viernes, 11 de octubre de 2013

DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIO A NO ANDAR.-6-CADENA DE MANDO


 Los vecinos debieron considerar tal fracaso su incursión comercial que tardaron muchos años en volver a la aldea del risco, que había extendido su caserío y casi llegaba al millar de vecinos.
Cuando regresaron, además, solo lo hicieron como guías y al servicio de unos extraños, dos de ellos, con el pecho cubierto por una reluciente piel que después se quitaron y subidos sobre unos gigantescos animales que golpeaban el suelo con sus patas delanteras.
Lucían largas barbas, pero de un color pajizo que nunca habían visto y hablaban a uno de la aldea vecina en una lengua que no entendieron.
Les dijo que el más robusto y joven de los extraños era el conde Genarico, nuevo amo de la región llamada Endenterra, de la que la aldea del Risco era fronteriza con un marquesado que pertenecía a otro señor.
Tradujo el intérprete lo que decía el gigante rubio: como en aquella aldea terminaba su condado, se establecería allí una guarnición para protegerla de posibles amenazas enemigas y a las órdenes de un representante suyo, un comendador, al que tendrían que obedecer como si fuera él mismo y que usaría a los soldados de la guarnición para hacerse obedecer.
Cuando se volvieron por donde habían llegado los dos montados y sus acompañantes, tras ellos quedaron en la aldea  seis peones armados con largas lanzas, escudos protectores circulares, cortas espadas de ancha hoja, y unos extraños artefactos colgados que eran, como después supieron, arcos y flechas.
El comendador representante del nuevo amo de la región demostró pronto que era el nuevo amo de la aldea: se instaló en la mejor de las casas del pueblo, ordenó al propietario y su familia que salieran de ella, tomó a su servicio a media docena de las mozas más esbeltas y a un par de zagales forzudos.
Toda la servidumbre quedó a las órdenes de un hombre de barbas blancas, que había llegado con el comendador y a través del que hablaba siempre.
Con el cambio del régimen autárquico anterior al feudal de ahora, otros 16 habitantes de la aldea pasaron a vivir de lo que producía el resto de los vecinos en edad de trabajar.
No habían tenido tiempo de expresar en voz alta su descontento cuando la llegada de un nuevo grupo de forasteros les hizo presentir que sus desgracias no habían acabado.
A lomos de animales parecidos a los que montaba el conde, aunque de menos tamaño  y que después supieron que eran burros, llegaron un hombre de mediana edad con la cabeza extrañamente pelada, larga vestidura de color pardo ceñida a la cintura con un cordón, una mujer más joven, de cabello rubio e igual vestimenta que el hombre, pero sin cíngulo, y un mozalbete de mediana edad.
Los seguía una numerosa cuadrilla de porteadores, cargando a sus espaldas o arrastrando en plataformas con pies redondos una cuantiosa fardamenta.
El anciano de barba blanca que hablaba por el comendador ordenó a los que presenciaban la llegada de los forasteros que comunicaran a los habitantes de la aldea que se reunieran frente a la casa del comendador al dar de mano.
Todos tenían curiosidad, aunque variaban al predecir las nuevas cargas que les impondrían, y fueron los más pesimistas los que más se acercaron a las calamidades que les anunciaron:
El hombre de la barba y la extraña forma de raparse la cabeza, era.  dijo el viejo,  Messer Ramiro de Coblenza, al que el señor conde había encargado predicar el Evangelio a los habitantes de  aquél pueblo, darles a conocer la nueva religión para, después admitirlos en la Santa Madre Iglesia al recibir el bautismo.
Advirtió que el señor conde había mandado que obedecieran todo lo que ordenaran Mosén Ramiro y sus dos coadjutores, bajo pena de severos castigos y avisó que, a partir del día siguiente, todas las familias debían poner al servicio de los recién llegados un varón capaz de trabajar para ayudar en la construcción de una iglesia.
En su propia lengua pero con acento gutural, el de la larga túnica, les advirtió que ningún habitante de la aldea debería faltar a parir del día siguiente, después de dar de mano, a una reunión en la que les explicaría la nueva fe, la única verdadera.
Los niños, en vez de correr y jugar, tenían que asistir cada mañana, a la hora que fijaría la barragana, que es como llamaba a su mujer, para prepararlos para el bautismo.
Con los reclutados forzosos por el recién llegado, cincuenta hombres maduros a tiempo completo y los niños alternándose en el pastoreo del ganado, habían pasado a trabajar para el estado medieval.
La cada vez más compleja organización medieval seguía progresando, fortaleciendo al Estado en la misma proporción en la que debilitaba a la sociedad de la que vivía.

