es un tongo, no conviene que a los espectadores les confirmen sus dudas. Podrían dejar de comprar las entradas y arruinar el negocio.
El boxeador golpea con sus puños el rostro y el torso de su adversario para derribarlo y que no se levante antes de que el árbitro cuente diez.
El luchador de lucha libre profesional, un espectáculo que se autodefine como “pelea deportiva simulada”, colabora con su rival para entretener y divertir al espectador. El vencedor, predeterminado por la conveniencia del promotor, es lo que menos importa.
Los enfrentamientos electorales del Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular parecen espectáculos promovidos por la “World Wrestling Entertainment” (“Espectáculos Mundiales de Lucha”), como se llama la asociación que desde 1990 regula el entretenimiento del pressing catch.
PSOE y PP se enfrentan en un mismo ring, acotado por las doce cuerdas que forman el cuadrilátero: campaña, propaganda electoral y ritual de declaraciones teatralmente descalificatorias del adversario previas al combate.
El PSOE, que hace de boxeador, no tiene más objetivo que ganar el combate, y golpea al adversario con la mayor saña y contundencia que su reglamento le permite.
El PP sigue las normas de amagar y no dar propias de las peleas deportivas simuladas del “World Wrestling Entertainment”, que excluyen infligir daño al contrincante.
Hay veces en las que el PP gana como podría ganar el luchador de lucha libre si el boxeador, al medir mal la trayectoria del golpe contra su adversario, se golpeara a sí mismo.
Así ocurrió cuando, tras 14 años de gobierno de Felipe González, el PSOE perdió por sus enfrentamientos internos, la corrupción generalizada y la ruina económica que propició.
Dicen que la deuda exterior, el paro, el empobrecimiento general y el desprestigio del gobierno de Rodríguez Zapatero al volverse en su contra medidas destinadas a dejar fuera de combate al PP, podrían costarle el poder en 2012.
Zapatero, con su partido en estado de sonambulismo por la bonanza económica de España tras ocho años de gobierno del Partido Popular, dejó inesperadamente fuera de combate con una serie oportunista de golpes letales al PP, prácticamente groggy tras un sangriento atentado terrorista.
Si los del Partido Popular volvieran a gobernar España dentro de dos años, será gracias al castigo de Zapatero a su parroquia electoral y no por las filigranas y cabriolas de Rajoy, que ha cumplido escrupulosamente las normas de la “pelea deportiva simulada” en los seis asaltos anuales que ya han discurrido desde que saltó al cuadrilátero.
Si el árbitro del combate fuera independiente del promotor, ya habría parado hace tiempo el espectáculo, tras descalificar al luchador de pressing catch por falta de combatividad.
Aunque todos sospechen que el de las elecciones es un tongo, no conviene que a los espectadores les confirmen sus dudas. Podrían dejar de comprar las entradas y arruinar el negocio.
lunes, 25 de octubre de 2010
ZAPATERO, INNOVADOR
Aunque lo que más se le recrimine sea su mala gestión de la crisis económica, José Luis Rodríguez Zapatero ha causado daños más graves a España como presidente del gobierno.
Puede que haya sido su cruzada pedagógica a favor de una economía sostenible con subsidios públicos la aberración implantada por Zapatero de la que más tiempo tarden en librarse los españoles.
Antes de que lo hicieran Presidente del Gobierno, los empresarios evaluaban las demandas del producto que pretendían fabricar, estudiaban su distribución en el mercado, analizaban costes de mejoras para competir con ventaja, estrechaban márgenes para abaratar su precio y procuraban la financiación más conveniente.
Desde que Zapatero convenció a los emprendedores de las ventajas de su economía sostenible, basta con averiguar qué actividad económica obtiene más y más fáciles subsidios estatales.
No solamente ha revolucionado la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero la actividad empresarial, sino que ha modificado sustancialmente la relación de los españoles con los ciudadanos del resto del mundo.
En ese aspecto, Zapatero no ha sido excesivamente original, pero hay que reconocerle el mérito de resucitar y perfeccionar la praxis diplomática que se atribuía a Neville Chamberlain, primer ministro del Reino Unido hasta 1940.
Aquel político, tan conocido por su inseparable paraguas como Zapatero por el mefistofélico arqueo de sus cejas, fue un tosco pionero selectivo de la política de apaciguamiento, contemporización o appeasement, que es lo mismo pero suena mejor.
Neville Chamberlain no servía ni para sombra de Zapatero quien, al contrario que el inglés que se limitó a conceder a Adolf Hitler lo que por su bigotuda boquita pidiera, premia a todos los piratas, tiranos, terroristas y sátrapas.
Chamberlain ni siquiera dejó discípulos.
El éxito de la nueva diplomacia zapateril lo acredita la ininterrumpida cadena de fracasos de Miguel Ángel Moratinos (“El que más ha aprendido de política exterior he sido yo por los consejos y la orientación del presidente del Gobierno”, se enorgulleció en su despedida) y la sucesora de Moratinos parece que también promete seguir sus pasos.
Es la de Zapatero una manera contagiosa de diplomacia: su discípula Trinidad Jimenez está a punto de convencer a la Unión Europea de la conveniencia de premiar a la tiranía de Fidel Castro por expulsar de Cuba a los disidentes que lo molestaban por la desfachatez de exigir libertad.
Puede que haya sido su cruzada pedagógica a favor de una economía sostenible con subsidios públicos la aberración implantada por Zapatero de la que más tiempo tarden en librarse los españoles.
Antes de que lo hicieran Presidente del Gobierno, los empresarios evaluaban las demandas del producto que pretendían fabricar, estudiaban su distribución en el mercado, analizaban costes de mejoras para competir con ventaja, estrechaban márgenes para abaratar su precio y procuraban la financiación más conveniente.
Desde que Zapatero convenció a los emprendedores de las ventajas de su economía sostenible, basta con averiguar qué actividad económica obtiene más y más fáciles subsidios estatales.
No solamente ha revolucionado la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero la actividad empresarial, sino que ha modificado sustancialmente la relación de los españoles con los ciudadanos del resto del mundo.
En ese aspecto, Zapatero no ha sido excesivamente original, pero hay que reconocerle el mérito de resucitar y perfeccionar la praxis diplomática que se atribuía a Neville Chamberlain, primer ministro del Reino Unido hasta 1940.
Aquel político, tan conocido por su inseparable paraguas como Zapatero por el mefistofélico arqueo de sus cejas, fue un tosco pionero selectivo de la política de apaciguamiento, contemporización o appeasement, que es lo mismo pero suena mejor.
Neville Chamberlain no servía ni para sombra de Zapatero quien, al contrario que el inglés que se limitó a conceder a Adolf Hitler lo que por su bigotuda boquita pidiera, premia a todos los piratas, tiranos, terroristas y sátrapas.
Chamberlain ni siquiera dejó discípulos.
El éxito de la nueva diplomacia zapateril lo acredita la ininterrumpida cadena de fracasos de Miguel Ángel Moratinos (“El que más ha aprendido de política exterior he sido yo por los consejos y la orientación del presidente del Gobierno”, se enorgulleció en su despedida) y la sucesora de Moratinos parece que también promete seguir sus pasos.
Es la de Zapatero una manera contagiosa de diplomacia: su discípula Trinidad Jimenez está a punto de convencer a la Unión Europea de la conveniencia de premiar a la tiranía de Fidel Castro por expulsar de Cuba a los disidentes que lo molestaban por la desfachatez de exigir libertad.
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