miércoles, 9 de octubre de 2013

DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIO A NO ANDAR-5- RELACIONES CON EL EXTERIOR


 

 
No se equivocaron los de la llanura porque, no mucho después, y sin duda incentivados por los bajos precios que pedían los lugareños por corderos, pieles, queso y miel que se llevaron, volvieron cargados de chucherías para comerciar.
Bruja y dictador, que eran los más listos, convocaron con urgencia a todos cuando un vigía aviso que, en el horizonte, se recortaba la silueta de muchos visitantes.
Aconsejaron  a todos que, antes de cerrar un trato sobre el precio de lo que les quisieran comprar, lo elevaran hasta que los forasteros se negaran a pagarlo, aunque lo que les quisieran comprar les conviniera venderlo.
Les insistieron también en que, si los comerciantes forasteros les ofrecieran algo que necesitaran y a un precio que les pareciera conveniente. no lo hicieran protestando de que era demasiado caro.
--Y si os piden que les digáis cuánto estáis dispuestos a pagar, decidles que nada, porque no lo necesitáis.
--Si os negáis a comprar o vender por lo que os pidan y ofrezcan, comprareis por casi nada y venderéis por casi todo, les prometieron.
--“Lo que han traído para vender no querrán llevárselo de vuelta y perder su negocio.”
--“No compréis”—les advirtió la bruja—“hasta que solo tengáis que pagar poco menos que nada”.
El consejo de la hechicera y el cacique, y un error de comerciantes poco avezados de los forasteros, resultó en un desastre comercial para los forasteros y en negocios inesperadamente satisfactorios para los lugareños.
Además, al seguir los consejos de los que mandaban en la aldea, los vecinos hicieron la primera demostración práctica de lo que, en teoría, se conoció siglos después como la ley del mercado.
Porque, aunque el precio justo de una mercancía es el que fija el equilibrio entren oferta y demanda, no es el precio justo lo que procuran comprador y vendedor en una transacción comercial, sino el que más convenga a cada uno, que es el que menos conviene al otro. 
Los forasteros, convencidos de la poca pericia mercantil de los del risco en la visita previa de los enviados como los viajantes catalanes de paños, se prometían un seguro negocio gracias al precio desmesurado por el que esperaban vender sus productos.
Desplegaron ostentosamente todas sus mercancías e incluso se hicieron acompañar de modelos que exhibían ante las clientas locales atrevidas faldas primorosamente curtidas, que con movimientos lascivos provocaron la envidia de las compradoras y el rugido enardecido de sus machos.
Como expertos comerciantes hasta entonces, los forasteros hicieron que sus modelos lucieran distintos cosméticos: uno de color verdoso para resaltar los ojos, otro rojo para los labios y un tercero para a sombrear los párpados eran los más llamativos.
Los destinatarios de aquella exposición ambulante recorrían los puestos, deseaban o envidiaban a las modelos y comentaban entre sí las virtudes de las mercancías.
Pero cinco días después de su inicio, los feriantes no habían vendido ni una escoba.
Resignados al fracaso, vendieron por lo que los del risco les quisieron pagar y compraron por lo que les quisieron vender.
Volver sin comprar ni vender nada era un negocio todavía más ruinoso que comprar más caro y vender más barato de lo que habían esperado.
Murmurando resignados contra la tacañería de aquellos compradores que creían inexpertos, uno de ellos advirtió: “Debemos aprender que el precio de una mercancía no lo fija el que la vende, sino el que la compra”.
 Y os aldeanos aprendieron que la ley que siglos después fijaría la teoría del precio justo no sirve en la práctica porque el precio comercial real de toda mercancía es el que el comprador está dispuesto a pagar.
 

 

 

 

DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIO A NO ANDAR.-

lunes, 7 de octubre de 2013

CONJURA POLÍTICO-BANCARIA

A nadie se le hubiera ocurrido no tomar en serio a aquél señor que durante 37 años dictó lo que había que pensar, hacer, y decir en España, pero la conjura imposible de liberales, comunistas, y capitalistas, a la que culpaba de sus errores. era un cachondeo.
Hay ahora otra conjura, la político-bancaria, mucho más real que la ficticia de Franco ,y responsable de las miserias económicas que atenazan en la pobreza a los españoles.
Los bancos, que por sus préstamos personales cobran intereses de, por lo menos, el diez por ciento, pagan de interés por depósitos a un año no más del 1,8 por ciento.
Ese diferencial en el pago de pasivo y el cobro de activos es un abuso imposible en un sistema democrático de libre competencia.
No es delito porque los bancos son quienes han coincidido en interpretar como prohibición de pagar más del 1,7 por ciento anual la “recomendación” verbal del gobernador Linde del Banco de España.
La razón de los bancos para negar a sus depositantes renovar sus depósitos en los términos contratados es evidente: pasan a pagar el 1,7 por ciento, en lugar del aproximadamente 4 por ciento previo a la “recomendación” de Linde.
Y es que los bancos practican la usura de cobrar más por lo que prestan que lo que pagan por lo que les prestan, solamente porque el poder público hace la vista gorda y, no sólo se lo permite, sino que los anima a hacerlo.
El poder público, sinónimo del gobierno, sobrepaga con su recomendación convertida en prohibición por la banca, para que el diferencial entre el cobro de activos y el pago por pasivos sea la enormidad de alrededor del diez por ciento.
También se benefician banca y gobierno directamente de su conjura: la banca compra la deuda del estado al precio que marquen las subastas, siempre al menos tres puntos por debajo del mercado secundario de compraventa de renta pública.
Por eso no da créditos la banca a empresarios de poca monta y, lo que concede a particulares, a porcentajes de auténtica usura.
Del matrimonio gobierno-banca se benefician los bienes gananciales de ambos pero los testigos forzosos de la ceremonia, la gente, pagan sus beneficios compartidos, los gastos de la boda y hasta los del banquete.
De los dos conjurados, la banca es la menos culpable porque, si su objetivo es ganar dinero, el gobierno le ayuda a conseguirlo incitándola a hacerlo y cerrando los ojos a los perjudicados por la práctica usuraria de ésta banca.
El responsable de la injusticia es el gobierno que, como Administrador del Estado, está obligado a ser imparcial en situaciones conflictivas entre sectores de la sociedad.

DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIO A NO ANDAR- 4- ORDEN Y PROSPERIDAD


Menguaba entre los habitantes de la llanura la autoridad de su viejo dictador tanto como crecía el embrujo de la bruja.
Los años acrecentaban la cara de galápago del cacique y la hechicera había dejado de ser bella para hacerse hermosa: sus suaves curvas se habían hecho esféricas y, con el cambio,  apetecía cada vez más refugiarse en la mullida exhuberancia de sus carnes.
El número de gallinas, corderos, pastores y aduladores que vivían a su sombra crecía, según sus fieles, porque era buena. Los maliciosos creían que era porque estaba buena.
El aspecto del poblado había cambiado y, aunque todavía vivían sus habitantes durante las temporadas de rigor climático en sus viejas cuevas,  habían levantado en la llanura tres docenas de chozas unifamiliares con paredes de ladrillos de greda cocidos en el horno y techos de cañas cortadas del tupido cañaveral en un remanso del río, cubiertas de placas finas de greda cocida.
Además de a criar corderos, los hombres se dedicaban a la caza, a recolectar frutos, legumbres, verduras y tubérculos comestibles qu, como los nabos, rábanos, zanahorias, apio y remolacha, crecían espontáneamente.
Pescaban con nasas hechas con finos tallos de mimbre que, cebadas, lanzaban en un remanso del río y, además, castraban paneles de abejas en huecos de viejos árboles para obtener miel con que regalarse y cera para alumbrarse.
Podría decirse que el sistema de vida de aquél poblado era precursor de la autarquía que implantaron dictadores europeos siglos más tarde: producían lo que consumían y solo consumían lo que producían.
Por lo demás, era imposible que comerciaran porque ningún habitante de la llanura había rebasado la línea del horizonte y ningún forastero demostró interés en saber que existían.
Las reglas para el intercambio doméstico las había establecido al principio de su régimen el viejo dictador, y nunca las había cambiado.
La unidad de trueque era el jornal, y las normas establecían el precio en jornales o sus fracciones de los bienes o servicios intercambiados.
Los tratos, acordados por los interesados en presencia de dos testigos con los que no tuvieran inmediatos lazos de parentesco, eran de obligado cumplimiento y solo al principio tuvo que mandar azotar el dictador a un informal que se negaba a cumplir lo acordado.
La de los habitantes de la llanura era una vida razonablemente plácida. Lo que sabían que necesitaban lo tenían, y lo que tiempos después comprobaron que les era imprescindible, ni siquiera sabían que existiera.
Todavía no se había manifestado en el ser humano la curiosidad por saber lo que desconocía, que tantas tragedias acarreó después a la humanidad.
Los de la llanura eran felices porque nada de lo que no tenían lo deseaban. Como ni siquiera se les había ocurrido pensar en que el mundo se podría extender más allá de la llanura, nadie intentó nunca acercarse a la línea del horizonte, en la que se juntaban cielo y tierra.
De aquella frontera de su mundo llegaron a las vecindades del poblado dos hombres y una mujer. Proferían voces desde cierta distancia de las casas, y hacían señales de saludo con las manos abiertas, en aparente demostración de su propósito pacífico.
Dejaron ostensiblemente en el suelo los largos palos que llevaban y, con gestos amistosos y siempre sonrientes, llegaron hasta los curiosos lugareños.
En las semanas que con ellos convivieron los visitantes, los lugareños intuyeron que no eran turistas, sino comerciantes.

 

viernes, 4 de octubre de 2013

DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIO A NO ANDAR- 3- GUERRA CIVIL Y DICTADURA

El apaño para que un miembro de cada familia viviera del Estado calmó por un tiempo el descontento, que rebrotó violentamente cuando el sistema de escuchantes falló: se descubrió una mañana una mancha de sangre y, tras el recuento, se echó en falta un cordero.

Ni el titular del cargo ni su correturnos habían dado la voz de alarma y la agria disputa sobre el responsable se saldó con el acuerdo que forzó el patriarca de la familia más numerosa para que contrataran a su hijo mayor, un haragán de 30 años al que la madre tenía que dar de comer para que no se cansara al levantar la cuchara, como Jefe del “Servicio de observadores, escuchantes y alarma de la comunidad” (soeyac).

El descontento entre los miembros de la familia que quedó en minoría en el goce de las prebendas del incipiente Estado brotó como la hierba después de la lluvia, se exacerbó con el aire de mandamases de la familia más numerosa y finalmente desembocó en la primera guerra civil: los agraviados, con nocturnidad y sin previo aviso, asesinaron mientras dormían a más de la mitad de los varones de la familia mayoritaria.

En la dictadura que los vencedores asesinos establecieron sometieron a los varones enemigos supervivientes a esclavitud y a las hembras al concubinato, lo que unas aceptaron con curiosidad, otras con resignación y las demás con alivio por librarse de sus parejas.

Fue una dictadura totalitaria que no admitía discrepancias ni necesitó ejecutar a ningún disidente porque nadie se atrevía a disentir. La producción de bienes de consumo, su distribución y reparto se nacionalizó. Es decir, que el dictador mandaba lo que había que hacer, quien debía hacer cada cosa y lo que a cada uno había que darle.

Si hubieran existido ya indicadores ponderados del bienestar, habría que calificar de éxito aquella primera dictadura: aumentó cada año el número de corderos nacidos, el de frutos recogidos y el de niños traídos al mundo.

Había una mujer albina entre los habitantes predominantemente morenos de la llanura que, además de ejercer de partera, hacía cocciones medicinales y se decía que hablaba con los espíritus.

El dictador le preguntó por qué habían aumentado los nacimientos si el número de varones había disminuido.

“Porque en la variedad”, le replicó crípticamente la bruja—“esta el gusto”.

Es difícil calcular cuánto duró la aceptación por los gobernados de aquél sistema de gobierno, porque  faltaban siglos para que el tiempo se midiera en dias, semanas, meses y años.

El cambio más significativo fue la muerte de la bruja albina, cuyas funciones heredó una nieta suya de rostro en cuyas mejillas se formaban hoyuelos al sonreír, esbelta, de curvas voluptuosas, genio alegre y dispuesto a hacer favores.

La popularidad de aquella bruja embrujadora crecía al mismo ritmo que el dictador envejecía y se hacía avinagrado y caprichoso su carácter.

Imperceptiblemente al principio y más abiertamente con el paso del tiempo, se percibían síntomas de cambio. En voz baja al principio y abiertamente después empezaba a pronosticarse el fin de la dictadura, el cambio solamente de la persona del dictador  y hasta que gobernaría alguien a quien todos apoyaran.

Solo coincidían todos en que la bruja joven era eficaz, amable y. además, estaba muy buena.

 

 

 

 

 

 



 
 
 El apaño para que un miembro de cada familia viviera del Estado calmó por un tiempo el descontento, que rebrotó violentamente cuando el sistema de escuchantes falló: se descubrió una mañana una mancha de sangre y, tras el recuento, se echó en falta un cordero.
Ni el titular del cargo ni su correturnos habían dado la voz de alarma y la agria disputa sobre el responsable se saldó con el acuerdo que forzó el patriarca de la familia más numerosa para que contrataran a su hijo mayor, un haragán de 30 años al que la madre tenía que dar de comer para que no se cansara al levantar la cuchara, como Jefe del “Servicio de observadores, escuchantes y alarma de la comunidad” (soeyac).
El descontento entre los miembros de la familia que quedó en minoría en el goce de las prebendas del incipiente Estado brotó como la hierba después de la lluvia, se exacerbó con el aire de mandamases de la familia más numerosa y finalmente desembocó en la primera guerra civil: los agraviados, con nocturnidad y sin previo aviso, asesinaron mientras dormían a más de la mitad de los varones de la familia mayoritaria.
En la dictadura que los vencedores asesinos establecieron sometieron a los varones enemigos supervivientes a esclavitud y a las hembras al concubinato, lo que unas aceptaron con curiosidad, otras con resignación y las demás con alivio por librarse de sus parejas.
Fue una dictadura totalitaria que no admitía discrepancias ni necesitó ejecutar a ningún disidente porque nadie se atrevía a disentir. La producción de bienes de consumo, su distribución y reparto se nacionalizó. Es decir, que el dictador mandaba lo que había que hacer, quien debía hacer cada cosa y lo que a cada uno había que darle.
Si hubieran existido ya indicadores ponderados del bienestar, habría que calificar de éxito aquella primera dictadura: aumentó cada año el número de corderos nacidos, el de frutos recogidos y el de niños traídos al mundo.
Había una mujer albina entre los habitantes predominantemente morenos de la llanura que, además de ejercer de partera, hacía cocciones medicinales y se decía que hablaba con los espíritus.
El dictador le preguntó por qué habían aumentado los nacimientos si el número de varones había disminuido.
“Porque en la variedad”, le replicó crípticamente la bruja—“esta el gusto”.
Es difícil calcular cuánto duró la aceptación por los gobernados de aquél sistema de gobierno, porque  faltaban siglos para que el tiempo se midiera en dias, semanas, meses y años.
El cambio más significativo fue la muerte de la bruja albina, cuyas funciones heredó una nieta suya de rostro en cuyas mejillas se formaban hoyuelos al sonreír, esbelta, de curvas voluptuosas, genio alegre y dispuesto a hacer favores.
La popularidad de aquella bruja embrujadora crecía al mismo ritmo que el dictador envejecía y se hacía avinagrado y caprichoso su carácter.
Imperceptiblemente al principio y más abiertamente con el paso del tiempo, se percibían síntomas de cambio. En voz baja al principio y abiertamente después empezaba a pronosticarse el fin de la dictadura, el cambio solamente de la persona del dictador  y hasta que gobernaría alguien a quien todos apoyaran.
Solo coincidían todos en que la bruja joven era eficaz, amable y. además, estaba muy buena.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

miércoles, 2 de octubre de 2013

DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIO A NO ANDAR.-2 EL NACIMIENTO DEL ESTADO


2,-DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIÓ A NO ANDAR

EL NACIMIENTO DEL ESTADO 
Hay tanta anécdota incluida en la Historia de la Humanidad que cribar la paja para que quede el grano ha sido el cometido de un estudio multidisciplinar y plurinacional coordinado por el más prestigioso informático japonés.
Destaca entre sus conclusiones que El Paraíso al que se refieren todas las creencias como reino de la inocencia y la felicidad originales no era una especie de finca en la que todo era bueno y nada malo, sino un estado de ánimo que a cada individuo le provoca una particular sensación de felicidad y contento.
Hay plena coincidencia en que el descubrimiento que supuso el primer paso hacia el progreso de la Humanidad se debe el hijo poeta de una de las dos familias asentadas en cuevas al pié de un risco ante el que se abría una llanura orientada al sur.
 El lírico del descubrimiento, que no hacía hasta entonces nada útil, comprobó un día que si dejaba de hacer ruido y concentraba su atención, oía lo que antes no había oído.
Inventó así escuchar, actitud activa del que quiere oír algo que, sin esforzarse, no percibe.
Después perfeccionó ese invento con el de no oír lo que no le conviniera.
Pronto se difundió que se había inventado escuchar y el jefe de una de las dos familias del valle, que era padre del inventor, propuso que entre todos pagaran su alimentación,  vestido, la seguridad social, quinquenios y vacaciones.
Fue un acierto porque, gracias a lo que oía mientras escuchaba, alertó a los demás de la amenaza de merodeadores, por lo que salvaron muchos corderos.
Pero llegó el día en que se dio de baja temporal por stress y el jefe de la otra familia propuso, y se aceptó, que contrataran a un hijo que tenía la rara habilidad de quedarse durante horas sin mover un músculo, como correturnos del vigía titular y en las mismas condiciones sociales y laborales.
A la larga, aquél vino a ser el día más aciago en la Historia de la Humanidad porque fue en el que nació el Estado que, en tan poco tiempo desde  su fundación, ya había aumentado un cien por cien sus gastos de personal.
Como toda calamidad impredecible, la fundación del estado les hizo mucha gracias a todos, hasta que tuvieron que privarse de parte de lo suyo para pagar a los dos funcionarios. A partir sde entonces, los contribuyentes experimentaron dos sensaciones simultáneas: envidia por no tener un trabajo fijo y bien considerado y descontento porque los vigías cobraban hasta en los muchos días en los que no tenían que dar la alarma.
Envidia que, a la larga sería indispensable para el progreso de la Humanidad porque estimula la competencia que exige el esfuerzo necesario para alcanzar el poder.
 
 
 
 

lunes, 30 de septiembre de 2013

DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIÓ A NO ANDAR


 


 


DESDE QUE EL HOMBRE APRENDIÓ A NO ANDAR


1.-REPARTO, ESCENARIO Y EPOCA

(Con éste primero, empieza una serie de 18 capítulos que se emitirán lunes miércoles y viernes, hasta que se acaben)

Conviene centrar, antes de empezarla, el propósito de esta obra: seguir la evolución del hombre como sustantivo colectivo de la raza humana, que  engloba a mujeres, hombres, niños, niñas, viejos, viejas, maricas, tortilleras, tontos, listos y hasta híbridos de todas las variedades anteriores.

Intentará ser una historia social del hombre, por lo que ignora su etapa de nomadismo porque el hombre adquiere condición social cuando tiene domicilio postal y fiscal en el que localizarlo para que pague lo que se le reclame.

Queda para los zoólogos la etapa referida a lo que algunos califican de hombres primitivos, y que  no eran más que los hippies, zíngaros o feriantes originales, un escalón por debajo de la especie humana.

Con el sedentarismo, realmente, comienza la historia de la humanidad porque los nómadas no permanecían el suficiente tiempo en un mismo lugar como para influir determinantemente en su transformación y evolución.

Aclarado lo anterior, pasemos al objeto de ésta historia:

Se inicia  en un lugar del que solo se sabe que no correspondía a lo que fueron territorios del Imperio Romano ni del Oeste Americano ni de España, lo que nos evita insistir en la guerra civil española, los gladiadores y los indios, que ya han sido tratados con fidelidad por el cine.

Después de lo dicho, solo hay que precisar que este trabajo empieza cuando un hombre vigoroso seguido por una mujer a la que los partos han envejecido, y media docena de niños, descienden por la vereda de un escarpado risco, a cuyos pies se extiende una ancha llanura que se pierde en el horizonte.

Traen con ellos algunas ovejas, lo que hace pensar que son nómadas dedicados al pastoreo, en busca de mejores pastos.

   A la derecha de la vereda un rumoroso salto de agua se precipita desde la cumbre y, unos cientos de metros después de llegar a tierra llana, se remansa en una gran laguna, cuya contemplación fascina a los caminantes.

Encuentran cobijo en una honda cueva que descubren al pié del risco y es tan abundante la comida para sus ovejas, tan conveniente el río que fluye a su lado y del que siempre consiguen agua que, aunque sin decidirlo expresamente, se asientan en el lugar cambiando de hecho el atrasado nomadismo por el prometedor sedentarismo.

Fue satisfactorio el tiempo transcurrido desde que llegaron hasta el momento en que decidieron no seguir su itinerario de nómadas errantes: encontraron caza abundante e inocente, fácil de cobrar a pedradas o con  el cayado.   

Tiempo después, cuando el rebaño de corderos había triplicado su número, llegó  otra familia, de unos 12 miembros, que se instaló en otra cueva a unos mil pasos de distancia de la suya y supusieron que habrían descendido al llano por el mismo sendero que ellos.

Vivieron durante años las dos familias como los protagonistas de las “Vidas paralelas” de Plutarco, aunque coincidiendo en el tiempo y lugar de sus andanzas.

Aunque no consultaron entre ellos la decisión, los dos grupos debieron decidir por el mismo tiempo su decisión de liquidar el poco szerio nomadismo y sentar cabeza en aquel paraje de clima resguardado y alimentación abundante, pintiparado para el sedentarismo formal.

Siempre comienza de la misma manera el entrecruzamiento de dos grupos ajenos : la mujer de uno de los grupos cruza miradas con un hombre del otro,  uno devuelve el cordero que se ha mezclado con los suyos o los pastores de las dos familias espantan juntos a lobos o buitres amenazantes.

Aunque no hubiera todavía intercambio copulativo entre individuos de distinto sexo de los dos grupos, la población de de la llanura aumentaba sin parar.

”¡Qué barbaridad”, exclamará escandalizado un defensor de la moral establecida. “¿Insinúa que el abominable incesto era consentido?”

Ni siquiera  lo convencía que los primeros humanos creados por Dios con el mandato tajante de “crecer y multiplicarse” fueron hombre y mujer que tuvieron dos hijos varones, por lo que solo podían obedecer a su Creador haciendo de la necesidad virtud.

Consideraciones morales aparte, que de hecho no se plantearían  hasta que el ser humano estuvo en condiciones de filosofar después de solucionar el perentorio problema de alimentarse, lo cierto es que los ex nómadas y neosedentarios habitantes de la llanura pasaron a inscribirse en el registro civil de la historia como los primeros hombres.

De ellos podría decirse lo que ·The New York Times dice de las noticias que publica: merece la pena se sepan.